Francisco Miguel Ángel Cosso: la memoria viva de los bailes en Gualeguay
Entre anécdotas, nombres propios y recuerdos que parecen salidos de otra época, Francisco “Panchi” Cosso recorre la historia social de Gualeguay a través de sus bailes. Una charla extensa, atravesada por la nostalgia, donde cada rincón de la ciudad vuelve a latir con música, luces y encuentros que marcaron generaciones.
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—¿Cómo eran aquellos primeros bailes que recuerda, Francisco?
—Los bailes… —dice, y se toma un instante— han tenido muchas etapas, muchas formas. Pero si tengo que empezar por algún lado, tengo que irme a las viejas confiterías. Lugares como “El Águila” donde actuaban orquestas o como en el Italia o Delgas que se generaban grandes reuniones bailables, ahí empezó para muchos.
La voz se le vuelve más pausada, como si caminara otra vez esas veredas. Recuerda la esquina de Primero de Mayo y San Antonio, donde se levantaba la emblemática confitería.
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—El Águila por datos de mayores era impresionante. Un salón enorme, piso de pinotea, mesas de madera con cuatro sillas, luces cálidas… donde no solo se iba a bailar, se iba a vivir. Había heladería, confituras, bombonería, caramelos… y a la noche, los fines de semana, la parte musical en vivo. Algunos de acá, otros de afuera. Era un acontecimiento.
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Cuenta que los sábados y domingos se servían entre 250 y 300 cafés. Una cifra que hoy parece imposible, pero que habla de otra época, de otro ritmo de vida.
—Yo llegué siendo muy joven, 13 o 14 años. Íbamos con amigos, y un primo, nos quedábamos en la esquina mirando ese movimiento.
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Bailes de la sociedad y encuentros familiares
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El recuerdo se expande hacia el Teatro Italia, donde —según relata— los bailes eran verdaderos eventos sociales.
—Allí concurría una parte de la sociedad. No era como ahora. Era un espacio de encuentro, respeto. Para sacar a bailar a una chica había que ir a la mesa, me contaba gente mayor que yo.
Se ríe, pero en el fondo hay una melancolía evidente.
—Había mucha familiaridad. Eso es lo que se ha ido perdiendo con el tiempo.
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Los barrios también bailaban
Lejos del centro, en los barrios, la historia tenía otro color, pero la misma intensidad.
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—En la pista de Don Miguel Argót, conocido como “barrio de las ranas” por ejemplo, había un salón donde se hacían bailes populares. Iba mucha gente de los barrios y se mezclaba con bailarines del centro.
Allí, cuentan, convivían los jóvenes con los vecinos del barrio, en una época donde el tango y el respeto marcaban el ritmo.
—Todos iban bien vestidos. Saco, corbata… era otra época.
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El crecimiento de los clubes:
Con el paso del tiempo, las instituciones comenzaron a tomar protagonismo. Especialmente clubes como BH, Sociedad Sportiva, Barrio Norte, G. Central y otras.
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—Ahí los bailes crecieron muchísimo. Sportiva, por ejemplo, llegó a tener eventos con muchas personas. Los carnavales eran una locura… 2000 personas. La pista gigante llena de familias, mesas, sillas, palcos… era de no creer.
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Las imágenes que describe parecen de otra dimensión.
—Podías estar bailando de un lado y no ver lo que pasaba del otro. Era imposible moverse entre la gente.
En BH, en cambio, recuerda otra exigencia:
—Había que ir de traje. Si no, no entrabas. Era una regla.
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El compromiso social detrás de los bailes
Pero más allá de la música, “Panchi” pone el acento en su programa radial “Prohibido Fumar” en Radio Gualeguay, allí comienza para mí, otro tiempo de animación y solidaridad con las instituciones sociales.
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—Yo siempre creí que había que devolverle algo a la comunidad. Entonces organizábamos bailes y toda la recaudación iba para instituciones.
Recuerda especialmente el programa “Prohibido Fumar”, que cada año beneficiaba a entidades locales.
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—El Hogar Escuela compró 50 colchones. El profesorado de Biología adquirió microscopios. Y la capilla del barrio Molino pudo poner el techo de zinc. Eso llena el alma.
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También menciona los bailes de quinceañeras.
—Era una fiesta completa para chicas que muchas veces no podían tener su cumpleaños y otras lo habían realizado, pero estaban todas en esa fiesta. Llegamos a reunir hasta 100 chicas. Era emocionante.
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El sonido de otra época
Uno de los cambios más marcados, según Cosso, fue el tecnológico.
—Los equipos de antes… eran de avanzada para ese tiempo, pero hoy serían nada. Usábamos discos… y amplificadores chicos. A veces se escuchaba mejor afuera del baile que adentro del mismo.
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En escuelas sin electricidad, el ingenio hacía lo suyo.
—Se usaban faroles a bomba y la amplificación era por medio de baterías con bocinas de chapa. Las orquestas tocaban con uno o dos micrófonos. Todo era a pulmón.
Y sin embargo, funcionaba.
—La gente estaba acostumbrada. Y nosotros hacíamos un esfuerzo enorme.
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De las orquestas a los DJs
El cambio llegó con las confiterías bailables.
—Ahí aparecen los DJs. Con mejores equipos, bandejas, sonido e iluminación… otra dinámica. Ya no era la orquesta en vivo, era música embazada, adaptada al público, la juventud había cambiado.
—La familia dejó de ir. Los chicos empezaron a salir solos. La economía también influyó. Todo fue transformándose.
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Confitería Delgas y las noches bajo las estrellas
Entre los recuerdos más pintorescos aparece la confitería Delgas, de Don Pablo Saraco, yo no viví ese tiempo, pero he hablado con concurrentes.
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—Tenía algo único: un techo corredizo, en verano lo abrían y bailabas mirando las estrellas. La confitería contaba con su espacio para estar, se ubicada en el frente, aún hoy existe.
—fabricaban masa, tortas para cumpleaños, casamiento, sus propios helados, tenían bombones nacionales e importados, caramelos, amplio surtido… podías ir a tomar un café o quedarte los sábados para la noche bailable. Con los años tuve muy buena relación con hijas y yernos de Saraco, quienes abrieron nuevamente la confitería con mucho éxito y les propuse poner en funcionamiento el techo corredizo, cosa que se logró reparando algunas cosas cositas desgastadas por el tiempo, a eso lo viví en los años 80.
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Una vida entre música, radio y comunidad
A lo largo de la charla, no solo habla de los bailes, sino de su propia vida atravesada por ellos: la radio, el fútbol, las noches sin dormir, la pasión por animar y acompañar.
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—Terminaba disfónico, pero feliz. Era joven y sobraba energía. Otra forma de vivir.
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El recuerdo que permanece
La entrevista se va apagando lentamente, pero queda una sensación clara: los bailes no eran solo diversión.
Eran identidad, comunidad, esfuerzo compartido.
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—Fueron momentos muy lindos —dice finalmente—. Y lo más importante es que la gente se encontraba. Se miraba, se conocía, se respetaba. Eso es lo que uno extraña.
En su memoria, Gualeguay sigue bailando. Y en sus palabras, esas noches vuelven a encenderse, aunque sea por un instante.
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