El almuerzo
La verdad es que no sé cómo se conocieron. Tal vez en la famosa “vuelta del perro” que otrora se realizaba los domingos en la plaza principal, donde las columnas de damas y caballeros se cruzaban y “entre mirada viene y mirada va” –como dice la canción-, las flechas de Cupido se lanzaban como dardos.
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Ella era hija de un médico del pueblo y él un advenedizo doctor clínico recién recibido. Sentados en un banco de la pérgola con cielo de glicinas, concertaron verse una vez a la semana, luego fueron dos y el asunto amoroso prosperó. La cosa iba en serio. Él, enamorado, le hizo declaración de matrimonio; ella, enamorada también, le dijo que había que formalizar la relación y tendría que ir a su casa a pedirle “la mano” a su padre. Después de un breve silencio, él respondió: “Así debe ser…”.
Esos cánones sociales, culturales y porque no religiosos eran lo común de aquellas épocas. Nuestra generación ya no participó de esa regla y ni hablar de las nuevas con nuestros hijos que se ennovian y se casan a la vez.
Por supuesto que hubo siempre otros pretendientes que elegían apuntar a una presa adinerada para salvaguardar un futuro promisorio y “tener la vaca atada”, prácticas desleales de personajes oscuros. Pero este no era el caso.
Ella habló con sus padres y luego con sus hermanas y hermanos de su incipiente noviazgo. Le parecía buena persona, transparente, profesional, que se sentía cómoda y respetada, era educado, muy caballero, que no tenía nada que objetar y que al fin: estaba enamorada.
Sus padres no respondieron inmediatamente y quedó un silencio que cubrió los días siguientes como si estuvieran nublados. Ella soportó estoicamente la mudez de sus padres, sintiéndose firme de haber blanqueado su situación. Quería casarse con él.
Pasó una semana y su padre la convocó. El patriarca facultativo, sentado en su cómodo sillón con un vaso de whisky antes de cenar “pues abre el apetito” junto al hogar que calentaba el estar, escuchaba música clásica en su radio a válvulas y le pidió que se sentara. Le brindó la respuesta a su petición, que con su esposa habían accedido y les encantaría recibir al pretendiente con un almuerzo.
Domingo al mediodía. Ella se vistió con lo mejor de su ropero mirando insistentemente el reloj de mármol que con su tic-tac implacable y sus agujas parecían que detenían el tiempo.
A las doce y media se escuchó el timbre y todo el mundo de la casa agilizó sus quehaceres pues llegaba la visita. Ella lo recibió, espléndida, él de traje y corbata con un ramo de flores y una botella de vino agradeció tímidamente. Le retuvo el saco y lo condujo al estar donde estaba su padre escuchando Bach y su vaso de whisky. Hicieron la ceremonia de la presentación, el médico lo convidó con la bebida para distenderlo pero se opuso. Conversaron entre colegas y el pretendiente realizó su discurso interminablemente pensado para pedir la mano de su hija, hasta que desde la cocina se escuchó el llamado al “rancho”: “- ¡Ya está la comidaaa!!!
El futuro suegro lo invitó a pasar al comedor. La mesa servida con mantel, platos y copas para el agua y el vino montaron una escenografía teatral de ágape y un grato recibimiento expresado. El médico, ocupando el lugar del dueño de casa ubicó al pretendiente a la derecha de la mesa y en la otra punta estaba su esposa, la futura suegra que parecía muda y los demás lugares para la pretendida, sus hermanas y hermanos. Faltaban los candelabros con velas pero como era medio día, la luz a través de los vidrios de colores de la mampara, como un arco iris, iluminaban el ritual.
El patriarca llamó a la servidumbre y apareció en escena Juana, mujer morena entrada en años, cocinera, ama de llaves, criada cama adentro quien resolvía el fogón y la limpieza diaria de la pequeña mansión.
“-¿Qué nos ha cocinado para esta ocasión?”-dijo el dueño de casa-.
Juana agachó la cabeza, hizo una pantomima reverencial respondiendo:
“- Ravioles con estofado. ¿Le gustará al señor?”
“-¡Por supuesto!! ¡Muy agradecido!- respondió el invitado-.
En esas conversaciones en la plaza, ella no había indagado en sus gustos gastronómicos: lo otro era importante. Él odiaba los ravioles pero ella nunca lo supo pues no le preguntó.
Los platos no presentaban porciones abundantes pero era una regla servir caliente para luego repetir, conservando la temperatura en la olla de fierro que comandaba Juana. Servida la mesa, el anfitrión dio la orden de largada abriendo las gateras: “-¡ Bon appetit!” y los comensales se entregaron al festín.
Culminado el almuerzo, Juana empezó a retirar los platos y preguntó al pretendiente:
“-¿Le gustó al señor?”
“- ¡Exquisito! ¡Un manjar!” – agradeció amablemente-.
En sucesivos encuentros, antes de casarse, cada vez que venía a almorzar o cenar, ya consumado el noviazgo y el inminente casamiento, Juana le cocinaba ravioles.
Esa complacencia lo ardió como un leño del fogón de la morena y en tiempos de matrimonio, en la cocina “económica” daba rienda suelta a churrascos y costeletas con ensalada, buseca y algunos guisos carreros.
Nacieron dos hijos. Sus suegros, Juana, los cuñados y el paso del tiempo lo dejaron solo con su viudez. El reloj de mármol detuvo su andar a la hora que su bendita esposa dejó el mundo terrenal.
Sentado en su sillón, mirando la tele con su vaso de whisky –hábito heredado de su suegro “para abrir el apetito”- y como ritual rutinario de sus últimas tardecitas después de cerrar el consultorio, se quedó dormido para siempre, sin almorzar ni cenar ravioles junto al hogar donde la leña y su crepitar fueron testigos de su breve y vertiginosa existencia.