Gritos
Nuestra sociedad vive en medio de gritos; con gente que discute a los gritos en la calle, en la TV, gente que grita en los estadios, en los conciertos de rock. Hay quienes gritan de dolor en sus lechos de enfermos, hay quienes en su sufrimiento gritan calladamente el dolor de su exclusión bajo los puentes de la inmensas megápolis. Gritan los vendedores y algunos predicadores. Gritan los manifestantes indignados o eufóricos ante sus dirigentes.
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Y gritan también con un extraño y fecundo dolor las madres cuando dan a luz y gritan sus hijitos dando la primera señal de vida al sol; gritan de alegría los estudiantes con sus logros y los jóvenes enamorados.Hay gritos de alarma y de pedido de socorro en una emergencia y gritos de dolorosas discusiones familiares y de acaloradas rencillas políticas. Gritos de quienes no dialogan sino que alternan sus monólogos. (El rostro revela la característica de nuestro grito: sabe si es de dolor o de alegría).Hay otros gritos que nacen desde el silencio, que suben al cielo desde el secreto del corazón. Son por ejemplo clamores por la justicia y la paz.Existen también gritos de oración tal como reza el salmo 129 (139), 1: "Desde el abismo a ti grito, Señor".En el Evangelio de Mateo 15,22-23 se nos dice también que existe un grito religioso y cierto silencio de Dios ante nuestros gritos. Dice el texto: " una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".El grito de esa mujer era nacido desde el silencio, desde la humildad, desde una especie de santo atrevimiento, desde un alma que se preocupa más por los demás que por sí mismo.El grito de esa mujer es un grito femenino; como el callado grito de María de Nazaret al pie del madero acompañando el grito de su Hijo.¿Cuáles son mis gritos más profundos? ¿ Estoy atento a los gritos de los hermanos de mi ciudad?Por Padre Jorge Leiva
