El Jefe
De chico aprendió a tocar la guitarra y cantar canciones. Además que le gustaba encontró admiración y respeto entre compañeros que lo convocaban para animar fiestas y cumpleaños, reuniones de amigos en patios, la costa del río y sobre todo ante la presencia de niñas y mujercitas de la escuela donde desplegaba su talento tratando de seducirlas.
:format(webp):quality(60)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gari_baldi_el_jefe.webp)
A decir verdad, manejaba esa herramienta pues Natura no le había otorgado el don de la belleza física con proporciones estéticas ideales y perfectas, como una escultura griega masculina esculpida en mármol de Carrara.
Su “perfomance” fue aceptable desde los inicios de cantor y guitarrero, bufón de encuentros, “entertaimet” pero no exitoso con las minitas. Sus propias estrategias y armas nunca pasaron de intentos fallidos y las batallas lo pusieron siempre en retirada.
Nadie de sus cumpas y amigos supo de su giro vertiginoso. Se fue a estudiar para ser “cana”, pero nunca abandonó sus albores musicales que compartió con sus compañeros estudiantes en la escuela policíaca.
Hizo carrera, trepó el escalafón hasta llegar a comisario, jefe de reparticiones departamentales desde donde usufructuaba su grado para cantar sus canciones entre la tropa y dentro del poder de las fuerzas vivas del pueblo. No era “moco ‘e pavo” tener un comisario cantautor.
Su poder castrense lo utilizaba cuando algún artista nacional o internacional que llegaba a los pueblos donde ejercía el comisariato, los recibía en el Casino de Oficiales de la Jefatura o en predios cerca del río del Círculo Policial.
En fechas patrias junto al intendente municipal, el cura párroco y representantes de las instituciones intermedias, el Jefe –de civil o con atuendos propios de su investidura- amenizaba los ágapes con sus canciones.
Fue en un aniversario del club donde concurría la clase media alta, terratenientes y “gente bien”. Participó el Intendente municipal del gobierno de-facto, un Jefe de área de un Regimiento distante junto al Comisario y otros milicos. Invitaron a participar a un cantor y guitarrista local quien se despachó con “El orejano”, lo que puso una incomodidad a la cúpula del poder golpista. La “yuta” se retiró y regresaron con ropa de fajina para apresar al impertinente artista, peronista, zurdo o subversivo por la provocación.
Aquel abogado criado en el barrio cerca del río estaba presente y pudo enfriar la situación. El compañero quedó libre.
En tiempos siguientes y oscuros del país, el tipo se encontró involucrado en hechos propios de la época. Un “perejil” para los acontecimientos de persecución y desaparición de personas en el régimen de la dictadura. Comentan que a sus pares artistas los alertó de una redada militar en el pueblo por tener información calificada. El asunto fue que quedó inmerso en ese “intríngulis” como culpable, lo imputaron, pero la Justicia lo declaró inocente “sin culpa ni cargo” como sucede con la mujer vendada sopesando los platillos en estos casos.
Un fiscal representante del pueblo propuso reabrir la causa, aportando otros argumentos. Pero la principal acusación del funcionario –ya que consideraba endebles aquellas pruebas-, presentó una nueva acusación por “Delitos de lesa musicalidad” por la obra del comisario, argumentando que “su ‘pedorro cancionero’ favorece la mediocridad, banalidad y vulgaridad en perjuicio de la bien denominada cultura popular, no esa obra vulgar, pasatista y complaciente que no debe confundirse con la auténtica y genuina tradición de los pueblos latinoamericanos que siguen luchando por La Patria Grande y no depender de la ‘industria cultural’ del mercado neoliberal que todo lo convierte en ingresos para empresas, mientras los obreros de la música: compositores, autores, intérpretes cobran migajas de las millonarias regalías que embolsan las compañías discográficos y otros mediocres trepadores del sistema que se suben al Caballo del consumo masivo para vencer a una Troya que representa el sentir de identidad regional y cultural.
Antes, los comerciantes debían pagar para obtener el reconocimiento de su negocio con la Cinta Azul de la Popularidad. En este caso, sin ninguna erogación, son pasibles de la Cinta Azul de la Vulgaridad.”
Demás está decir que los argumentos fueron desestimados y se volvió a archivar la causa.
Como paradoja, las canciones del Jefe gozan de buena salud en la población que las escucha, las canta, las reivindica, como sucede con las otras de otro corte, “más masivas y comerciales en formatos diferentes con textos, música y ritmos carentes de contenidos estéticos” según la fiscalía.
Al fin y al cabo, estas reflexiones del funcionario no aportaron nada y se diluyen en el mar de los tiempos presentes. La música y la poesía desde el cronos inmemorial sigue vibrando como cuando fuimos conscientes que nuestra existencia está más allá de la terrenalidad.
“Si en la música que escuchas ya no hay vida, / si la letra ya no tiene inspiración. / Si aunque aumentes el volumen ya no hay fuerza, / son los tiempos que están huecos de emoción.” Ton – Ton – Tonnnnn…