Micaela García en la última misa del Indio Solari
Compartimos un extracto de la biografía de Micaela García en la cual se relata su experiencia como espectadora en el recital de Carlos "Indio" Solari en Olavarría, el 11 de marzo de 2017.
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¿Cómo contar lo extraordinario?
Olavarría era una ciudad de menos de cien mil habitantes hasta ese fin de semana. Más allá de algunas atracciones turísticas, jamás había recibido a tanta gente. Ni siquiera en sus históricas jornadas de automovilismo, ni mucho menos en el campeonato de básquet que ganó Estudiantes de la mano del colorado Volkowyski. Ese sábado 11 de marzo de 2017 había entre 350 y 500 mil personas que visitaban o, mejor dicho, copaban la ciudad.
Fue y sigue siendo el recital (y el pogo, por supuesto) más multitudinario de la historia argentina. Por esas cosas del destino, la misma ciudad que veinte años atrás había sido noticia por suspender una fecha de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, era el escenario para la despedida del líder de la mítica banda: Carlos “Indio” Solari. Entre todas y todos esos fanáticos que vivieron la última misa estuvo ella, Micaela, la piba de la sonrisa eterna.
No era la primera misa de La Negra. Ya había estado en Gualeguaychú con Alejandro tres años atrás. Compartían, junto con
todo el Evita, el amor por el Indio. Llovía muchísimo aquella vez en Entre Ríos, y los organizadores decidieron poner un nylon
grueso para cubrir el barro que se había formado en el Hipódromo. La Negra y Ale saltaban como locos cantando las canciones hasta que en un instante Mica lo perdió de vista a su compañero.
Miraba hacia los costados y no estaba. Parecía que se lo había tragado la tierra. Y así fue. De repente, se le ocurrió bajar la vista
y lo vio absorbido por el nylon que lo había contenido en su caída. Se rieron muchísimo. Esa madrugada tuvieron que caminar empapados hasta la salida de Gualeguaychú para poder volver a Concepción del Uruguay, que está a un poco más de setenta kilómetros de distancia. Olavarría fue distinto. En primer lugar, porque era un viaje mucho más largo en un micro con compañeras y compañeros del Evita. Segundo, y más importante aún, los rumores de que podía ser la despedida del Indio flotaban en el aire. Cuando se conoció la fecha estallaron los mensajes en el grupo de WhatsApp de la Juventud Peronista: “Habemus Misa”; “La JP Evita estará presente”; “Yo voy gurises, ¿quién más se prende?”. Todas expresiones de deseo porque tenían poca plata.
–Como sea, pero voy –comentó La Negra.
Micaela “Jonti” Trabichet, su compañera del Evita, consiguió siete lugares en un colectivo para ir a Olavarría. Ya estaba resuelto lo más importante. Aun así, fiel a su estilo, Mica estuvo pendiente de los detalles. Atenta a su experiencia en Gualeguaychú,
La Negra mandó un mensaje preguntando qué ropa pensaban llevar porque se anunciaba lluvia otra vez. Después de que eso
estuvo resuelto empezó a agitar.
–Mandaba audios cantando canciones del Indio –recuerda Jonti.
***
La Negra tenía una relación muy especial con la música. En algún momento de la adolescencia le picó el bichito de la guitarra y fue a aprender con Tourfini, un guitarrista que vivía en Puerto Viejo, Concepción del Uruguay. Más adelante, cuando el Evita tenía el local, uno de los compañeros puso un taller de guitarra y ella se enganchó. Durante el último encuentro que tuvieron con su amiga La Rusa, además de mostrarle sus avances en la guitarra, se la pasaron escuchando canciones del Indio.
–Siempre que podíamos íbamos a ver “La imaginaria”, que es una banda de Gualeguaychú que hace tributo a Los Redondos
–cuenta La Rusa.
A esos recitales, a veces, también iba Alejandro, que en los últimos tiempos estaba aprendiendo guitarra de la mano de La
Negra. Durante los fines de semana que vivían juntos ponían canciones con un parlante que amplificaba la computadora y
además del Indio, escuchaban Calle 13, Callejeros... Cuando La Negra supo de la fecha de la misa no se preocupó por la plata porque tenía unos pesos ahorrados. Ese verano había trabajado en una colonia de vacaciones que empleaba a estudiantes avanzadas y avanzados de Educación Física. Le gustaba tener su plata, y por eso no fue complicado resolver la ida a Olavarría.
Una vez que toda la organización del viaje estaba encamina da, Mica se comunicó con Lucila De Ponti, que en ese momento era diputada nacional por el Movimiento Evita. Coordinaron un punto de encuentro para toda la juventud en Olavarría. De alguna manera, el recital era una oportunidad para expresar la bronca que causaba el rumbo que había tomado el país con el gobierno de Macri. La primera misión del FMI en diez años había impuesto condiciones: reducir la movilidad y aumentar la edad jubilatoria eran algunas de ellas. Ante el paro docente, se ame nazaba reemplazar a las maestras y a los maestros con “voluntarios”. Incluso se habían producido detenciones entre las compañeras que habían participado del Primer Paro Internacional de Mujeres durante las jornadas del 8 de marzo. Había mucha bronca contenida y la convocatoria del Indio causaba preocupación entre las y los dirigentes afines al Gobierno. Su recital igualaba a todo el público, ya que no había butacas preferenciales, y se mezclaban por igual las y los asistentes con entrada o sin ella.
Esa cosa de rebeldía e independencia fue el cóctel que permitió convocar esas masas con un fanatismo tan parecido al que despiertan el fútbol y la política.
***
La gente llegaba a Olavarría en camiones, colectivos, autos, motos, bicicletas, a dedo, lo que fuera. Entre toda la multitud iba el
micro con las y los del Evita. Micaela tenía puesta una remera con una frase del Indio (“el maldito amor que tanto miedo da”)
y una campera de jean. Cuando llegaron, surgió un problema. La mitad de los pasajeros no tenía entradas y el responsable de
buscarlas les pidió que esperaran y no apareció más. Aunque habían llegado muy temprano, la espera se hizo larga. Después de
masticar un poco de bronca, La Negra tomó la posta.
–Convocó a todas y todos a salir del micro a buscar al pibe de las entradas –cuenta Jonti.
Si bien había compañeras y compañeros de ella dentro del colectivo, la mayoría de las personas no la conocían. Era gente
de todas las edades. Un grupo decidió seguirla y, después de dar muchas vueltas, en una esquina, se encontraron con el pibe que iba en un auto.
–Lo hizo frenar, y ahí nomás pidió que nos repartiera las en tradas. La gente se le abalanzó –recuerda Jonti.
Después de encontrarse con Lucila De Ponti y Leo Grosso (otro diputado del Evita), y con todas y todos los del Evita, encararon hacia el predio rural La Colmena de Olavarría. Llegaron dos horas antes del recital, pero ya había muchísima gente. La Negra insistió en ir cada vez más adelante. En un momento, cuando se apagaron las luces y empezó el recital, Mica se separó de Jonti. La marea de gente dificultaba el reencuentro. De repente, el Indio hizo un corte y Jonti la vio saltando con una sonrisa de oreja a oreja. Corrió hacia donde estaba ella y ya no se separaron. Fue una fiesta. Cantaron, bailaron, saltaron, disfrutaron.
–Muchas de las frases que sonaban las habíamos usado para pintar un paredón viejo, o las teníamos en nuestras remeras –se emociona Jonti.
Cuando sonó el último tema, no lo podían creer. Se había pa sado volando. Después de una salida muy caótica, con amonto -
namientos, gente corriendo a la deriva y una pasajera perdida en el camino, llegaron al micro. Como no podía ser de otra manera, la única que había guardado un poco de batería en el celular había sido La Negra. Les prestó el teléfono a todas y todos para que se comunicaran con sus familias porque las noticias eran alarmantes. Después llegó el momento del viaje de vuelta, que también fue largo y tedioso. Durante las horas de espera, La Negra aprovechó el tiempo para sumar gente al Evita. Jonti le dijo que estaba muy sola para armar en Colón. Ahí nomás Mica convenció a otros de los pasajeros del micro que eran de la misma ciudad y los unió al movimiento. Si a la ida eran siete, a la vuelta ya eran por lo menos el doble. Así era La Negra. De todas maneras, la única cuenta pendiente que le quedó a Micaela en el recital fue que no sonó “Juguetes perdidos”, una de sus canciones favoritas.
Menos de un mes después, el Indio iba a saldar su deuda.
(Extracto del libro “Micaela García: la chica de la sonrisa eterna”) de Editorial Chirimbote