LA GUERRA DE IRÁN, UNA VICTORIA PÍRRICA
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La historia nos legó el término “victoria pírrica” para describir triunfos tan costosos
que vacían de significado al éxito mismo. El rey Pirro de Epiro lo aprendió por las malas. Tras
derrotar a los romanos en Heraclea y Asculum en el siglo III a. C., contempló sus diezmadas
fuerzas y, según se cuenta, exclamó: “Una victoria más sobre los romanos y estaremos
completamente perdidos”. Sus palabras perduran porque capturan una verdad que trasciende
épocas: una victoria que destruye al vencedor no es victoria en absoluto.
Hoy, aquella antigua advertencia resuena con dolorosa claridad tras la guerra en Irán.
Algunos líderes insisten en calificar el resultado como una victoria, pero el panorama
que dejan atrás cuenta una historia diferente: una de grandes pérdidas civiles, devastación
ambiental y una profunda erosión de la credibilidad moral y política. Si esto es una victoria,
se asemeja a una derrota en todo sentido.
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Los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra instalaciones
petroleras, infraestructuras hídricas y emplazamientos industriales en Irán han causado
graves daños ambientales. Como consecuencia, la población civil de todas las edades
–especialmente los niños, los ancianos, las personas con enfermedades crónicas y
quienes han sido desplazados de sus hogares– es la que más sufre.
UNICEF ha emitido advertencias cada vez más contundentes sobre cómo los niños de Irán
están pagando el precio más alto por la violencia desatada en el país. En algunas de sus
últimas declaraciones, la agencia condena los ataques que han arrasado escuelas y
hospitales, incluido el ataque en Minab que cobró la vida de 168 niñas de entre siete y doce
años. UNICEF califica estas muertes como “una brutalidad que se mide en vidas infantiles”
e insiste en que las aulas y las clínicas son espacios protegidos por el Derecho
Internacional. Ante los ataques reportados en dieciocho provincias y los traumas
generalizados que sufren las familias, la agencia insta a todas las partes a proteger a la
población civil, salvaguardar la infraestructura esencial y evitar que una generación sea
marcada por un miedo constante.
El costo humano es incalculable. Más allá de quienes murieron directamente
por bombas y misiles, están los millones de personas cuyas vidas se han visto trastocadas
por el desplazamiento, el hambre, las enfermedades y el colapso de los servicios esenciales.
Los hospitales y los servicios médicos están sometidos a una presión creciente y
las interrupciones afectan la prestación de atención médica esencial. Según el Ministerio de
Salud de Irán y la Sociedad de la Media Luna Roja Iraní (IRCS), los daños sufridos por 442
centros de salud en todo el país están afectando el acceso a servicios esenciales a
aproximadamente 10 millones de personas. La agencia humanitaria Save the
Children informa que las mujeres embarazadas de toda la región se ven obligadas a dar a
luz en condiciones inseguras, sin suministros básicos y, en ocasiones, sin electricidad.
Escuelas, hospitales, hogares, puentes; la arquitectura de la vida cotidiana ha
quedado reducida a escombros. No son trofeos de victoria; son señales inequívocas del
desmantelamiento del futuro de una sociedad. En nombre de la victoria, la Justicia ha sido
relegada a un segundo plano. La rendición de cuentas se ha desvanecido y las normas
internacionales destinadas a limitar a los poderosos, se han convertido en opcionales.
Cuando las naciones abandonan los principios que juraron defender, el mundo se vuelve
más peligroso para todos, no solo para quienes viven en la zona de conflicto.
El papa León XIV, dirigiéndose a los obispos de la Iglesia católica caldea, condenó
la guerra sin reservas. Les recordó –y al mundo– que ninguna causa justifica el derramamiento
de sangre inocente. Los exhortó a proclamar que Dios no bendice el conflicto y que los
defensores de la paz no pueden apoyar a quienes empuñan la espada un día y lanzan
bombas al siguiente.
Los costos económicos del ataque a Irán son asombrosos. Justin Wolfers, profesor de la
Universidad de Michigan, pone en seria duda las estimaciones del Pentágono. Argumenta
que, al considerar todos los factores –los misiles Tomahawk y Patriot disparados, los
aviones de combate utilizados (y en algunos casos perdidos) y el resto del equipo
consumido–, los costos son mucho mayores. Solo en Irán, los bombardeos de Estados Unidos
e Israel han causado la muerte de más de 3000 personas y han herido a más de diez veces
esa cantidad. A esto hay que añadir la atención médica de todos los heridos que necesitan
rehabilitación permanente. Según sus cálculos, la guerra acabará costando cientos de miles
de millones de dólares.
Como en todas las guerras, la ganancia de los fabricantes y traficantes de armas
se traduce en la pérdida de la humanidad. Los fabricantes de armas están
experimentando un aumento significativo en sus ganancias gracias a la guerra de Irán,
impulsado por la subida del precio de sus acciones vinculada a los nuevos contratos del
Pentágono. Además, la casi total paralización del suministro de petróleo y gas ha llevado a
algunos países, como Corea del Sur y Japón, a un mayor uso de combustibles más
contaminantes como el carbón. La guerra no ha dado como resultado prácticamente ninguno
de los objetivos fijados por Estados Unidos e Israel. El régimen iraní no ha sido eliminado,
sino simplemente reemplazado por líderes aún más agresivos y no se ha destruido por
completo la capacidad de Irán para fabricar misiles capaces de alcanzar las principales
zonas urbanas israelíes.
Tras este enfrentamiento, solo quedan ruinas silenciosas, pero incriminatorias. Revelan una
verdad que las narrativas oficiales no pueden ocultar: cuando la victoria se mide en ríos
contaminados, hogares destrozados, familias afligidas y el colapso de la Justicia, lo que
se ha logrado no es victoria alguna. Es una derrota, no solo de los Derechos Humanos y el
Derecho Internacional, sino del espíritu mismo que nos hace humanos.
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