Las confiterías de Gualeguay…
Relatar sobre aquello de lo que se tiene tantos recuerdos no es una tarea sencilla, porque las ideas, las imágenes y las emociones se atropellan y se empujan para ver quién sale primero a la luz. Gualeguay, su paisaje y su gente, tienen esa virtud de ubicarse en los lugares inolvidables y, fácilmente, evocables en todos los encuentros con “compatriotas de esa patria chica” que nos reconocemos por la marca de “gualeyos”.
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Puedo compartir las vivencias de las confiterías de los años sesenta, especialmente entre 1961 y 66, que fueron los años en que a mí me llegó la "ciudadanía", que se alcanzaba yendo a la Escuela Normal y perteneciendo a los habitués del Águila. Para ser justos, existían otras confiterías poseedoras de una pastelería, como la Mayo, lo mismo que La Perla, inigualables, con las que las ceremonias del té eran un placer, o el Apolito con sus pizzas que en nada envidiaban a las de los Inmortales de la calle Corrientes, en Buenos Aires. Pero El Águila, luego denominada Apolo, a mi juicio, siempre tuvo un destaque especial; probablemente su ubicación, frente a la plaza Constitución y al Jockey Club y muy cerca de Club Social jugaba un papel importante; sus paredes de color verde oscuro la hacían insoslayable, lo mismo que sus ventanales, que determinaban la necesidad de llegar temprano para ocupar esas mesas. Eran un "observatorio" que permitían ver el paso de los transeúntes por un sector importante de la ciudad. Pasar un día sin ir a tomarse, al menos un café, era sinónimo de estar con fiebre, en cama y sumamente enfermo; esta adicción se mantenía, porque en ella todo era singular... Desde escuchar, siempre, a Cuco Sánchez en "No me toquen ese vals porque me mata..." y "Alegre el jibarito va...", que todos los días, quienes colocaban los long plays, respetaban la misma cronología, hasta sus mozos, que nos veían entrar y, sin que hiciéramos el pedido ya nos servían porque conocían nuestros gustos; Salatino, Medina y otro señor, al que pido disculpas porque nunca supe su apellido, debido a que lo llamábamos por su apodo de "Citröen", en honor a la cadencia de su andar, habían adquirido, también, ese sello inconfundible.Cacho GandiniLea más en la edición impresa
