Cien años de gratitud: María Ester Cantero y una vida entera dedicada al trabajo y la familia
El Día de la Independencia tuvo una celebración por partida doble en Gualeguay. María Ester Cantero alcanzó el centenario de vida y lo festejó a lo grande junto a los suyos. Una historia marcada por el esfuerzo, la dignidad de haber trabajado siempre y el cariño de una comunidad que la abraza.
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Hay personas que transitan el tiempo con una ligereza y una paz que desafían cualquier documento de identidad. María Ester Cantero es una de ellas. El pasado jueves 9 de julio, en perfecta coincidencia patriótica con el Día de la Independencia, alcanzó la cifra mítica de los 100 años de vida. El acontecimiento, largamente planificado por su entorno, tuvo su epicentro en las instalaciones del Sindicato de la Carne de Gualeguay, donde se montó un festejo cargado de abrazos, reencuentros y de esas lágrimas que solo brotan cuando la felicidad desborda el pecho. Unas horas antes de la gran cita, en la calidez de su hogar, María Ester recibió a este medio con una sonrisa imborrable y una lucidez que encandila. Lejos de cualquier mirada melancólica, se prestó al diálogo con el entusiasmo de quien sabe que cada día es un regalo. “Me parece mentira cumplir 100 años. Pero me encuentro lo más bien, feliz y agradecida a Dios”, confesó con una serenidad que conmovió desde el primer instante.
Una infancia feliz entre las yerras de Alarcón
Para entender la vida de María Ester es necesario viajar en el tiempo hacia el paisaje rural de la sección Alarcón. Allí, en los terrenos de lo que en aquellos años se conocía como la estancia La Palma —donde trabajaba su familia—, transcurrió una niñez que evoca con nitidez y alegría. “La infancia mía fue en el campo, una infancia muy feliz”, recordó. Rodeada de varios hermanos y bajo la protección de unos padres a los que define como “amorosos los dos”, María Ester creció en íntimo contacto con la naturaleza entrerriana. Se crió entre ovejas, caballos y hacienda, disfrutando de las tareas camperas de la época. Uno de los recuerdos más vívidos que atesora son las tradicionales yerras: “Me acuerdo cuando iban a marcar los animales, las parrillas que se armaban... disfruté todo eso. Vivir con la naturaleza es lo más hermoso”. Entre los sabores de aquella época, rescata el postre que coronaba los días: “Los postres de mi infancia eran arroz con leche. Mi madre le ponía azúcar quemada arriba y para nosotros era un manjar”.
Gualeguay de carros, sulkis y mateos
A los 10 años, debido a que sus padres se habían quedado sin trabajo en el ámbito rural, la familia se trasladó a la planta urbana de Gualeguay. El choque cultural de la época quedó registrado en sus pupilas. El pueblo de aquel entonces distaba mucho de las calles pavimentadas y el movimiento actual. “Era un pueblo distinto, un poco más triste de lo que es ahora porque había poca gente”, rememoró con ojos analíticos. Las calles eran de tierra y el pavimento solo rodeaba la plaza principal por unas tres o cuatro cuadras. El transporte urbano se regía por la tracción a sangre: “Todo era a caballo. El pueblo se manejaba con carros, sulkis y los mateos cuando uno necesitaba trasladarse. Autos tenían muy pocas personas”.
Su paso escolar también da cuenta del progreso edilicio de la ciudad. María Ester asistió a la Escuela N° 4, que en aquellos años funcionaba a unas cuadras de su ubicación actual en un formato muy precario: “Antes era un caserón que prestaban, tenía nada más que dos aulas. Los días de lluvia no había clases porque las calles eran de barro. Hoy paso por ahí y veo esa escuela hermosísima, con primario y secundario, y me pongo muy contenta por todo su progreso”. Ya de joven, se insertó en el mundo laboral local desempeñándose durante mucho tiempo en la recordada cigarrería de Oscar Carrot, donde comenzó como empleada y llegó a ser la encargada del personal de armado de cigarros y habanos, una etapa que evoca con profundo orgullo por el respeto mutuo que mantenía con sus compañeras.
Tango, vitrola y el éxodo a Buenos Aires
La juventud de María Ester estuvo musicalizada por los años dorados del tango. Aunque admite con picardía no haber tenido "mucho oído para seguir el compás ni para bailar", la radio y los antiguos artefactos eran su ventana al arte. “En los barrios no había electricidad, así que escuchábamos en una radio a la que había que darle manija, o en la vitrola con esos discos negros grandes”, detalló. Con admiración intacta, recordó los nombres de las orquestas y cantores que marcaron su juventud: “Me encantaba Aníbal Troilo, Julio Sosa y los cantores Floreal Ruiz y Alberto Marino. Cantaban muy bien”. A los 32 años, buscando nuevos horizontes laborales, María Ester tomó una decisión que la alejaría de su suelo natal por cuatro décadas: se instaló en Capital Federal, en las inmediaciones del Congreso de la Nación. Allí trabajó ininterrumpidamente en casas de familia, logrando tejer vínculos tan profundos que trascendieron lo laboral: “Terminaron siendo mi propia familia. Esas chicas a las que crié hoy me dicen 'mamá', me cuidan a la distancia y viajaron exclusivamente desde Buenos Aires para estar en mi cumpleaños. Son mis hijas de corazón”.
El regreso a la tranquilidad y una vejez maravillosa
Tras jubilarse en el año 1986, y ante los primeros signos de una Buenos Aires que se tornaba más insegura y acelerada para la gente mayor, decidió emprender el regreso a Gualeguay en busca de descanso. El retorno implicó el desafío de redescubrir una ciudad expandida. “Cuando volví tuve que conocer Gualeguay de nuevo porque cambió todo. Los baldíos de mi infancia ya no estaban y las casas eran distintas”, explicó. Con esfuerzo y sacrificio, primero alquilando y luego adquiriendo la casa propia junto a su hija, se estableció en una zona de la periferia que antiguamente estaba colmada de chacras y quintas frutales (donde solía pasear de niña con un tío quintero) y que hoy se ha transformado en un barrio consolidado. “Viene mucha gente grande que busca tranquilidad. Tengo unos vecinos maravillosos que son como mi familia; ante cualquier cosa, ellos son los primeros en estar. Me siento muy acompañada”.
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Al repasar su presente, María Ester no duda en definirlo con gratitud absoluta: “Tengo una vejez maravillosa y feliz. Con lo que tengo me alcanza, no me falta nada de lo que una persona necesita”. Durante la charla, no escatimó elogios para su familia, destacando de manera especial a su sobrino Sergio, a quien definió como "el cabecilla" de la enorme movilización familiar que hizo posible el festejo en el Sindicato de la Carne. “¿Qué hice yo para merecer tanto?”, se preguntó con humildad, conmovida por el despliegue de afecto.
Cien años mirando hacia adelante
Si algo define el perfil de esta flamante centenaria es su rotunda negativa a instalarse en la nostalgia. Mientras muchos asocian la longevidad al recuerdo constante del pasado, María Ester rompe el molde con una vitalidad envidiable. “Yo no soy nostálgica. Siempre tengo el pensamiento de que voy a poder, miro para adelante. Y así llegué a los 100 años”, afirmó con una convicción que funciona como una verdadera lección de vida. El festejo del jueves coronó una trayectoria de un siglo signada por el trabajo honrado, el respeto y el amor sembrado en cada lugar donde le tocó estar. Tal como ella misma lo anticipó con una sonrisa horas antes de vestirse de gala para la fiesta, las lágrimas aparecieron al ver el Sindicato colmado de afectos, pero fueron, sin lugar a dudas, expresiones de una profunda y merecida felicidad. ¡Salud, María Ester!