La Revolución de Mayo en Gualeguay (1810-1820)
Ante un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, una investigación nos invita a desandar el mito de la inmediatez patriótica y a redescubrir las figuras, como Bartolomé Zapata, que marcaron el pulso de la década de 1810 en nuestra región.
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Este 25 de mayo las plazas de todo el país se llenarán de escarapelas y discursos que celebran el nacimiento de la patria. Sin embargo, detrás de la liturgia escolar y la historia oficial, subyace una trama mucho más compleja y matizada sobre cómo se vivió aquel quiebre institucional en el interior del virreinato, y particularmente en la Villa de Gualeguay Grande. La investigación realizada por Milagros Dotta y Valentina González Fara nos propone un viaje crítico a través de la década revolucionaria (1810-1820), desafiando las visiones tradicionales que a menudo centralizan todo el proceso en las calles porteñas.
Gualeguay en 1810: Un mundo de distancias y ganado
Para comprender la reacción local ante los sucesos de Mayo, es imperativo situarnos en la realidad de la villa a principios del siglo XIX. Fundada en 1783 por Tomás de Rocamora, Gualeguay era, para 1805, una población de aproximadamente 2.500 personas distribuidas en pagos como Albardón, Capilla Vieja y Cuchilla. Su economía latía al ritmo de la actividad ganadera, que otorgaba un poder significativo a hacendados y pulperos, y comenzaba a ver el despunte de pequeñas industrias como saladeros y curtiembres. A pesar de esta vitalidad económica, la comunicación con Buenos Aires era rústica y lenta, dependiendo de un sistema de postas que hacía que las noticias llegaran con considerable retraso. Esta desconexión geográfica alimentó la idea, sostenida por algunos historiadores, de que los pobladores de San Antonio de Gualeguay vivían al margen del acontecer político y poco o nada supieron inicialmente de los gritos de libertad en la capital.
El mito del fervor instantáneo
Uno de los puntos más provocadores de la investigación de Dotta y González Fara es la refutación de la hipótesis del fervor patriótico inmediato. Si bien la historia oficial, impulsada en su momento por Bartolomé Mitre, intentó construir una identidad nacional basada en una adhesión unánime y heroica desde el primer minuto, la realidad en el litoral fue distinta. Las autoras sostienen que la idea de un sentimiento patriótico generalizado en 1810 fue más bien una construcción posterior necesaria para consolidar el Estado Nacional. En realidad, el Cabildo de Gualeguay estaba conformado mayoritariamente por españoles, lo que mantenía una ideología realista predominante entre las clases altas y dirigentes. De hecho, las villas del sur entrerriano dependían administrativamente de Montevideo, que bajo el mando de Elío, se mantenía fiel al Consejo de Regencia español.
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Bartolomé Zapata: El caudillo de las sombras
Frente a la parsimonia de las autoridades capitulares, surgió la figura de Bartolomé Zapata, a quien las investigadoras rescatan como el "primer caudillo entrerriano" y una pieza clave, aunque a menudo olvidada, del engranaje revolucionario. Mientras los dirigentes locales dudaban o juraban lealtad al Rey Fernando VII, Zapata personificó el descontento de la población rural. En febrero de 1811, Zapata encabezó una ofensiva contra los focos realistas, logrando rescatar en apenas un mes a tres pueblos de manos de la contrarrevolución. Su acción no solo fue un acto de audacia militar, sino un movimiento estratégico vital: al separar a Entre Ríos del control de Montevideo, obstaculizó las comunicaciones entre los realistas de Córdoba y la Banda Oriental, consolidando la causa de la Junta de Buenos Aires en el litoral. A pesar de su trágico final en una riña en Concepción del Uruguay, su legado permanece como el primer vestigio de un liderazgo popular genuino en la región.
La huella de Artigas y el ideal federal
Si el fervor patriótico no fue un estallido repentino en 1810, ¿cuándo se consolidó realmente? La investigación apunta a la figura de José Gervasio Artigas y el surgimiento de la Liga de los Pueblos Libres hacia 1815 como el verdadero catalizador de una identidad regional. Artigas logró transmitir ideales de autonomía provincial y organización federal que resonaron profundamente en el pueblo entrerriano, que anhelaba libertades que Buenos Aires, con sus políticas centralistas, no terminaba de garantizar. El federalismo en el litoral no fue solo una postura política, sino un movimiento que representó los valores de libertad y las creencias de una sociedad que empezaba a pensarse a sí misma fuera del yugo colonial y del tutelaje porteño.
¿Hubo realmente una revolución?
Finalmente, la investigación nos invita a una reflexión conceptual profunda sobre el término "revolución". Citando a historiadoras como Noemí Goldman, el trabajo advierte que una revolución implica una transformación abrupta de todas las estructuras sociales, políticas y económicas. Bajo esta lupa, lo ocurrido en mayo de 1810 no fue una revolución propiamente dicha, sino el inicio de un cambio paulatino. La separación de España no fue nominal hasta la Asamblea del año XIII, ni política hasta 1816, y los cambios económicos estructurales tardarían décadas en materializarse. El uso de la "máscara de Fernando VII" —gobernar en nombre del rey cautivo mientras se gestaba la autonomía— es una prueba de la incertidumbre y la falta de objetivos claros que caracterizaron esos primeros años.
Compartimos el trabajo de Dotta y González Fara completo en este enlace. Cualquier error producto del resumen y la adaptación al lenguaje periodístico corre por nuestra cuenta.