La nao sinfónica
Somos criaturas de río. Desde que el fundador decidió desmontar y nombrar “Pago del Habra” a la tierra donde se distribuirían los sitios de las manzanas a los primeros pobladores colonos, cerca del río, la decisión marcó el destino.
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Antes, los pueblos originarios nómades -cazadores y recolectores- convivieron con el agua, el monte, su cultura ancestral, su economía natural o “edenística” que les ofrecía el entorno. El paganismo o salvajismo de los naturales a la mirada de los invasores de aquellos que tenían su propia cultura, religiosidad, simbolismos heredados desde tiempos seglares de los antiguos dueños de la tierra, fue la sacrílega “evangelización” con la cruz y la espada de los conquistadores.
Nuestro gran poeta nos reza: “Me atravesaba un río…”. Sí, nos atraviesa el flujo temporal, vertiginoso que viaja hasta el mar, como la vida misma.
El parque y el balneario convocaba como si fuera el patio abierto del pueblo para disfrutar y compartir en comunidad. En aquellos días infantiles crecimos, húmedos de verde, anzuelos, lombrices, mates y bicicletas buscando -quién sabe- un reencuentro espiritual primigenio con los otros, uno mismo y la Madre tierra y el Padre Río. El olor del barro, la arena húmeda, perfume de mojarras, el bigote de los bagres, la fragancia de los árboles y el viento emponchándonos del aliento del patriarca nos vestía con los mismos bagajes que aquellos dueños del Paraíso.
A la vera del río se alzaron construcciones de todo tipo, muchísimas humildes y otras sofisticadas. Un predio alojaba una pequeña vivienda de material, techo de tejas a dos aguas, un par de arcadas en la reducida galería y una sola pieza. Supimos que pertenecía al “Dr. M.” Era encantadora, situada al borde el río donde la calle San Antonio se ahoga en el sitio antiguo de Puerto Barriles.
Algunas mañanas llegaban al parque lanchones del Tigre con frutas y verduras. “El chingolo”, “El rosarino” cargados con una paleta de colores de la circundante producción. Era una fiesta ir a comprar frutas como caquis, sandías, melones, tomates, calabazas, frutos de la tierra cosechadas en otros sitios distantes a buen precio. Y un paseíto con papá y mamá.
Las siestas se pasaban a la vera del río, mate por medio con el manto de sombra de sauces y el sonido del agua fluyendo. Los pájaros en coro componían una sinfonía acorde al paisaje fluvial y vegetal donde nosotros, gurises, liberados de solapas, pintábamos con el silencio mágico de la costa.
En una de aquellas, en la quietud serena de los duendes no advertimos que los pájaros se habían llamado a silencio. Un murmullo indescifrable empezó a crecer propagándose por la galería de agua. A medida que se acercaba tomaba forma y oímos música. Sorprendidos nos miramos en silencio. Observamos abajo y arriba y la música crecía en volumen, se aproximaba. La orquesta sinfónica frotaba sus cuerdas, sus vientos en un concierto como si la masa líquida reverberara aún más los armónicos.
A medida que se acercaba, Mozart, Beethoven, Bach, Vivaldi o no sé quienes inundaban de sonidos el corredor del río como si fuera la nave central de una basílica natural. Parecía que íbamos a ver una flota de varias embarcaciones con músicos y remeros en un convoy. Pero allí aparecía el “Dr. M.” remando en su “guigue” con una radio a pilas, silencioso, desplazándose en el carrito de su nao monoplaza como el director con la batuta de sus remos río arriba, provocando la magia. Absortos, lo vimos pasar en su delgada embarcación como un Almirante solitario dirigiendo la orquesta.
Manejaba los remos con el andante del primer movimiento. El adagio desaceleraba el ritmo cardíaco como un descanso hasta que el andante maestoso lo impulsaba hasta el final de la sonata.
El “Dr. M.” sintonizaba Radio El Sodre, estación uruguaya que transmitía música clásica y acompañaba sus ejercicios físicos, remando hacia un puerto indefinido o certero donde arribar y culminar para luego regresar de su rutina.
Las escapadas siesteras a conversar con el río se volvieron cotidianas, esperando que el tiempo y territorio de la solapa nos trajera el concierto del Capitán. Pero no lo vimos ni escuchamos más la música que transcurría como el agua.
El tiempo pasó. Aquellos gurises hoy son adultos, padres de familia, algunos abuelos y jubilados. El río navega su viaje eterno por su cauce antiguo y aquel de las siestas es un charco quieto en el reservorio. La música también es otra y se escuchan desde los automóviles, con sofisticados reproductores y parlantes, las nuevas tendencias que identifican a las nuevas generaciones.
Seguramente, la nao sinfónica tocó su último concierto cuando encontró el muelle del puerto que estaba esperando al Almirante, ya cansado de tantas remadas.
Un silencio se escribió en el último compás del concierto y la batuta se hundió en el río…