El vermú
En septiembre de 1930 se produjo el primer golpe de estado por fuerzas militares al segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, encabezado por el Gral. Uriburu quien asumió la presidencia del gobierno de facto el 10 de septiembre. Según la historiografía, fue una semana de conspiraciones, lealtades, traiciones, odios y resistencia del gobierno democrático. Las trincheras se cavaron hondas y hubo episodios repartidos a lo largo y ancho del país como la denominada “revolución de los Kennedy” en el norte entrerriano.
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Los tres hermanos Eduardo, Roberto y Mario Kennedy, estancieros de ascendencia irlandesa afincados en el departamento La Paz, radicales, lideraron una de ellas en enero de 1932 en su pueblo. La rebelión se cocinó en el sur de corrientes con un tal Jauretche en las huestes, pero rápidamente fue abortada por problemas de comunicación de aquella época y terminó con este hombre y otros sediciosos presos, mientras los hermanos huyeron y se exiliaron en Paysandú, República Oriental del Uruguay.
Dentro del contexto histórico, un paisano bonaerense llegó para integrar las filas y es a quien quiero referirme.
El hombre llegó con su esposa -pareja o concubina- y como él mismo lo relata: a Cuchilla Redonda, luego a Rosario del Tala, afincándose en Urdinarrain donde nació la primera hija del matrimonio. Desde allí, se dice –o él o sus biógrafos comentan- que partió a participar en la revolución de los hermanos en La Paz. Su nombre: Héctor Roberto Chavero.
Lo que se relata y se escribe después solo remite a conjeturas, dadas las fuentes de historiadores que no presentan evidencias certeras de su participación. Solo leyendas a mi entender. Que Chavero huye con los hermanos a Paysandú (no hay pruebas de que así haya sucedido, que es su primer exilio como “payador perseguido”), en fin: la creación de su propio mito.
Sucedida la fracasada revolución, seguí por otro lado la presencia de un cantautor y guitarrista en Gualeguay en 1935. Teniendo acceso a las actas de la Sociedad Fomento Educacional, obtengo copias de una asamblea de la comisión directiva realizada el 22 de enero de aquel año. Se lee: “El señor secretario dice que en forma particular tiene conocimiento que el señor Atahualpa Yupanqui, “guitarrista peruano”(encomillado del redactor) se encuentra actualmente en Paraná dando conciertos que son recibidos entusiastamente por el público y la crítica y que por una remuneración de Cien Pesos moneda legal vendría a Gualeguay a dar uno o dos conciertos(…)” Aceptada la moción, se lee en líneas más abajo que “debe nombrarse la Comisión Auxiliar de Señoras y Señoritas(…) Entre ellas, una joven Emma.
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En Acta de Sesión especial del 26 de febrero de 1935: “Ultimar detalles del concierto(…) y que “A.Y. llegará a esta ciudad el 28 del corriente por la noche y que por Cien Pesos de moneda legal ofrecerá un concierto de guitarra el 1º de marzo, realizándose en el Cine-Teatro Palacio Variedades.” Y se resuelve: “1º) designar (…) a los señores Beracochea, Mastronardi y Ortiz (integrantes de la comisión directiva de la institución) para que reciban y agasajen al Sr. Yupanqui ofreciéndole un vermouth en el local social el 1º de marzo a las 19 horas.”
Pensé y me cuesta imaginar qué habrá sucedido en el ágape del “vermú” con los ilustres personajes aunque todavía no lo eran, esos intelectuales, escritores fundando sus propios cimientos literarios y artísticos que andarían como albañiles pegando ladrillos de papel para construir su obra futura.
Unos días después en otra acta, se acepta la renuncia a la Comisión Auxiliar de la joven Emma.
En la hemeroteca de El Diario de Paraná encontré varias notas de sus actuaciones antes de llegar a Gualeguay. Pensando que el itinerario fue de la capital provincial hasta aquí, Atahualpa regresó a Buenos Aires y luego dio su último concierto en el Palacio Variedades para luego emprender su viaje a caballo hacia el noroeste argentino.
El repertorio folklórico se publicó en diarios de la época para atraer espectadores. No se leen ecos en letra impresa del paso de A.Y. por Gualeguay. Intenté encontrar partituras del programa ofrecido pero son inexistentes. Su primera grabación fue años después con otras obras.
En el seguimiento de su paso por Entre Ríos revisé los lugares por donde –según él- había estado antes de llegar a Rosario. La escasez de fuentes impresas de la época en esos pueblos frustró la investigación para reconstruir la veracidad de sus dichos.
Aquel revolucionario H. R. Chavero se convirtió en Atahualpa Yupanqui. Además de su primer hija Alma Alicia nacida en Urdinarrain, tuvo dos hijos más (Atahualpa Roberto y Lila Amancay) con su compañera –dicen algunas fuentes que era su prima- Alicia Martínez (fallecida en 1937), que abandonó en Córdoba por problemas respiratorios de salud, que no vio más a esos hijos y su madre, que fue otra vez padre de Quena del Valle con la pianista Lía Valdés en Tucumán hasta su enamoramiento de “Nenette” (Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick), pianista que integró el dueto Pablo del Cerro-A.Y. con un vasto repertorio de música y cancionero argentino, con quien tuvo su último hijo: Roberto “Coya” Chavero.
Desde su fuerte personalidad y su cinismo, Chavero o Yupanqui siempre dio rienda suelta a su lengua como un látigo. Numerosas anécdotas de sus desplantes y comentarios sobre otros artistas del género son muestras de su ego, su narciso y supuesto dueño de la verdad, aunque festejadas por eternos aduladores y fundamentalistas “yupanquianos”. Su pelea con Jorge Cafrune tomó estado público ante una solicitada escrita por el “Turco” ante tantas ninguneadas de “Don Ata” contra él y otros artistas, músicos y cantores.
Como abogado del diablo, creo que siempre alimentó su mito nacido de su propio ombligo.
Pero el reverso de este ser contradictorio y humano, no opaca el brillo del anverso con su obra legada en piezas instrumentales y canciones que siguen nutriendo repertorio a nuevas generaciones para que aquel sentimiento, en una sociedad donde prima el olvido vertiginoso, ayude a repensar y reparar la memoria sostenida en estos tres pilares fundamentales del Maestro Paulo Freire: “la educación como futuro, la ciencia como desarrollo y la cultura como identidad” y así recuperar el bien tan preciado: la defensa de la soberanía nacional y los valores argentinos. Es decir nuestra Patria, la Patria Grande y la Patria Chica.