Le decían Pan de Dios
LE DECÍAN PAN DE DIOS y era un pan de Dios nomás, usted lo viera: cosa rara, en un mundo en donde todos usan las garras y recurren al zarpazo, él era manso y humilde de corazón, y en tiempos en que la sola moral que rige es la del atropello, tenía sus principios bien claros.
íntegro hasta decir basta, nunca levantaba la voz, sólo se le conocía esa sonrisa apacible que iluminaba sus apretadas arrugas y lo llenaba de algo así como de luz, o destellos; algo que, con seguridad, no estuvo en su rostro cuando pasó aquello que a todos mucho nos costó creer, porque fíjese que un tipo como ése, como Juan Sosa, tan luchador, tan de su casa, cumplidor como él solo, que vino desde aquella provincia donde según usted sabe trabajó una larga vida de sol a sol con la reposada tenacidad de los necesitados, para sepultarse en la villa que, en el fondo, sólo representaba la humillación gracias a la cual habían sobrevivido en la ciudad él y su hijo, que era quien había querido probar suerte por aquí; un tipo así, digo, capaz de aguantárselas sin perder la compostura, un hombre tal, mi amigo, algún motivo habrá tenido, pienso yo ¿no? Para hacer lo que hizo, y no entendí hasta que me enteré de lo de Juan Fuentes, el milico, aunque esto lo comprendimos dos o tres, porque, ya se sabe, en los mediocres la inteligencia tanto alcanza cuanto miden sus intereses y nada más, y pocos estaban tan libres de corazón como para asomarse al abismo que se le habrá presentado a Sosa cuando, aquella tarde de sol maduro y alentador, vino Fuentes a su casa, y lo encontró, aplastado más que por cansancio o años, por la pena, porque aunque la vida no lo acostumbró al trato frecuente con la felicidad, el hombre había conseguido vivir en esa tranquilidad que se le vino abajo no bien al hijo ¿recuerda? lo voltearon por pura casualidad, dijeron algunos, porque estaba de veras metido en el asunto, opinaron los más, en aquella huelga donde hubo desmanes de un lado y de otro, y se lo trajeron ¿oyó? llenito el cuerpo de balas, las mismas que el sargento Fuentes, el que sí había tenido que ver en la cosa, vino a justificar, precisamente en aquella tarde de sol maduro que le estoy contando, una sonrisa postiza prendida en sus labios, el bigotito negro apenas un borrón bajo la nariz; y ambos, sonrisa y bigote, algo le habrán recordado al hombre, a Sosa ¿comprende? porque lo primero que le preguntó fue cuál es su gracia, y no bien el otro le dijo: Juan Fuentes, pasó lo que pasó; fue el momento, presumo, en que esos ojos se llenaron de negruras, y entonces de un envión le quitó al agente ése su Colt 45, y con él lo enfrentó, y cuando el otro, despavorido, apeló a lo que todos conocemos: pero Sosa, cómo vas a hacerme esto tan luego a mí, que soy de tu mismo pago, él dijo, con la voz distante de los irremediablemente decididos: los traidores no tienen tierra, y en el cuerpo de ese hombre que, según él sabía y yo lo supe después, treinta y cinco años atrás había anotado en el Registro Civil con ese nombre, el de Juan, porque era el día del Bautista, y además el suyo, el de Sosa, y con el apellido Fuentes, que era el de su mujer de aquella época, la misma a la que le perdió la pista con crío y todo en un recodo de la vida, en el cuerpo de ese hombre, ¿me sigue?, vació las balas del Colt 45, y después se puso a llorar como un chico, y así fue como yo lo encontré al llegar, y en seguida vi que era el de un hombre que renuncia a su dignidad para convertirse en un desgraciado, el llanto ése, de Pan de Dios.María Esther de Miguel. El otro lado del tablero. Editorial Planeta . 1997. Páginas 183 - 185Prof. Churruarín N. Daniela
