El limonero en el desierto
El limonero de la casa era sobreabundante. Cuando de repente parecía que ya dejaba de dar limones, de nuevo empezaba a poblarse primero de flores y luego de frutos. A los dueños de casa-noble gente- les parecía una ingratitud vender todos los limones al contemplar a la naturaleza tan generosa. En modestas chacras suburbanas las abuelas vendían un zapallo y regalaban dos porque no les parecía bien cortar esa “cadena de generosidad” que empieza en la madre tierra cuando deja crecer plantas guachas. Durante mucho tiempo en las verdulerías el perejil iba de regalo. No todo se cobraba para llevar adelante, de este modo, un rito que da continuidad a la casa común que tiene esa lógica de la gratuidad.
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Los buenos cazadores de vizcachas y de carpinchos saben que sólo hay que tomar de la naturaleza lo que se va a consumir para que la vida siga adelante y para que mañana sigan existiendo sus milagros que dan el alimento de cada día. Pero de repente en la aldea se empezó a tener la sensación que el mercado lo invadía todo, que ya no había lugar para la gratuidad; algunos en la panadería dejaron de agradecer al panadero que había amasado desde la madrugada: pensaron que el dinero lo paga todo incluso la subjetividad amante del servicio. De repente en la aldea todo empezó a regirse sólo por la lógica de la compra-venta (la que es tan necesaria, pero insuficiente). Gracias a Dios algunos en la aldea volvieron a mirar al limonero y al zapallo para entrar en la lógica de la gratuidad, la que permite la experiencia del amor. Los sabios recordaron las palabras del Cantar de los Cantares: "las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable". Los jóvenes soñadores saborearon las palabras de Pablo Milanés, cantor popular: "La vida no vale nada/ si no es para perecer/ porque otros puedan tener/ lo que uno disfruta y ama". En los bares suburbanos los cantores populares no dejaron de cantar casi como una profesión de fe aquellas décimas de Antonio Alejandro Gil: "Planta un árbol convencido/, aunque el sitio en que lo plantes/ no sea tuyo y mueras antes /de saberlo florecido/que hará un pájaro su nido a su abrigo acogedor/que a un hombre trabajador/ será su sombra propicia/y que siempre beneficia/ lo que se hace por amor. Los niños de la parroquia entendieron un poco más el catecismo. Y en el desierto salvaje del mercado floreció un limonero. Pbro. Jorge H. Leiva
