“In vino veritas”
Dentro de los barcos surcando el océano, los sacerdotes católicos trajeron en su morral sarmientos de parra para plantarlas en el Orbe Novo y obtener el santo grial para el sacrificio de la misa, la catequesis y conversión de los salvajes aniquilando su cultura milenaria. Esto fue así y se trata del comportamiento humano universal con sus imperialismos, apetito de poder y conquista de otros territorios fabricando guerras, ocupaciones, muertes y vejaciones a lo largo y ancho del planeta.
:format(webp):quality(60)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/gari_baldi_1.webp)
El gurí, crecido ya, había comenzado a participar de encuentros rituales con gente mayor quienes lo fascinaban escuchando anécdotas y personajes de un pasado que ignoraba, anotando en un cuadernito las historias orales no oficiales grabadas en su memoria y escritas en papel.
A don Albino Blanco, los parroquianos lo apodaron gestualmente haciendo la mímica con el dedo pulgar hacia la boca como empinando el trago. Era uno de los tantos habitués que llegaban al bar del club de barrio a compartir la copa con los feligreses concurrentes todas las noches. Laburantes de diversos oficios se reunían para hacer la pausa de la jornada laboral, truquear, chinchonear, jugar a las bochas o al villar y comentar sus vivencias de otro día bíblico de trabajo y compartir la copa.
Sentados a la barra de la cantina entablaron la conversa. Hablando de una y otra cosa, el hombre “sesentoso” abrió su arcón tras tomar un trago de vino servido por el cantinero.
“-Me hace acordar a los vinos Galardón.”, dijo mientras retenía el sabor entre sus papilas gustativas como un “catador”. Ahí nomás el muchacho le preguntó qué recuerdos tenía y se despachó con uno de ellos. Rezó: “-Hasta verte Cristo mío.”, vaciando el vaso y pidiendo otro.
Gonzalo de Berceo pidió en su copla medieval “un vaso de bon vino” por su poesía. Omar Khayyam, poeta, matemático y astrónomo persa, en su obra “Rubaiyat” dedica varios poemas sintetizando: “¡Bebe vino!”.
Empezó mezclando el torbellino de su memoria y le contó que cuando era chico e iba a la escuela, había una distribuidora de la marca Galardón muy cercana. En principio, las bebidas eran jugos de naranja y pomelo, medio concentrado para ingerirlos con agua o soda, aquellos sifones que repartían por los domicilios las firmas Fernández y Yáñez –garrafas de vidrios gruesos para contener el agua gasificada- con sus picos de plomo y después de plástico.
Recordaba la etiqueta de la botella de vidrio de un litro donde la figura de un pomelo o una naranja con rostro humano, apoyadas en una rama, escupían o vomitaban su sumo para convencer y publicitar que el producto era cien por ciento natural. El muchacho frunció el ceño y toda su cara pues le resultó desagradable, a lo que Albino respondió “Era el ‘merchandai’ de la época.”
Lo vio entusiasmado al viejo partícipe vespertino y lo siguió escuchando.
Recordó que luego incorporaron el vino con sabor abocado, ligeramente dulzón, también en botellas de vidrio con un litro de contenido: tintos, blancos y rosados con el hermético corcho en los esqueletos de alambre para seis unidades como los jugos. La rutina de los “menchos changarines” y su mano de obra hacía que, bajando las estructuras alámbricas con las botellas, algunas terminaran hecha añicos vertiendo el líquido dionisíaco en la calle y su posterior olor a vinagre rancio desplegado por toda la cuadra.
El galpón donde se reunía la mercadería tenía una gran puerta metálica pintada con otra rima comunicacional: “Jugos y vinos Galardón, sáquele el tapón.” La publicidad en radios de aquella época solicitaba a los locutores que realizaran la onomatopeya del descorche con un dedo en la boca para imitar el sonido del tirabuzón sacando el cilindro de alcornoque.
Se lee por ahí que Urquiza en su residencia del Palacio San José plantó cerca de veinte varietales traídos de Estados Unidos, Francia y una cepa del Rey Luis XVI que había encargado y prosperara en el siglo XX denominada Tannat. Actualmente, dicen, sobreviven tres de aquellas veinte en Palacio y tras la llegada de los inmigrantes franceses, suizos e italianos a las tierras entrerrianas, propiedades del general terrateniente, éste repartió esquejes a los nuevos pobladores que se asentaron en sus dominios para que los plantaran y tuvieran su vergel.
Otro dato interesante es que la producción vitivinícola entrerriana ocupaba el tercero o cuarto lugar en el país. Después del golpe del 30, se prohibió la elaboración de vino en la provincia dejándole a la zona cuyana y otros sectores andinos el monopolio. La policía entrerriana controlaba y desbastaba viñedos, alambiques de la economía lugareña y apresaba a sus dueños por decisión del gobierno de-facto y a la organización productiva del país en plena crisis.
Los parrales de las casas en las galerías daban sombra con la uva “chinche” y la blanca, las que después de la vendimia -con las manos y los pies de la familia- se elaboraba el elixir en la fiesta dionisíaca o bacanal para pasar el invierno.
***
A la famosa parrilla en la entrada norte del pueblo concurrieron unos amigos a cenar. Por la avenida transitaban todo tipo de vehículos rumbo hacia localidades distantes o la Capital. Camiones y acoplados con hacienda hacia el Mercado de Liniers y cisternas llenas de vino que llevaban la producción vitivinícola cuyana a las bodegas Peñarol en Palermo para fraccionar. Uno de los comensales, en un momento de silencio, suspiró y recordó: “-Si me habré tomado más de uno de esos…”
El padre de Albino, un catedrático de la “uva”, conoció a un personaje buscavidas quien devolvió la venta del vino “tirado” como se estilaba en épocas remotas con la harina y el azúcar.
“El Manco” abrió en el pueblo una venta de vino “suelto”, toneles de madera con canilla donde se compraba lo que el consumidor necesitaba: medio litro, uno entero o una damajuana según las necesidades del consumidor que debía llevar el envase.
Habiendo hecho buenos hollejos entre su padre y “el Manco”, éste le confesó que traería una vendimia de los andes embotellada en cilindros vítreos de 700 cc, propia de los vinos de calidad. Aquel primitivo blender era un corte de varietales y estaba dispuesto a enfrentarse al mercado con otra marca. Le decía que el producto que vendería no era como el famoso “vino de la casa”, servido en jarras o pingüinos en comedores de poca monta, aspirando a lanzar una bebida categórica, presente en restaurantes de clases altas.
Había repensado el nombre que figurara en la etiqueta de su proyecto: “Vino Prestancia”, mientras le confesaba la genialidad del slogan que lo había tenido ocupado en semanales vigilias y acompañaría el emprendimiento: “Vístase con elegancia. Beba vinos Prestancia.”
La memoria popular rememora unas notas de color rescatadas por algunos escritores del pueblo. Don Albino le contó que otro personaje nacido en el pueblo, fue a estudiar abogacía a la entonces Capital Federal. Cuando regresaba a su solar del Barrio Molino se encontraba con su gran amigo de la infancia y volvían a las rutinas de la niñez: iban al río a pescar, andar en canoa, rememorar los juegos terminando “re-mamados” en boliches del barrio. En medio de la borrachera, el estudiante soltaba la lengua con términos académicos y jurídicos y el amigo le pedía: “-Negro, habláme como antes…”.
Cuando el sol salía, se los veía abrazados como comadres en desgracia volviendo para dormir “la mona”. Los vecinos madrugadores daban pausa a sus rutinas para ver un “par de pájaros” temulentos y cuchicheaban:
“-Ahí van el “Chino” mamáo con el ‘dotor’ descompuesto…”.
El flamante Doctor en Leyes nunca se olvidó de su pueblo. Trabajó en un estudio de Buenos Aires comprando producciones cuyanas que etiquetaba con su nombre para florearse en el Social entre la comunidad del ámbito pudiente y oligárquico, cuando antes nunca pudo ingresar.
Un senador entrerriano en la cámara alta de la Nación, conocido por “el Choclo”, propuso un proyecto de ley para que aquella decisión del golpe del 30 concluyera y se pudiera plantar viñedos en el territorio insular del sur mesopotámico como medio siglo antes. Se creó la ley y así fue que con los años proliferaron emprendimientos y volvieron las vendimias a teñir de tannat y malbec las tierras del trigo, maíz, girasol, lino, el sorgo y la soja.
La frase “In vino veritas” dicen que pertenece al romano “Plinio el viejo” en el siglo I d. C, aunque subyacen réplicas años atrás en la antigua Grecia. La cita total en latín de la frase “In vino veritas. In aqua sanitas.”, significa: “En el vino la verdad, en el agua la salud”.
Albino era muy gurí cuando su padre lo llevó a la cava donde jugó entre los toneles y no pudo responder cuánto sobrevivió el emprendimiento de “el Manco”. Quedó callado, pidió otro vaso de vino y siguió inmerso en sus recuerdos, mientras el joven amigo lo entendió y también se llamó a silencio, con los vasos girando sobre su eje…rememorando uno de ellos aquel pasado y el otro buscando en su paladar imaginar esas historias.