El número 18
“_ Máaa ¡!!! Voy a la vuelta ¡!!!!!” “_ No vayas a jugar al fóbal que vas a transpirar y te vas a enfermar ¡!!!!”, respondía la mama. Él tenía un pequeño estadio en el conciso patio de su casa donde jugaba solito pero su imaginación lo llevaba a competir desde los clubes pueblerinos hasta Boquita y la Selección Argentina en un microcosmos que duraba lo interminable hasta antes de la merienda.
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La sobreprotección de su familia –devenida por un destino trágico- hizo que al sobreviviente lo condenaran a un cuidado exagerado de todo tipo y tono. Por eso del resfrío no lo dejaban ir al Centro; así, cubierto con campera o sacón, bufanda, guantes y pelota, esperaba algún contemporáneo cristiano que le regalaba unos toques –un tiki tiki- y continuar su camino hacia el Parnaso de contención que era el Centro Nacional de Educación Física.
Su padre lo llevó para comprarle una pelota de cuero pequeña para su edad con cascos azules y amarillos. “Camarada”, el dueño y vendedor, trató de concretar la venta adornando el producto: “-¡A esta ni el Loco Gatti la ha tocado!!!”
Al regreso del “entrenamiento”, en el patio de los vecinos, era pasar por la mano de la mama como control antidoping quien metía su mano en la espalda bajo la ropa y comprobando que la camiseta estaba mojada, casi ahogada de transpiración, soportaba estoicamente los chirlos y coscorrones por desobediente. Cuando se puso de moda el softbol, lo practicó y habiendo sido convocado para la selección del pueblo para participar en un torneo argentino en Bahía Blanca, no lo dejaron ir.
Así y todo, era feliz.
Pero no todo era fútbol. Había mística con su abuelo guitarrista y a pesar de una tía que lo taladraba con que “la guitarra es un adorno personal” estaba presente el mandato, la herencia del abuelo depositada en él. Llegaba del jardín de infantes y preguntaba por el abuelo; ya viejito, al borde de su cama, abrazado a su guitarra –con la que aprendió, con clavijas de madera- y él con una de juguete acompañándolo, molestándolo. Y según sus mayores, el viejo celebraba la inquietud diciendo y vaticinando que iba a tocar la “viola”…
Domingos de “Apolito”, pizza y “Cola”. Elegían la mesa contigua al exhibidor de golosinas que tenía un vidrio roto, alguna cargada por teléfono en el teléfono público de la Compañía bien enfrente, joder al mozo don Antonio en una o dos porciones y una gaseosa y Titas y Rodhesias robadas para el postre en plaza Constitución.
Tal era la pasión por la pelota, que el Doctor dueño de casa –donde el patio de baldosas se convertía en un microestadio- incentivó a formar un equipo de babyfútbol. Las tardes de “entrenamiento” fluctuaban entre los patios vecinos de “Madalena” al este –por Monte Caseros- y el de madame Pelayo por Remedios Escalada de San Martín, (ambas familias vecinas sin hijos). Cuando la pelota invadía los predios privados, era regla que el pateador compulsivo debía hacerse cargo e ir a buscar el esférico.
El asunto fue que la cofradía de los supuestos “elegidos” deportistas y futboleros inauguraron el modus-operandis de lo que hoy se conoce como bullying: lo ningunearon y destrataron como un pobre burro, adjudicándole en el equipo de bayfutbol de cinco o siete integrantes el número 18, siendo como un aguatero o cobrador de una cuota mucho más importante que su inclusión como jugador.
Desde temprano sus facilidades artísticas lo destacaron del resto. Dibujaba bien, en la escuela dibujaba goles de los equipos de sus compañeros por un sánguche de mortadela y queso con una gaseosa. Con la guitarra y buen oído estrechó un vínculo con el hijo del medio del doc y empezaron a componer canciones, armaron una batería con envases de cartón de dulce de leche y platillos de lata con la tapa circular de los envases de dulce de batata o membrillo. Y en las siestas u otros momentos, lograba intimidad con las damas de la servidumbre de esa cuadra quienes le abrían las puertas del Paraíso del placer. Pero nunca acusó gran talento para el deporte. Aunque haya sido ordinario fue uno del montón y el proyecto del equipo baby nunca se concretó.
Pasaron años, décadas; no supo algo ni nada de aquellos compañeros de infancia. Nunca supo si alguno de aquellos se jugó por jugar. No los volvió a ver.
La pasión por el arte, la música, la composición lo llevó a participar en conciertos emblemáticos de la recuperada democracia, registrada “en letra de molde” en diarios de tirada nacional.
Como no abandonó su solar natal, el destino quiso que la casa de Madame Pelayo –donde antes vivió el escritor Amaro Villanueva- fue propiedad de la familia de su amigo y compadre.
Un día, una tarde, celebrando un reencuentro con el padrino de su hijo y otro amigo, pelotudeando en el patio de la otrora huerta de Madame Pelayo, el número 18 presentó sus credenciales. Fue como si se calzara los “sacachispas” de aquella infancia remota en el patio de su casa natal. Pateó la pelota que cobró vida propia y se fue rápida, veloz y fuerte a culminar su destino en un vidrio de una claraboya de aquel potrero infantil: el microestadio del Doctor.
¿El destino hizo lo que nunca se hubiera atrevido? ¿Venganza celestial, mandato de los Dioses? ¿Tanto rencor tuvo tanto tiempo para madurar? Si no hubiera sido por ese pelotudeo se hubiera llevado el hilo sin el nudo para siempre.
En el apretado tejido de la cuadra de ese barrio, la infancia, los compañeros que no llegaron a ser amigos, las pasiones quedaron así en la urdimbre del recuerdo. Y una vieja pelota volvió a rodar para cicatrizar los viejos rencores y a cerrar un capítulo.