La sangre derramada
En estos meses que hemos vivido, una vez más se asoma en el horizonte la terrible perspectiva de una nueva guerra y de un nuevo reacomodamiento de la geopolítica planetaria, según dicen los especialistas. ¿Cómo puede ser que la humanidad haya olvidado la sangre derramada del siglo XX?
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Parece ser que cada generación tiene que recomponer las “razones para la paz”, para
caminar juntos “hacia una paz desarmada y desarmante” como nos decía el papa León al
comienzo del año.
Los buenos pensadores del siglo XX (luego de las dos guerras) trataron de repensar todo
ante la terrible experiencia vivida. Por ejemplo, un filósofo europeo llamado Teodoro
Adorno afirmaba que después de Auschwitz, ya no se podía escribir poemas: tal era el
impacto que había generado en ese intelectual los desastres de los campos de
concentración.
El filósofo francés Gabriel Marcel condenó radicalmente la violencia, viéndola como una
manifestación del “espíritu de abstracción” y del fanatismo que deshumaniza al reducir a
las personas a meras funciones o masas.
¿Qué significa esto de la abstracción? Cuando un ser humano es algo abstracto como un
número o una cosa “tengo permiso” para no ser empático y –en esta lógica- tengo
autorización para hacerlo desaparecer. La guerra -afirmaba este célebre francés- es la
máxima expresión de este mundo roto y técnico, donde la violencia colectiva surge de la
falta de amor, la idolatría de la técnica, y la negación de la trascendencia y de la dignidad
humana, promoviendo la degradación del individuo en un proceso que él llamó
“envilecimiento”: envilecer quiere decir hacer que alguien se considere vil, hacerlo sentir
despreciable, torpe e infame.
Por ejemplo, para Jonás (según la Biblia) los habitantes de Nínive eran malvados sin
remedio y debía morir por el castigo “merecido”, eran viles. Pero ante la falta de empatía de
ese “anti-profeta” Dios dice: “y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad,
donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del
mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?»
Es que como reflexionaba el mismo Marcel el ser humano no es un “problema”, es un
“misterio”: al problema lo puedo reducir a una ecuación, al misterio no: tengo que
contemplarlo, respetarlo, esperarlo. Para Jonás los habitantes de la famosa ciudad eran una
dificultad a resolver con violencia divina; pero para el verdadero Dios las gentes (e incluso
los animales, como dice la Escritura con ternura y humor) eran creaturas salidas de sus
manos, heridas de fragilidad.
Para quienes asesinan a indefensos en el mundo de hoy en Nigeria, en Ucrania, en América
Latina…, la sangre derramada es mera abstracción que desconoce las lágrimas sufrientes de
las víctimas.
Es más vital para los pueblos percibir que el otro es alguien que me pertenece, no como un
objeto a poseer, sino como una subjetividad sufriente que tengo que cuidar en la medida de
mis posibilidades.
Es la hora de la paz, es la hora de pacificar el corazón para lograr ser “artesanos de la paz”
como le gustaba decir al recordado papa Francisco: porque para un problema puede existir
una inteligencia artificial o un robot, pero para los misterios personales y populares es
necesario cultivar la “artesanía” de lo que se contempla como único e irrepetible, es decir
como misterio.