La princesa
El primer madero sonoro que vio y lo hechizó fue la guitarra del abuelo. Con ella tuvo su prístino abrazo como la teta de su madre. Tenía vencido el diapasón: el mástil o mango “abananado” parecía un arco y le dificultaba los primeros ejercicios de la escala cromática desde la sexta a la prima, pasando por los cuatro trastes primeros para ascender y descender la escalera de notas por semitonos con unos obenques con clavijas de madera.
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Me contó que su padre desembuchó unos mangos y le compró una guitarra de industria nacional en una mueblería del pueblo, luego de otra prestada por unas vecinas.
Hubo una modificación edilicia en su solar natal. Su abuela regaló a los obreros albañiles una serie de objetos caros para él: una radio a válvulas con estructura de capilla con madera pálida y la guitarra de su marido ya fallecido. Casi como un trueque, el capataz de la obra le trajo tres o cuatro vinilos de un tal Rodolfo Zapata sabiendo que el tipo ya “rascatripaba la viola”.
En su escuelita del Winco “orejeó” las canciones y armó un repertorio propicio para las guitarreadas adolescentes,textos con doble sentido bien populacheros, zarpados y bizarros como hoy se los denomina.
Pasado el tiempo, el “quía” ya entregado al hobby de coleccionista de instrumentos musicales, tuvo la oportunidad de reencontrarse con el depositario de aquella primera guitarra: la Princesa. Vivía en una casa cerca de la Defensa Costera, hábitat vulnerable a las crecientes del río que nos otorga su nombre. “-Se acordaba de mi…” – me dijo-. Un morocho alto y enjuto entrado en años, albañil y changarín de aquella refacción de su casa.
Le preguntó que había sido de la vida sonora de aquella guitarra que le regaló su abuela, si la conservaba pues se la quería comprar para volverla a la familia y sobre todo, por ser el principio de un camino que él había elegido.
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Amablemente le respondió que en una de las últimas crecientes tuvieron que abandonar el ranchito porque el agua penetró de manera intempestiva y pudieron salvar los enseres necesarios; y la guitarra quedó ahí, liberada a su destino de agua.
Cuando regresaron a rehacer su nido, tiraron deshechos de muebles, mantas textiles, objetos podridos por el agua de la creciente con toda la contaminación de pozos negros y desechos industriales. Y entre ellos la “vieja viola”, descolada y putrefacta su materia, muda, ni casi un féretro que pudiera contener aquellos sonidos antiguos.
“-Siempre quise tocar la guitarra…” – le confesó-.
“- Pero loro viejo no aprende a hablar…”-sentenció-.
A pesar que la persona tenga tantas guitarras y otros instrumentos, hay un agujero existencial: el origen de su periplo, “la sonora barquilla” que lo embarcó en el viaje sonoro, su derrotero mágico y etéreo y la princesa que abrazó de pequeño y convirtió en su primer amor. Como mascarón de proa…