La madera y el fuego
En una nueva conmemoración del movimiento obrero mundial, como jornada reivindicatoria y homenaje a los Mártires de Chicago tras la huelga iniciada el 1º de Mayo de 1886, a partir del 1889 se estableció el Día del Trabajador.
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Nobleza obliga reconocer que entre tantos otros obreros, empleados, gente de oficios, sobrevivientes en un mundo donde la explotación y la neoesclavitud multiplican vertiginosamente las masas populares y la riqueza se concentra en un puñado de poderosos, no se debe olvidar otra columna que representa lo simbólico, la identidad a través de su cotidianeidad con sus creaciones y sus obras: los trabajadores de la cultura.
En rigor, en todo lugar recóndito del planeta hay artesanos que modelan el barro, la madera, la piedra, el metal u otra materia prima. Vegetales para cestería, la cocina con sus recetas ancestrales y el fogón, el cuero y un sinfín de materiales que la arqueología rescata y une eslabones de la historia de la humanidad surgidos de las manos de nuestros antiguos abuelos. Otros encuentran con su musa inspiradora el sonido de la música, los colores y la representación de su entorno, el lenguaje poético y la prosa, la danza, la actuación teatral, los constructores de instrumentos musicales –guitarreros o luthiers-, comunicadores sociales, la oralidad en cuentos y leyendas, la transmisión oral de conocimientos generacionales y la educación, formación en diversas áreas del desarrollo científico, cultural e identitario en un país tan vasto como el nuestro.
La palabra cultura en su origen etimológico deriva de cultivo, cuando los ancestros dejaron de ser nómades, recolectores y cazadores y se asentaron en territorios donde el descanso de milenios de andar de aquí y para allá buscando y peleando el sustento, ofreció la posibilidad de la siembra y la cosecha, naciendo el hábitat en una cueva segura con el fuego y la creación de símbolos de la primitiva familia como animal gregario, germen de la sociedad: el lenguaje, los mitos, la religión, el arte y su cosmovisión del universo.
En el mítico terruño de la “Capital de la cultura”, donde la consagración revindica las letras de Juan Ele, Mastronardi, Manauta, Villanueva, Barrandeguy, Veiravé y tantos otros artistas visuales como Quirós, Castro, Maddonni entre otros, el músico Isidro Maiztegui y el vasco radicado en estos lares Germán Landazábal Garagalza, esos temporales generacionales del siglo XX en un mundo que actualmente se modifica con los medios tecnológicos, nos obliga a repensar si el título o condecoración impuesto por una ley provincial sigue ubicando este meridiano y paralelo como un faro cultural que ilumina capitanes de un pretérito. Mientras tanto, las tripulaciones de grumetes y marineros descendientes de la aventura se echan al agua como si la toponimia fuera el timón con tantos capitanes, definiéndonos naturales de nuestro río, la tierra, el paisaje y la concepción existencial.
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Retrocediendo años atrás, un Encuentro Cultural de la Juventud convocó en la prematura adolescencia, forjar en un puñado de aquellos jóvenes el destino que después se convirtió en un manifiesto de aquellas vidas inocentes. Sin saberlo por la pueril ignorancia, un semillero quedó de esa siembra que sentó simiente a la recolección cultural de algunos pocos.
Se define al Hombre como animal simbólico. Reflexionemos entonces sobre tantos exiliados, tantos muertos que dieron su vida cuando sus huesos militantes o inocentes, sepultados en profundidades acuáticas o en tierra, siguen escribiendo la historia de los laburantes.
A los camaradas de esta cofradía y de otras actividades que desandan día a día su labor luchando por una calidad de vida, que se vuelve espejismo en este presente con innumerables despidos y quita de derechos contribuyendo a la pobreza y a la confusión mentirosa, cruel, cínica e irreal, la lucha no se termina en una jornada instituida: continúa en la batalla cotidiana.
A todos los laburantes: ¡Salud!