Mateo
Cuando soplaba el pampero, escuchaba el silbato de la locomotora que llegaba o partía de la estación del ferrocarril “General Urquiza”. Ese sonido y otros formaron parte de aquel ambiente que pertenecía a una época remota.
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Esperando, pacientes, los carruajes descansaban en la acera del predio después de transportar pasajeros para abordar el tren y esperando otros que llegaban para distribuirlos en casas, hoteles u hospedajes como los servicios actuales “Puerta a puerta”.
Con el tiempo, los vehículos tracción a sangre compartieron con el colectivo que llevaba los pasajeros a la Estación Carbó, o el “auto de alquiler” privado que los trasladaba hasta el andén para subirse al “Gran Capitán” que venía de Misiones, hasta llegar al destino de la Estación Chacarita en la Capital Federal o se abordaba para viajar al noreste.
El viaje se presentaba largo en el ferry-boat con la muchedumbre en los vagones, llenos de olores de vituallas diversas para aguantar el viaje de casi dos días y otras fragancias olvidables. La travesía desde Carbó hasta las maniobras en Ibicuy para subir el convoy al barco “Avellaneda” y luego los vericuetos por el Paraná, tardaban aproximadamente diez horas hasta llegar a la metrópolis capitalina.
La vieja terminal de ómnibus con su bar también reunía carruajes y vehículos modernos a explosión que pasaban horas estacionados esperando la llegada de los micros. Las “diligencias” conservaban su clientela de personas humildes de las chacras y del campo que preferían al cochero y su matungo y no la parafernalia mecánica a la que no le tenían confianza.
Quien ocupa su memoria es “el Sapo”, conductor de aquella maravilla tirada por su “noble bruto”, integrante de una familia humilde por la calle Ancha al sur, a unas cuadras del parque. La gente los conocía por su baja estatura, férreos laburantes y el batracio cuidaba tanto su “cumpa” equino como a su móvil que le daban de comer.
Los reconocían vulgarmente como “los sapos”, como lo apodaron a su padre sin saber por qué.
El tipo se las rebuscaba y su predisposición estaba siempre para cumplir con el servicio. Finalizadas las noches del corso en San Antonio -después de cenar- un amigo, sus primos porteños y él hacían “dedo” en la esquina del Banco Mesopotámico para que los arrimaran a los bailes del Club Central: “La naranja mecánica”.
Frustrados al no conseguir algún gaucho solidario, esperaban que “el Sapo” regresara de la terminal para su casa y le pedían que los llevara, así se hacía de otros mangos para culminar la jornada. Sucedieron varios años de carnavales con esa rutina.
No recuerda si los cumpas “cabeceaban” y bailaban con algunas de las concurrentes. Su pasión pasaba por ir al borde del escenario para ver y escuchar las orquestas en vivo (sin disck-jockey) y aprender. Con el tiempo, una canción folklórica se le hizo carne: “El que toca, nunca baila…”
Con el sol amanecido, culminada “La naranja…”, caminaban hasta llegar a sus casas para el descanso reparador.
Deben haber existido otros colegas del cochero que competían por las mismas tareas. Solo recuerda una semblanza, contada por un viejo amigo, de otro servidor que aparcaba en la plaza “Nueva” –San Martín- cuando el sector era “una boca ‘e lobo”, sin alumbrado público. Algunas parejas recurrían a que los llevara a sitios oscuros, calles de tierra donde lindaban baldíos, lugares arrabaleros para convertir el carruaje en un nidito de amor por un rato, como si fuera un “albergue transitorio” móvil.
Vuestra merced, el servidor, pelaba el rebenque y se ocupaba, vigilante, que nadie viniera a molestar la noche romántica de los ocasionales amantes pasajeros.
En otra oportunidad, una pareja le pide que los lleve a la pista del Sportivo, la “Teneme el nene” en el Parque donde había bailanta, en el gran quincho que luego fue “La tarucha loca”. El cochero emprendió el viaje rumbo a la calle Ancha y los amantes ardientes dieron rienda suelta a sus pasiones. Pero hubo un error, una confusión, una equivocación y la dama exclamó:
“-¡Por ahí nooo, por ahí nooo!!”.
Y dicen que el viejo mayoral respondió ofuscado a sus pasajeros: “-¡Nacido y criado en Gualeguay no voy a saber cómo se llega al Sportivoo!!!
Los “cumples de quince” de las compañeras de la secundaria los convocaban. Las fiestas se celebraban en los salones del Social o del Jockey y aparecía “el Sapo” con su carruaje trayendo algunas doncellas con sus vestidos largos, todas maquilladas, impecables como diosas del Olimpo, bien “glamour” a participar de la fiesta entre risas y carcajadas. El cochero, vestido con saco y corbata para la ocasión, abandonaba el pescante y ayudaba a las ninfas a bajar del carruaje. Un caballero.
La producción de un audiovisual rememorando aquellos carruajes se estrenó también durante aquellos años en blanco y negro por un teatrero copoblano. Lamentablemente la obra se ha perdido en archivos familiares.
Otra historia alucinante fue cuando un grupo de teatro local denominado “Gente de la legua” –en homenaje a los trashumantes “Cómicos de la legua” del Renacimiento y Siglo de Oro Español-, puso en escena la obra “Mateo”. Fueron a participar de una Muestra de Teatro Provincial en Concepción y llevaron el último carruaje de “el Sapo” en un camión de la Municipalidad. Su dueño fue como custodio y no quiso ir a dormir en el alojamiento destinado, quedándose en el teatro para cuidar su fiel compañero.
“¿Por qué a los viejos carruajes se los denominó ‘Mateo’?”- se preguntó-.
Dicen que antiguamente se los denominaba “placeros” por sus parajes en paseos públicos. Pero es el nombre del caballo de tiro de la obra teatral “Mateo” de Armando Discépolo, estrenada en 1923, de donde se tomó el nombre que identificó al viejo vehículo con tracción a sangre.
No hay final abierto, solo lo implacable. Las antiguas maderas de la estructura y las ruedas del carruaje duermen su sueño en algún galpón, mientras los huesos de “el Sapo” cochero y su partenaire equino –como sus colegas- descansan bajo tierra.
Ya no se escucha el paso de los cascos con sus herraduras en el cemento de las arterias. Los carros, los sulkys y los Mateos, tras la prohibición de vehículos con tracción a sangre en el centro del pueblo, se silenciaron en nombre del “progreso”.
Ese ayer vertiginoso, tan presente en la memoria y en los forillos de nuestra historia, renacen en el sueño de la vida atravesada, compartida, añorada de los que no se han ido todavía. Las nuevas formas de los servicios mutaron en un cambio, aggiornándose a la supervivencia para “parar la “olla” como hizo “el Sapo”, sus colegas y otros laburantes en un pasado reciente y en el propio presente.