El comedor
Cuántas fondas, bodegones habrán encendido los fogones y abierto sus puertas con el mobiliario de mesas, sillas o banquetas rústicas, viandas, platos y cubiertos a lo largo de más de tres centurias en el pueblo de la ribera. No he encontrado un trabajo de investigación que rescate del olvido algún sitio de ellos, salvo un libro sobre boliches antiguos familiares que amalgamaban copas con truqueadas y convocatorias esporádicas de asado, pescado frito y variedad de exquisiteces como en otras cantinas de clubes.
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Recuerdo una charla con doña Geroma Moreyra –quien dirigía y bordaba las comparsas de gauchos de los corsos antiguos- cuando habló de la “Fonda del austriáco” donde ella trabajó en sus mocedades, el famoso Comedor “El Abrojito” sobre la “calle ancha” cerca de lo que fue el mítico “Bar de lo Barneda” -allá lejos y hace tiempo- y contemporáneamente el “Irun”, “El aeroplano” sobre ruta 11, el “Ferreccio” y los restaurantes del Jockey y el Social. Seguramente me olvido de muchos otros que tal vez no conocí pero quiero referirme a uno en particular a donde asistí cuando fui adolescente.
La memoria me trae el recuerdo de ese comedor, como a tanta gente partícipe de éste u otros que permanecen en las “saudades” de los vecinos que disfrutaron los encuentros familiares.
La atracción del lugar hechizaba por la calidad de su breve carta: pastas caseras y milanesas con fritas, una empresa familiar regenteada por sus propios dueños. Él salía de mañana a comprar la mercadería en bicicleta y su esposa era la encargada de preparar las pastas, además de los manteles y servilletas de telas que ella misma cosía pues trabajaba también de modista.
Las puertas del comedor se abrían varios días a la semana y la clientela era fundamentalmente familiar, algún grupo de amigos, viajantes de comercio, gente sola, un transeúnte al paso que cuando pasaba quedaba hechizado por los olores de la salsa o la fritanga. La higiene del local era una obsesión del matrimonio y el ambiente siempre estaba impecable sin ningún olor invasivo o desagradable.
La mano derecha fue un tipo alto y flaco en la cocina. Los hijos del matrimonio colaboraron en el emprendimiento, pero el dueño cumplía el abanico de actividades: además de gerente era mozo o “garzón” tomando los pedidos y también cocinero cuando ayudaba en el fogón si había muchos clientes. Uno de los hijos que colaboró en las hornallas de aquellas épocas de generosidad, invitaba a sus amigos y no les cobraba. La época fuerte era el verano cuando el comedor cerraba con luz de día, esperando alguna reserva de amigos o parejas que volvían de los bailes de carnaval para recuperar energías después de la ajetreada diversión.
Muchos de mis amigos y conocidos de la adolescencia contaban la experiencia de haber ido a cenar al Comedor de Burlando, a tal punto que uno ellos fue un persistente habitué de su servicio gastronómico y no tardó en entusiasmarnos: “-¿Y si vamos una noche a cenar?”, y ahí nomás aceptamos el convite y decidimos ir a celebrar el Día del Amigo.
Bien acicalados, los zapatos rebosantes de betún y con las mejores pilchas, concurrimos. Mi timidez adolescente inauguró una salida burguesa entrando en el palacio condecorado con una simbólica “cinta azul de la popularidad gualeya” a vivir una ignota experiencia. No había muchos parroquianos todavía, nos sentamos a una mesa y empezó a poblarse de comensales el salón. Ahí apareció en escena el susodicho, impecablemente vestido.
“-¡Buenas noches!”.
“-¡Buenas noches don Burlando!”-dijo el conocido-.
“-¿Qué les sirvo?”
“-Aquí traje unos amigos que quieren probar la mejor milanesa con fritas que se come en Gualeguay! Y para tomar tres gaseosas”.
Era de cajón que siendo unos imberbes no nos iban a servir alcohol, ni cerveza ni vino. Y allí vimos el primer paso de comedia, yendo a la cocina, descolgando el delantal y ordenando la comanda:
“-¡Marchen tres milanesas compleetaaas!, perdiéndose entre bambalinas, mientras el otro amigo y yo empezamos a participar de la obra teatral que se repetía cotidianamente. Tal vez era un pasaje de la Comedia del Arte con Arlequín, Colombina y otros personajes.
Despertado el apetito llegó Burlando con tres platos voladores con unas alpargatas del cuarenta y cinco atiborrados de papas fritas y nos dimos al festín. Nos costó depredar semejante manjar generoso, pero sucumbiendo al hedonismo nos entregamos a los placeres del paladar y no dejamos ni una miguita.
Pipones, con los cintos flojos, volvió el dueño-cocinero-mozo a preguntar si íbamos a pedir algo más. Como todo era un ritual y la puesta en escena teatral estaba prolijamente ensayada, el conocido le pregunta:
“-¿Qué hay de postre don Burlando?”. Y éste era el segundo paso de comedia tan ansiado por escucharlo y vivirlo. Con una voz aguda nos respondió el parlamento del libreto:
“- Queso y dulce, dulce y queso, dulce solo o queso solo”.
Le pedimos tres gaseosas más y nos morfamos el mítico “vigilante” después de las milanesas completas. Mi amigo y yo le agradecimos la invitación al conocido habitué por la experiencia compartida y cada uno de los comensales pagó su parte. Luego de embolsar la billetera, le agradecimos al anfitrión resaltando la calidez de la atención y calidad de sus milangas con fritas. Al recuerdo de una nieta, su Tata y su Lala eran tan buenos como el pan que servían.
De allí nos fuimos a “La Mayo” a celebrar con unas cervezas negras y unas “bolillas”- botellitas de “Naranjina” con o sin gas fabricada localmente para mezclarlas con la birra- a charlar sobre la obra de teatro pueblerina y costumbrista que habíamos vivido en tiempo real, dentro del mítico escenario.
Décadas después de aquella emblemática cena, cuando comentaba la singular experiencia del Comedor de Burlando, alguien arrastrando su carro de más de seis décadas me dijo: “-¡Yo también fui al bodegón del “Dulce y queso” con mi novia después de un baile en Sportiva, la que hoy es mi mujer!”
Pero ésta es otra historia…