Nueva Eva sin mácula
Desde las profundidades de la tierra y de la historia surge la figura de la mujer, a veces identificada con la gran madre, otras con la bruja, otras con la venus, otras con la sirena seductora…
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Mientras que las tradiciones paganas la muestran a veces sin nombre, como meras procreadoras; otras como vírgenes idealizadas; otras como sacralización de la intemperancia; otras como guerreras indomables; la tradición judeo cristiana trata de reivindicar constantemente a la mujer y, detrás de muchas historias de patriarcas y profetas, se asoma en los textos bíblicos la tímida y contundente figura de la mujer: desde Eva hasta María de Nazaret.
El santoral católico se encuentra bien adornado con santas mujeres y el Coram erige a la madre de Jesús como progenitora de un gran profeta. Tan así es que, en la Edad Media por ejemplo, se destaca en la política una mujer llamada Leonor de Aquitania, que bella y sagaz, tuvo que ver con importantes momentos de la política del siglo XI en la Francia y la Inglaterra medieval; también se destacan santas gobernantes como Brígida de Suecia, Isabel de Hungría e Isabel de Portugal, así como la gran profetiza Catalina de Siena.
Pero, posteriormente, en el Siglo de Oro Español, en el siglo XVI, la gran Teresa de Jesús en Ávila se quejaba amargamente de su desprecio por parte de los varones de su tiempo. Existió luego una especie de este feminismo pre-moderno que surge del discurso de exaltación de las virtudes femeninas, parte de la tradición europea del siglo XIII, conocida como “amor cortés”.
En nuestro tiempo, conocemos las reivindicaciones de las mujeres, sobre todo a partir del siglo XVII, cuando comenzaron los movimientos llamados “Feminismo Liberal Sufragista”, centrado en el derecho de la mujer al sufragio y a la educación. En este sentido, Eva Duarte (mujer que tanto marcó nuestro siglo XX argentino) hizo mucho bien en nuestras tierras. Asimismo, durante el papado de Juan XXIII (en el comienzo de la década del 60), el Magisterio de la Iglesia dio por sentado que la promoción de la mujer en nuestro siglo es ya un hecho que no tiene regreso, afortunadamente.
Actualmente, asistimos a movimientos de reivindicación mucho más complejos de analizar. Sólo expreso lo siguiente: afirmar la igualdad de dignidad entre varón y mujer, sin reconocer la distinción que existe entre los dos sexos es un desafío tremendo para los educadores de este tiempo, así como confundir un patriarca con un “macho sexópata y violento” es una tragedia para nuestras nuevas generaciones.
De igual manera, acusar de violentos a quienes no usen lenguaje inclusivo suena a una especie de “clausura del lenguaje”. Erradicar machismo y también la figura paterna en la familia y los pueblos sea, quizá, como “tirar el agua sucia con el niño adentro”, en palabras de Luiggi Zoja, (psicólogo italiano de este tiempo) a quien he citado en otras ocasiones en esta columna.
Para nosotros la “Mujer Nueva”, la “nueva Eva” sin mácula, sin mancha, es el modelo de la nueva mujer reconciliada con Dios, con los varones y mujeres de todos los tiempos, con la creación. Ella puede conocer la verdad y amarla porque está preservada de las emociones desordenadas que nos impiden conocer, amar y sentir conforme a los designios divinos. María con José de Nazaret vivió la experiencia de un nuevo orden veraz y bello.
Ella está preservada de aquella dolorosa profecía de Génesis 3,16: “Desearás a tu marido, y él te dominará». La tragedia del deseo y del dominio no encontró lugar en el corazón de la Nueva Eva. En este 8 de diciembre, los que no hemos podido imitarla en el gozo de la inocencia, la veremos como posibilidad de “camino de regreso”; si no la podemos emular-al menos- la admiraremos. Y no es poco.