Timoteo Aguilar años de dedicación
Todos los ciudadanos de Gualeguay lo conocemos, quizás no de nombre, quizás no sabemos nada de su vida, pero si sabemos dónde pasa la mayoría de las horas del día y que hace.
Se trata de Timoteo Aguilar, aquel señor de 81 años que, sin distinción de horarios, climas o días festivos, se encuentra sentado en la plazoleta Rocamora, frente al Cementerio.No importa si llueve, si hace calor, frío, si es feriado, si es fin de semana, Timoteo siempre está ahí, desde hace 12 años, cuidando los autos y motos de aquellos que van a visitar a sus seres queridos en el Cementerio local. Lleva treinta y cuatro años estando presente en los peores momentos de las personas, en las despedidas de sus seres queridos. Veintidós años trabajando dentro del cementerio, encargándose de las escaleras y doce años fuera, sentado en su silla vigilando y cuidando las pertenencias de los demás. Don Aguilar siempre fue un hombre trabajador, conoce los oficios desde la temprana edad de diez años, nunca dejó de trabajar y no quiere dejar de hacerlo. A pesar de que su cuerpo ya no tiene la agilidad de la juventud, ni la firmeza de la adultez, él sigue poniéndole el pecho al trabajo y ganándose la vida como puede. Por motivos de salud, un día no pudo trabajar más con las escaleras. Según nos cuenta, un día común, en su trabajo de limpieza y mantenimiento de los nichos, sube la escalera y no pudo bajar más. Se mareó y no supo si fue la presión, o qué, pero necesito la ayuda de sus compañeros para poder descender. Desde ese día, su puesto de trabajo pasó a estar puertas afuera del cementerio. No tiene un sueldo fijo, su sueldo es la voluntad y caridad de las personas que se acercan a la calle Dr. Vilar a dejarle flores y hablar con aquellos seres queridos que ya no están. Su sueldo también son las anécdotas, las personas que ha conocido y que, a pesar de que pasen los años, lo reconocen, lo saludan, le acercan obsequios.Tranquilo pasa sus días, nadie toca sus pertenencias, no es víctima de la inseguridad, ni de los amigos de lo ajeno, con frío o calor, sigue firme en su silla. A veces acompañado de su mujer, solo deja su puesto para ir hasta su casa a almorzar y volver de inmediato. Todos los que han pasado por la pérdida de un ser querido, todos los que han llorado al enterrarlos, no pueden dejar de dibujar una sonrisa en sus rostros cuando Timoteo les agradece la colaboración desde su silla y con esa mirada tierna de años de trabajo y dedicación, de vida plena y anécdotas, de recuerdos y agradecimientos.
