“Si pongo el dedo en el lugar de los clavos no creo” (Jn 20)
En nuestro tiempo y para las generaciones nacidas en este nuevo milenio pareciera ser que las pantallas táctiles fueran más reales que las personas. Sucede entonces que hay padres que dialogan con sus hijos más a través de los medios digitales que con la mirada y la palabra dicha y oída. Lo real, digno de ser creído, pasa entonces a través del tacto: se percibe a las personas y a las cosas en tanto y en cuando se los vincule a las pantallas de esas pequeñas grandes computadoras nacidas para ser teléfonos y devenidas en pequeños cerebros que funcionan como prótesis de los ciudadanos a su vez devenidos en clientes.
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El yo encerrado en su pantalla de wathsapp, en su Netflix con infinitas series queda encerrado en una especie de autismo y detrás de ese autismo en el aburrimiento que es una forma de no percibir novedades que "irrumpan" en el corazón.La religión, la filosofía, la estética dejan de vincular al sujeto con la realidad: ahora el único "acontecimiento" es de los dedos sobre una pantalla o sobre un "comando a distancia" también llamado "control remoto".Esa "nitidez total" que tiene la pantalla propone o impone mucha información pero no da el saber del encuentro, el acceso a la verdad y a la belleza, el camino hacia el bien, hacia la "bella política" de la que hablaba Platón, hacia Dios.Con la nitidez total de la pantalla la persona cree conocer. Pero el verdadero conocimiento que da sentido a la vida, que saca del aburrimiento de lo ya sabido presupone un proceso de descubrimiento es decir un tiempo en que el sujeto se sorprende de modo contemplativo ante lo distinto, ante lo nuevo.Lo que más se debe percibir como distinto y siempre nuevo es la propia subjetividad, el misterio de Dios, el misterio del otro (devenido en hermano y no enemigo) la naturaleza (devenida no es mero objeto de infinito consumo sino en casa comunitaria, en antesala de un templo).El sentido del tacto que Tomás reclamaba para creer es el menos indicado para dar sentido a la vida personal y comunitaria. Tomás se había empecinado.Quienes lean este artículo seguramente se habrán criado en medio de la familia, la escuela pública, los libros, la comunidad religiosa, la ciudad como una especie de gran casa...Me pregunto: ¿cómo haremos los que hemos crecido con esa red de vinculaciones para comunicar a las nuevas generaciones el gusto por "adhesiones sólidas" ante el mundo "líquido"?¿ Cómo enseñaremos aquello del Principito: "lo esencial es invisible a los ojos"?Y por otro lado me pregunto ¿Qué aprenderemos de las nuevas generaciones que van creciendo en el mundo digital?¿Cómo enseñaremos que las grandes fuentes de alegría no dependen del acto de presionar una tecla de la pantalla (no dependen del sentido del tacto) sino que son fruto de largas noches de espera y de la laboriosidad paciente?Los cristianos "vivimos entre los hombres de la Biblia, ellos son nuestros amigos invisibles" decía el Cardenal Martini S. J. ¿Nos basta un sepulcro vacío para creer (como al discípulo amado) o necesitamos una infinita cadenas de percepciones táctiles como a Tomás?. ¿Precisamos tocar y ver con los sentidos corporales para creer y adherir con una adhesión sólida que implique nuestra vida... y nuestra muerte?.Los católicos sólo tenemos los signos sacramentales para ver, tocar... y trascender.Pero para descubrir que lo esencial es invisible a los ojos necesitaremos de la "distancia contemplativa", del silencio; del silencio atento y paciente, de la dolorosa purificación de la percepción.Entonces y sólo así creemos sin haber visto y somos felices por creer.Los cristianos seremos felices-sobre todo- por creer en Jesús de Nazaret, muerto y resucitado presente en la Iglesia por el Espíritu Santo habiendo sido liberados del pecado.Pbro. Jorge H. Leiva.
