Incendios de pastizales: la emergencia que se repite y nadie quiere ver
Gualeguay atraviesa días críticos. No por una catástrofe imprevisible ni por un fenómeno natural extraordinario, sino por una sucesión de incendios que, como ya advirtieron los Bomberos Voluntarios hace poco más de una semana, tienen en su inmensa mayoría un origen intencional. La diferencia, esta vez, es que los hechos superaron largamente las advertencias.
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Entre el 1 y el 9 de febrero, los Bomberos Voluntarios de Gualeguay intervinieron en más de 25 salidas operativas, muchas de ellas con múltiples dotaciones trabajando en simultáneo, apoyo de cuarteles vecinos, aviones hidrantes y helicópteros. Pastizales, montes, banquinas, basurales, campos productivos e incluso zonas urbanas: el fuego apareció en todos los escenarios posibles y a cualquier hora del día.
Las estadísticas son elocuentes. En una sola jornada —el 1° de febrero— se registraron intervenciones casi ininterrumpidas desde el mediodía hasta la noche. En los días siguientes, lejos de disminuir, la situación se agravó: incendios rurales de gran magnitud, hectáreas afectadas, focos que debieron ser retomados al día siguiente y recursos extraordinarios puestos en acción. El 8 y 9 de febrero marcaron un punto de máxima tensión, con incendios extendidos en varios campos y un despliegue operativo pocas veces visto en la zona.
Nada de esto ocurrió por azar. Tal como señalaron los propios bomberos en la nota publicada por este medio, el riesgo era extremo y las condiciones climáticas —altas temperaturas, sequedad, viento— hacían del fuego un enemigo imparable. Sin embargo, alguien encendió la chispa. Varias veces. En distintos puntos. Con pleno conocimiento de las consecuencias.
Mientras tanto, el costo no es solo ambiental. Cada salida implica desgaste humano, riesgo para los voluntarios, uso intensivo de equipamiento, combustible, horas de trabajo y recursos que podrían destinarse a emergencias inevitables. A eso se suma el peligro para viviendas, producción agropecuaria y vidas humanas.
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La pregunta ya no es si estamos ante una emergencia, sino hasta cuándo se va a tolerar esta conducta. La conciencia social que reclaman los bomberos no puede seguir siendo una consigna vacía. Requiere compromiso ciudadano, controles efectivos y, cuando corresponde, sanciones ejemplares.
Gualeguay no se prende fuego sola. Y mientras algunos sigan jugando con el fuego, otros —los de siempre— seguirán poniendo el cuerpo para apagar una irresponsabilidad que ya dejó de ser un accidente para convertirse en un problema estructural.
Gualeguay atraviesa días críticos. No por una catástrofe imprevisible ni por un fenómeno natural extraordinario, sino por una sucesión de incendios que, como ya advirtieron los Bomberos Voluntarios hace poco más de una semana, tienen en su inmensa mayoría un origen intencional. La diferencia, esta vez, es que los hechos superaron largamente las advertencias.
Entre el 1 y el 9 de febrero, los Bomberos Voluntarios de Gualeguay intervinieron en alrededor de trenta salidas operativas, muchas de ellas con múltiples dotaciones trabajando en simultáneo, apoyo de cuarteles vecinos, aviones hidrantes y helicópteros.
Pastizales, montes, banquinas, basurales, campos productivos e incluso zonas urbanas: el fuego apareció en todos los escenarios posibles y a cualquier hora del día.
Las estadísticas son elocuentes. En una sola jornada —el 1° de febrero— se registraron intervenciones casi ininterrumpidas desde el mediodía hasta la noche. En los días siguientes, lejos de disminuir, la situación se agravó: incendios rurales de gran magnitud, hectáreas afectadas, focos que debieron ser retomados al día siguiente y recursos extraordinarios puestos en acción.
El 8 y 9 de febrero marcaron un punto de máxima tensión, con incendios extendidos en varios campos y un despliegue operativo pocas veces visto en la zona.
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Nada de esto ocurrió por azar. Tal como señalaron los propios bomberos en la nota publicada por este medio, el riesgo era extremo y las condiciones climáticas —altas temperaturas, sequedad, viento— hacían del fuego un enemigo imparable. Sin embargo, alguien encendió la chispa. Varias veces. En distintos puntos. Con pleno conocimiento de las consecuencias.
Mientras tanto, el costo no es solo ambiental. Cada salida implica desgaste humano, riesgo para los voluntarios, uso intensivo de equipamiento, combustible, horas de trabajo y recursos que podrían destinarse a emergencias inevitables. A eso se suma el peligro para viviendas, producción agropecuaria y vidas humanas.
La pregunta ya no es si estamos ante una emergencia, sino hasta cuándo se va a tolerar esta conducta. La conciencia social que reclaman los bomberos no puede seguir siendo una consigna vacía. Requiere compromiso ciudadano, controles efectivos y, cuando corresponde, sanciones ejemplares.
Gualeguay no se prende fuego sola. Y mientras algunos sigan jugando con el fuego, otros —los de siempre— seguirán poniendo el cuerpo para apagar una irresponsabilidad que ya dejó de ser un accidente para convertirse en un problema estructural.