Genara Pabón Ezpeleta desde Ios, el paraíso terrenal
Hay lugares que empiezan a seducir mucho antes de llegar. Ios es uno de ellos.
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Desde la ventanilla del avión, durante el descenso hacia Santorini, aparece por primera vez ese azul profundo e intenso del mar Egeo que después acompañará todo el viaje. Ios no tiene aeropuerto, por lo que una de las formas más prácticas de llegar es volar hasta Santorini y desde allí tomar un ferry hacia la isla. El trayecto por mar ya forma parte de la experiencia: el azul se vuelve omnipresente y, al acercarse a destino, comienzan a aparecer las montañas áridas y las primeras construcciones blancas.
La llegada al pequeño puerto de Ios anticipa bastante de lo que vendrá. Ubicada en el corazón de las Cícladas, entre Santorini, Naxos y Sikinos, la isla combina un paisaje austero y casi desértico con uno de esos mares que parecen cambiar de color según la hora del día.
Desde el puerto, el camino comienza a subir hacia Chora, la capital, construida sobre la ladera de una montaña. Vista desde lejos, Chora parece una cascada de casas blancas derramándose desde lo alto. Una imagen casi perfecta que, una vez adentro, se transforma en un laberinto de callecitas estrechas, escaleras, pasadizos, pequeñas tiendas, restaurantes, bares e iglesias. Allí perderse no es un inconveniente. Probablemente sea la mejor manera de conocerla.
El blanco lo domina casi todo y contrasta con el azul de puertas, ventanas y cúpulas, con el ocre de las montañas y, siempre detrás, con el Egeo.
Las iglesias forman parte inseparable de ese paisaje. Algunas aparecen escondidas entre las casas; otras coronan las alturas. De día, el sol sobre las paredes encaladas resulta casi enceguecedor. Cuando cae la tarde, el paisaje se transforma y, ya de noche, las cúpulas iluminadas y las callejuelas blancas ofrecen otra de las imágenes inolvidables de Ios.
También cambia Chora. Las mesas ocupan los pequeños rincones, abren los bares y restaurantes y las angostas calles comienzan a llenarse de gente.
Durante décadas, Ios fue conocida fundamentalmente por esa vida nocturna. La isla se convirtió en uno de los destinos preferidos de los viajeros jóvenes que recorrían las Cícladas y adquirió fama internacional por sus fiestas. Esa identidad no desapareció, pero con los años fue ampliando su perfil. Hoy, junto a los jóvenes, llegan parejas, familias y viajeros atraídos por sus playas, la gastronomía, la historia y una tranquilidad que aparece apenas uno se aleja unos kilómetros de Chora.
Y allí comienza otra Ios.
Mylopotas, muy cerca de la capital, es la playa más conocida y una de las más concurridas. Una larga extensión de arena sobre aguas transparentes, con restaurantes y bares donde es posible pasar prácticamente todo el día. También es uno de esos lugares donde se descubre que comer en Grecia forma parte inseparable del viaje: sentarse frente al Egeo a comer un pulpo recién preparado puede convertirse tranquilamente en uno de los mejores planes del día.
Más lejos, hacia el sur, aparece Manganari. El camino atraviesa el paisaje árido de la isla hasta que el mar vuelve a irrumpir. Una sucesión de pequeñas bahías de arena y aguas transparentes en las que el color pasa del turquesa al azul profundo. Manganari está a unos 23 kilómetros de Chora y conserva una atmósfera mucho más tranquila que Mylopotas.
En la costa oriental, Psathi ofrece otra postal. Más agreste, silenciosa y abierta al Egeo, es una playa para quienes buscan alejarse todavía más del movimiento. Pero probablemente una de las mejores maneras de descubrir Ios sea desde el mar.
(Continuará)
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