Tiempo sagrado
Días pasados, recorriendo la ciudad, me pude dar cuenta de que en algunos ámbitos ya se están preparando tareas culturales, recreativas y turísticas para el tiempo de lo que últimamente se denomina “fin de semana largo de Semana Santa”; son los días que hasta hace no mucho tiempo llamábamos “Semana Santa”.
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Recuerdo la bella música clásica que se escuchaba en esos días, que ciertamente eran de verdadero silencio y reposo, en Radio Gualeguay. En la música, preferentemente sin letra, también primaba el silencio o “la Palabra”.
Se notaba, hasta en los medios de comunicación, que esas jornadas eran especiales, más solemnes y gratamente misteriosas y, a su vez, nos recordaban que hay “días sagrados”, días para la espiritualidad. Luego, y como ha sucedido desde siempre en la humanidad, se retornaba a los días de trabajo, de fiesta, de estudio o del cultivo de las artes. Hace unos 5 mil años, los sumerios inventaron el sábado como día de descanso, día de la “calma del corazón”, decían ellos textualmente, según los lingüistas.
Es sabido que en el judaísmo era muy observado el sábado como “día de reposo”, día de fiesta familiar y de escucha comunitaria de la “Torá” (la ley) en las sinagogas. Además, varias veces al año, los israelitas debían “subir” a Jerusalén en días especiales. Es que el tiempo sagrado daba identidad a un pueblo y “reposo” a las almas y libraba de la angustia de la monotonía y la rutina. También, las fiestas de Atenas, indisolublemente cívicas y religiosas, eran muy numerosas y tenían especial brillantez.
Tan así es que Tucídides, un historiador de la Antigüedad, hablaba de los atractivos de esa ciudad y decía: «esos concursos y esas fiestas que se suceden a lo largo del año». Es que en la década de 430 a. C., esos días festivos podían rondar los 120 por año. Para los romanos también había fiestas que tenían, por lo general, un carácter religioso (un historiador griego decía con cierta ironía que los romanos eran más religiosos que los mismos dioses).
Se organizaban tumultuosas procesiones en las que los protagonistas llevaban máscaras que representaban a los genios de la Tierra y la fecundidad. Así es como durante siglos en la cristiandad, los pueblos tenían una especie de “ritmo del tiempo” que les permitía ritualizar los matices propios de la vida.
En Navidad se celebraban los ritos del nacimiento cósmico del sol y de la fe cristiana con la memoria del Niño. En Cuaresma y Semana Santa se expresaba todo el dolor del pecado, de las injusticias reflejadas en el Crucificado, de la caducidad de la existencia terrena. En Pascua, finalmente, se pregustaba comunitariamente la Victoria del bien sobre el mal. Pero en la modernidad, el neoliberalismo todo lo iguala: el tiempo queda fagocitado por la lógica del consumo, de la diversión y de la dispersión de corte individual. El término “Domingo”, que quiere decir “día del Señor”, ahora es simplemente “fin de semana”.
Sin más significado que cierto goce en clave de consumo y no de espiritualidad, silencio, vínculos profundos, rituales significativos para las personas, la comunidad y los pueblos. Mientras que los atenienses podían sostener 120 días de fiestas religiosas; nosotros, en nuestra ciudad, no podemos “guardar” los días del triduo pascual, en los que el Pueblo cristiano recuerda la pasión de Jesús y se conecta así con tradiciones ancestrales que dieron identidad a una civilización durante más de mil años.
Es para pensar, ¿verdad? Cuando un pueblo reconoce que existen días sagrados, espacios sagrados, ámbitos sagrados, como el de la familia, con mayor facilidad podrá reconocer el carácter sacro de la existencia de cada hermano para respetar su dignidad integral.