Adviento y utopía
Todos los años nos preparamos para la Navidad con lo que se llama “tiempo de adviento”. La expresión tiene que ver –según algunos autores- con lo que sucedía cuando en un lugar, en tiempo del Imperio Romano, la gente esperaba la llegada del emperador.
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Era muy raro que los habitantes pudieran ver alguna vez en la vida al máximo gobernante y es por eso que se organizaba su recepción con particular esmero para “caer en gracia” y recibir los beneficios del poder. Fue lógico entonces que, cuando el cristianismo llegó al Imperio romano, estos conceptos y rituales se trasladaran a la preparación de la Navidad. Al respecto, dice la Wiki: “La liturgia del Adviento cristiano comenzó a moldearse en Galia e Hispania ya a fines del siglo IV y durante el siglo V, como preparación ascética para la celebración de la Navidad”.
A partir de la Edad Media, luego de la irrupción de la espiritualidad franciscana, se popularizó la práctica de la representación del pesebre. Con el tiempo las familias cristianas enriquecieron la ritualidad familiar con el árbol de navidad y con la corona de adviento. (Reservaremos para otra columna lo que ha significado la deformación de San Nicolás de Bari devenido en Papá Noel, es decir, en un icono que no tiene más relato que hacerle propaganda a una conocida bebida excesivamente oscura y dulce). Recuerdo que en el cancionero popular de las décadas del 70 y 80 era común escuchar formuladas esperanzas expresadas poéticamente sobre todo en relación con la “justicia largamente esperada”.
Pienso en la canción del oriental Aníbal Sampallo: “Pero el día ha de llegar/de esquilar nuestras ovejas,/ y aquella esperanza vieja/la hemos de ver madurar”. O, también, en las bellas coplas de Miguel Hernández: “Quién salvará a ese chiquillo/Menor que un grano de avena?/De dónde saldrá el martillo/ Verdugo de esta cadena?/Que salga del corazón/
De los hombres jornaleros,/Que antes de ser hombres son/Y han sido niños yunteros”. No olvido tampoco a un canta autor de Gualeguay –el Negro Morel- que decía y que sigue diciendo: “Yo sé que el día viene llegando de la justicia pa`los de abajo”. También, el Nano Serrat le cantaba, con entusiasmo, hace ya algunos años, a las utopías: ¡Ay! Utopía,/incorregible/que no tiene bastante con lo posible./¡Ay! ¡Ay, Utopía/ que levanta huracanes/de rebeldía!”: Todas estas letras del cancionero popular demuestran el auge de la idea de revoluciones sociales motorizaba esos valores más o menos fundamentados.
Quizá ya hoy no hay lugar para las utopías: Hay quienes piensan que en realidad lo “u –tópico” es decir “lo-que-no-tiene-lugar” puede resultar una forma de escapismo hacia un futuro como legitimación de la inactividad irresponsable.
Por otro lado, pareciera que desaparecieron los sujetos revolucionarios: por ejemplo, nos cuesta imaginar que surjan nuevos líderes que se internen en la selva a fin de comenzar un proceso revolucionario para liberar al continente del liberalismo salvaje y de las injusticias sociales: en la selva hay muchos mosquitos y no hay Wifi. Pareciera-además- que, en nuestro tiempo, hemos dejado de aguardar con esperanza algún poderoso gobernante, es decir, casi no conocemos “adviento”.
Este mes de diciembre será tiempo oportuno para educarnos en la espera, aprendiendo a soñar y a trabajar con lo que realmente nos puede llegar gracias a nuestro acto de esperar, es decir, nuestros advientos. Quien se detiene a pensar en el otro en cuanto otro para desearle el bien y la verdad y luego lleva adelante sus nobles deseos ya está en un “adviento”, y lo hace como habitante de un lugar superando “lo-que-no-tiene-lugar”.