Las comidas también guardan recuerdos
Hay comidas que recordamos por su sabor. Y hay otras que recordamos por todo lo que sucedió alrededor de ellas.
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Un plato de tallarines caseros puede llevarnos directamente a la cocina de nuestra abuela. Una torta puede recordarnos un cumpleaños. Unas milanesas con puré pueden hacernos pensar en nuestra casa después de mucho tiempo sin volver. Y quizás una simple taza de té o mate cocido acompañada de algo dulce tenga guardada una tarde entera de nuestra infancia.
La comida tiene esa capacidad particular de transportarnos.
Porque comer no es solamente un acto biológico. Comemos para obtener energía y nutrientes, sí, pero también comemos en compañía, celebramos, nos reunimos, compartimos, transmitimos costumbres y construimos recuerdos.
Y esto es algo que a veces olvidamos cuando hablamos de alimentación saludable.
¿Qué pasa cuando pensamos la comida solamente desde los nutrientes?
En los últimos años aprendimos muchísimo sobre nutrición. Sabemos que las proteínas cumplen determinadas funciones, que la fibra es importante, que necesitamos vitaminas y minerales, que una alimentación variada es beneficiosa para nuestra salud. Todo eso es cierto y necesario.
Pero cuando reducimos la alimentación únicamente a nutrientes, podemos terminar olvidando una parte fundamental: la comida también tiene una dimensión emocional, social y cultural.
Una receta familiar no es solamente una combinación de ingredientes. Es una historia.
Puede ser la receta que alguien aprendió de su madre, la comida que se preparaba los domingos, el plato que aparecía cada vez que alguien cumplía años o aquello que se cocinaba cuando llegaban visitas.
Y probablemente esos alimentos no siempre sean los que elegiríamos si estuviéramos haciendo una lista de “alimentos perfectos”. Pero eso no significa que no puedan formar parte de una alimentación saludable.
Hay alimentos que alimentan algo más El valor de ese momento.
Esto no significa que la nutrición deje de importar.
Significa que la salud es mucho más amplia que la composición de un alimento.
Una alimentación saludable puede incluir verduras, frutas, legumbres, cereales, huevos, carnes, lácteos y muchos otros alimentos nutritivos.
Pero también puede incluir una pizza compartida con amigos, un chocolate que disfrutamos, una torta de cumpleaños o esas empanadas que alguien prepara especialmente para nosotros.
No necesitamos elegir entre nutrición y disfrute.
Podemos tener ambas cosas.
Lo que comemos también cuenta quiénes somos
La alimentación está atravesada por nuestra cultura.
No comemos exactamente lo mismo en todos los hogares, ni en todas las regiones, ni en todas las familias.
Hay recetas que pasan de generación en generación. Hay sabores que aprendemos desde chicos. Hay formas de cocinar que forman parte de nuestra identidad. Por eso, cuando hablamos de educación alimentaria, también deberíamos preguntarnos:
¿Qué lugar ocupan la cultura, la familia y los recuerdos en nuestra forma de comer?
Porque enseñar a comer saludable no debería significar borrar todo aquello que aprendimos alrededor de una mesa. Al contrario: también podemos aprender a cuidar nuestra salud sin perder nuestras costumbres.
La mesa también es un lugar de encuentro
Hay algo más que sucede cuando compartimos una comida.
Conversamos. Nos ponemos al día. Celebramos. Escuchamos. Nos reímos. A veces incluso solucionamos problemas alrededor de una mesa.
Por eso, fomentar una alimentación saludable no debería centrarse únicamente en qué alimentos ponemos en el plato, sino también en cómo vivimos esos momentos.
Para un niño, por ejemplo, compartir una comida familiar puede ser mucho más que una oportunidad para incorporar nutrientes. Puede ser un momento para aprender hábitos, observar a otros, descubrir sabores, conversar y construir una relación positiva con la comida.
La mesa puede convertirse en un espacio de encuentro. No todo tiene que ser “saludable” para ser valioso
Quizás una de las ideas más importantes que podemos recuperar es que no todo lo que comemos tiene que cumplir una función nutricional extraordinaria.
Hay alimentos que elegimos porque son nutritivos.
Otros porque son prácticos.
Otros porque nos gustan.
Y otros porque nos recuerdan a alguien.
La alimentación real está hecha de todas esas elecciones.
Por eso, cuando una persona me cuenta que comió una comida que disfruta y después siente que “se salió de la alimentación saludable”, muchas veces la invitación es a cambiar la pregunta.
En lugar de pensar: “¿Comí bien o comí mal?” podemos preguntarnos: “¿Cómo es mi alimentación en general?” Una comida no define nuestra alimentación.
De la misma manera que una ensalada no convierte automáticamente una alimentación en saludable, comer una porción de torta tampoco la arruina.
La salud se construye en el tiempo.
Tal vez una de las mejores formas de cuidar nuestra alimentación sea dejar de tenerle miedo a la comida
Cuando empezamos a clasificar constantemente los alimentos como permitidos o prohibidos, buenos o malos, saludables o poco saludables, corremos el riesgo de olvidarnos de algo esencial:
comer también debería poder ser un acto de disfrute.
Podemos aprender a elegir alimentos nutritivos, incorporar variedad, prestar atención a nuestras necesidades y cuidar nuestra salud.
Pero también podemos sentarnos a la mesa y disfrutar.
Podemos repetir una receta de nuestra abuela.
Podemos cocinar con nuestros hijos.
Podemos preparar una torta para alguien que queremos.
Podemos compartir unas pastas un domingo.
Podemos comer algo simplemente porque nos encanta.
Porque quizás, muchos años después, no recordemos exactamente cuántas calorías tenía aquella comida.
Pero sí recordemos quién estaba sentado a nuestro lado.
Y quizás ahí esté una de las formas más lindas de entender la alimentación.
No se trata solamente de lo que ponemos en el plato. También se trata de todo lo que sucede alrededor de él. Porque algunas comidas alimentan el cuerpo. Y otras, además, guardan una historia.
Por Lic. Agustina Gomez