Nuestro viaje por Asia Tres islas: Hong Kong, Okinawa y Taiwán.
Hong Kong y Okinawa: Entre templos, miradores y memorias vivas Primera parte
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Viajar siempre tiene algo de coreografía: hay que aprender a moverse al ritmo de la
idiosincrasia de cada lugar. En nuestro recorrido por Hong Kong, Okinawa y Taiwán, esa
danza se volvió aún más intensa al enfrentarnos a culturas tan distintas y, al mismo tiempo,
profundamente conectadas por su historia y su relación con el mar.
Hong Kong fue nuestra puerta de entrada a Asia, y también una sacudida sensorial.
Subir al Victoria Peak fue casi una obligación, pero también una revelación: desde allí, la
ciudad se despliega como un tablero infinito de luces y estructuras imposibles. Sin
embargo, lo verdaderamente memorable vino después, cuando bajamos a perdernos por el
barrio de Sheung Wan. Entre tiendas de medicina tradicional, puestos de pescado seco y
pequeños templos, apareció el Man Mo Temple, uno de los más antiguos de la ciudad. El
humo de los inciensos en espiral colgando del techo generaba una atmósfera casi hipnótica,
como si el tiempo ahí adentro transcurriera de otra manera.
Otro de los puntos que nos marcó fue el Tian Tan Buddha, en la isla de Lantau. Llegar
implica atravesar un largo recorrido en teleférico que sobrevuela montañas y mar, pero el
verdadero impacto ocurre al enfrentarse con la monumental estatua. Subir sus escalinatas
bajo el sol fue un pequeño desafío físico, pero también un momento de introspección. No es
solo un sitio turístico: es un espacio que invita a detenerse.
Hong Kong es, en muchos sentidos, una ciudad en tensión permanente, no solo por su
ritmo vertiginoso, sino también por su historia y su relación con la China continental.
Durante más de un siglo fue colonia británica, y ese legado todavía se percibe en su sistema
legal, en el idioma, en ciertos hábitos cotidianos. Desde 1997, bajo el principio de “un país,
dos sistemas”, convive con una identidad propia que dialoga —y a veces choca— con la de
la China continental. Esa dualidad no es teórica: se siente en la calle, en las conversaciones,
en los gestos.
Caminar por Hong Kong es atravesar capas superpuestas. En una misma cuadra
conviven rascacielos futuristas con mercados tradicionales, ejecutivos apurados con
ancianos practicando tai chi en una plaza diminuta. Todo parece estar al borde del
desborde, y sin embargo funciona. El tránsito es intenso, las veredas están llenas, los
carteles luminosos compiten por la atención, y el sonido constante de la ciudad genera una
especie de música caótica que, con el tiempo, deja de ser ruido para convertirse en
identidad.
Y es ahí donde aparece su belleza. No es una ciudad “ordenada” ni tranquila, pero tiene
una energía difícil de explicar. Hay algo profundamente atractivo en ese caos organizado,
en esa mezcla de modernidad extrema y tradición persistente. Hong Kong no busca agradar:
te sacude, te desafía, y si uno se deja llevar, termina fascinando.
Luego volamos a Japón, más precisamente a la isla más austral: Okinawa.
En contraste con Hong Kong, Okinawa nos ofreció una experiencia más introspectiva y
profundamente histórica. El Castillo de Shuri, reconstruido tras varios incendios, fue uno de
esos lugares donde la historia no se observa, se siente. Antigua sede del Reino de Ryukyu,
el complejo conserva una estética que lo diferencia del Japón más conocido. Los tonos
rojos intensos, las formas arquitectónicas y los detalles ornamentales hablan de un pasado
independiente, de intercambios con China y de una identidad propia que aún hoy se
percibe.
Pero Okinawa también tiene una cara más silenciosa y conmovedora. Visitamos el
Parque Memorial de la Paz, construido en el sitio donde tuvo lugar una de las batallas más
cruentas de la Segunda Guerra Mundial. Caminar por allí fue una experiencia fuerte,
necesaria. Los nombres grabados, el silencio del entorno y la cercanía del mar generan un
contraste difícil de describir. Es un recordatorio de que incluso en los destinos más
paradisíacos, la historia deja huellas profundas. Fueron precisamente los okinawenses los
más perjudicados por las decisiones japonesas ante la cruenta “Guerra del Pacífico”: fueron
los que estuvieron como primera línea de batalla. Es que el gobierno japonés tenía terror de
que los estadounidenses llegaran a la isla provincial, entonces fue Okinawa el tapón donde
ocurrieron las peores masacres. Tanto sufrieron, que la inmigración más masiva que llegó a
Latinoamérica es de Okinawa. Hoy por hoy, más del setenta por ciento de los japoneses y
sus descendientes que viven fuera de Japón son de Okinawa.
Entre un extremo y otro, encontramos también el placer simple: playas como Emerald
Beach, donde el agua parece del mismísimo paraíso, y el acuario Churaumi, uno de los más
grandes del mundo, donde ver tiburones ballena nadando en silencio produce una sensación
casi meditativa.
Esta primera parte del viaje nos enseñó que no hay una única forma de descubrir un
lugar. A veces es desde lo alto de un mirador; otras, en el recogimiento de un templo o en la
memoria de un pueblo. Y siempre, en el compartir esa experiencia con quien está al lado.
En la próxima entrega, Taiwán nos espera con sus contrastes urbanos, templos
vibrantes y una cultura que sorprende a cada paso.
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