Patri Dotto: SI-SI sueño y pasión
Siguiendo con la serie de historias de vida detrás del carnaval, vamos a conocer la historia de una persona que vivió los corsos de manera intensa durante toda su vida. Patricia Dotto nos habla de esta experiencia y de la fidelidad absoluta a una comparsa. por Santiago Joaquín García
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Cuando era muy chiquita, Patricia tenía un sueño: salir en la comparsa SISI. ‘Monona’ Berisso dirigía una comparsa juvenil llamada SISITA, “pero mamá no podía costearme los trajes y aparte yo tengo dos hermanas más. Era muy difícil, pero siempre soñaba con estar ahí”, recuerda. Tanto lo deseó y tanto hizo por lograrlo que llegó el momento: “Le dije a mi mamá que quería salir y otra vez mi mamá me dijo que no porque yo tengo una hermana mayor que quería salir en Macumba, y mi mamá siempre pensó que si una de las comparsas ganaba nosotras íbamos a pelear. Entonces no sé cómo hice y convencí a mi hermana Miriam para que me acompañara a anotarme. Me acompañó y en ese momento fuimos al Debate Pregón viejo. Cuando entramos ahí nos recibió muy amorosamente Rubén Meda, que en ese momento era un colaborador, de los que iniciaban en la comparsa, los que hacían todo. Nos mostró todo con su señora y era como que habrá entrado un teatro revista. Era impecable, y me acuerdo que mi hermana Miriam cuando vio todo eso se re enloqueció y dijo: ‘Me anoto yo también. Y yo súper feliz porque ella me iba a acompañar y así lo hizo”, rememora.
“Era tan lindo ver todas esas plumas”
Seguimos los recuerdos de Patricia: “Ingresé en SI-SI con 14 años. Ese año el tema de SI-SI era La Odisea y entraba como directora Gabriela Mateucci. Para mí era como cumplir un sueño de chica y creo que nos pasaba a todas en esa época, tanto a las que pasaban de una comparsa chiquita a una comparsa grande como las que ingresábamos a una comparsa grande. Era hermoso. A mí me parece que en la actualidad las chicas no lo sienten así, pero en aquel entonces era tan lindo ver todas esas plumas, esos espaldares grandes, esas carrozas que a nosotros nos parecían gigantes para lo que era la época. Así que en ese momento yo me sentía muy bien, re feliz”, cuenta. Desde entonces, su nombre quedó asociado a SI-SI: “Siempre estuve en la misma comparsa. Nunca pensé en cambiarme. Veo que hay integrantes que van y vienen de una comparsa a otra. Mi amor por SI-SI es una pasión incondicional. Aparte, vuelvo a repetir, tenía esa meta desde siempre. Estar en esta comparsa y una vez que logré estar acá como que dije ‘no me muevo más’. Además, después de que Miriam ingresó conmigo en SI-SI, dos años después, se incorporaron Rubito y Nancy, mis hermanos más chicos. O sea que arrastré a toda la familia. Lo conocí hasta al padre de mis hijos en la comparsa”, detalla.
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“Se viajaba mucho”
Aprovechamos su recorrido para que nos cuente cómo ha vivido los cambios a lo largo del tiempo: “Hemos vivido muchas transformaciones, muchos avances también, porque la tecnología ha cambiado muchísimo. También hemos sufrido cambios económicos. Antes, cuando yo salía, se viajaba mucho. No viajaban dos o tres figuras como viajan ahora para representar los carnavales. Antes viajaba la comparsa entera, la batucada, se llevaban los espaldares en semejantes camiones. Cargaban toditos los espaldares. Nosotros nos acondicionábamos los trajes. Íbamos a parar a hoteles, a algunos clubes. Hacíamos Rojas, Bragado, San Nicolás”, enumera. Su propia historia cambió con esos viajes: “Con mis hermanos conocimos primos de mi mamá que vivían en San Nicolás y nunca los habíamos visto. Cuando dijeron va la comparsa SI-SI era un furor. En todos esos lados donde te nombré la llegada de SI-SI era impresionante. Acá en Gualeguay también se vivió una historia muy linda. Tengo una revista en la época cuando SI-SI comenzó, que también está incorporada Macumba. Una revista muy linda”, recuerda.
“Tengo muchas amistades en las otras comparsas”
Los espacios físicos también se fueron transformando: “Fueron un montón de cambios. Los trayectos de las comparsas eran en San Antonio Norte. Después estuvimos allá en la ruta hasta que se hizo el Corsódromo. Todo va cambiando. Es lindo porque conocés mucha gente, las amistades, te quedan muchos recuerdos. Tengo muchas amistades en las otras comparsas, en Samba Verá y K’rumbay. Inclusive tengo una sobrina que sale en Samba Verá. Siempre le digo que nos une la misma sangre y la misma pasión. Es una familia, pienso que todas las comparsas estarán pensando lo mismo, que somos una familia. Aprendemos de todo, nos reímos, por ahí contamos anécdotas. Es una terapia, esto se torna una terapia. A mí me sirvió muchísimo. Cuando mi papá estaba enfermo, hace varios años atrás, que él estaba por operarse la columna, yo le llevaba trajes para que él desarmara. Y a él le sirvió muchísimo desarmar trajes, ayudarnos a armar los trajes a nosotros. En mi casa cuando salíamos los cuatro era juntarnos en el living, un living chiquito que había en mi casa, con un montón de chicas y chicos a bordar. También nos ayudaban mi mamá y mi papá”. Patricia recuerda el reconocimiento: “A mí me costó muchísimo entrar en SI-SI porque imagínate que yo era muy flaquita, muy delgadita. Y había chicas hermosas, divinas, con unos cuerpazos espectaculares. Entrar en esa comparsa grande era fabuloso, y que los chicos en la calle te reconocieran: ‘mirá, nosotros a esa chica la vimos en el Corso’. La tenía a Silvia Sciutto de maestra de grado, la mamá de Pamela. Vos sabés cuando yo la conocí a Pamela, imagínate nosotros con mis compañeritas de sexto grado. Y después la conocimos a Pamela Sciutto, y fui colega de ella. No sé cómo expresar la emoción que se vivía. Soy una loca fanática, pero me rescaté un poquito”, se ríe.
“Tiramos del carro para el mismo lado”
Patricia vuelve a la actualidad y nos cuenta sobre su vínculo con la gente de la comparsa: “Es excelente. Hay un grupo de personas que vamos y tiramos del carro para el mismo lado. Se comienza a trabajar luego de finalizar el año anterior, después de las vacaciones de julio. Se empiezan a desarmar los trajes, a reciclar todo lo que se pueda, y más ahora en la economía que estamos. Se nos llama y ahí es donde nosotros empezamos a arrancar a trabajar cada uno por su cuenta. Están los organizadores de la comparsa que ya tienen todo pensado, cómo va a ir todo destinado, que en este caso son Guillermo Carabajal, Martín y Kevin Rodríguez. Es un grupo muy grande, me voy a olvidar de algunos, pero vamos y arrancamos”, indica y luego especifica: “Mi rutina depende de lo que haya que hacer en el local o el galpón. Ahora estamos funcionando en lo de Castellucci. Hubo años, por ejemplo, que a mí me tocó ayudar en carrozas y fue genial porque se trabajó con un grupo de personas excelente. Ahí aprendí mucho. Vi las transformaciones y los armados de las esculturas, las carrozas. Fue espectacular. Me encanta cómo trabaja ese grupo de personas que arrancan desde muy temprano y pasan toda la noche trabajando y no descansan nada casi. Todo lo que se hace es a pulmón. Y en el local, que es donde nosotros colaboramos más este año, estuvimos con el tema de los espaldares, los ensamblados de plumas, pegar las tapas de los cuellos, forrar los destaques. Es una labor y un trabajo muy forzoso. Para los que nos gusta el carnaval, se hace bien. Lleva muchas horas de estar ahí adentro, a veces con calor, a veces hace frío, pero se lleva. Es como que fuera mi segunda familia. Compartimos chalas, risa, mate, algunas hamburguesas. Es un equipo muy, muy lindo para trabajar”, agradece.
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La rutina de lo mágico
Nos gusta saber cómo vive cada una y cada uno de los integrantes un sábado de Corso hasta en los más mínimos detalles: “Nosotros nos preparamos desde muy temprano, y a partir de las nueve de la noche ya estamos llegando a los galpones para esperar a los integrantes, que van llegando de a poco. A medida que los chicos dejan de trabajar, u otros que están viniendo de afuera, porque tenemos muchos chicos que viven en Buenos Aires, en Rosario, que viajan todos los fines de semana para estar en la compasa. En esos momentos, cuando llegan tratamos de ultimar, viendo que no haya ninguna pluma salida, que los tocados estén en condiciones. A medida que vienen los chicos, que algunos vienen cambiándose, otros se cambian ahí, los ayudamos a maquillarse, les ponemos los brillos en los cuerpos a las chicas, y después sí, salen todos juntos. En estos momentos soy colaboradora, hasta el año pasado era encargada de un grupo y constataba que todo esté bien, que los chicos salgan en tiempo y forma y lleguemos con todos los trajes sanitos. Este año mi función es colaborar. Me paseo todo el trayecto de la compasa, a veces les alcanzo agua. Si bien la compasa tiene sus aguateros, siempre estoy colaborando con la encargada de grupo, por si a los chicos se les sale el tocado, o si pierden una tobillera; por si se les desprenden los caderines a las chicas, estamos controlando el tiempo. Si bien no hay competencia tenemos un horario para salir, un horario para llegar, depende de cómo vamos en los trayectos. Ayudamos a que los chicos avancen, viendo qué sucede, alentamos al público”, especifica.
Le pedimos a modo de cierre una breve reflexión sobre lo que significa el Corso: “Está muy bueno, es muy lindo. A mí en lo personal me gusta muchísimo estar ahí adentro. Vuelvo a lo mismo, es una pasión, es desesperar sábado tras sábado, verano tras verano, y vivir una fiesta. Una fiesta para todos, para divertirnos. Nos olvidamos de un montón de problemas, de un montón de cosas. Es una terapia y nos gusta estar, nos gusta relacionarnos con la gente. Nos gusta ver a los ex integrantes, ver a sus hijos que salen, que vienen y te dicen que su mamá salía en tu época. Ver a los hijos de los ex integrantes que están en las comparsas, eso es buenísimo”, cierra.