"El hambre no tiene frío": en las costas del Paraná crecen los pescadores que salen al río por necesidad
Fogones encendidos de madrugada, canoas que vuelven al agua después de años y familias enteras en la costa. Los pescadores históricos de Paraná observan cómo cada vez más personas recurren al río para comer o generar un ingreso extra ante la caída del trabajo y el poder adquisitivo.
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La crisis económica tiene su propio termómetro en las costas del Paraná. Quienes llevan décadas pescando en el río lo notan con claridad: hay más gente. Más canoas, más fogones encendidos de madrugada, más familias buscando sábalo o moncholos para poner algo en la mesa o juntar unos pesos para llegar a fin de mes.
Fabián Girard es uno de ellos. Durante años tuvo una carnicería en Paraná, pero los altos costos fijos lo llevaron a cerrarla y volver al río, una actividad que forma parte de su historia desde chico. "Siempre me dediqué a la pesca. Mi abuelo, mi madre, toda mi familia fue pescadora", contó. En los últimos meses, la pesca pasó a ser su actividad principal. "Tengo una casita en la isla y ahora estoy yendo todos los días porque está saliendo pescado. Aprovecho", explicó.
Para Girard, el cambio no fue solo de necesidad sino también de convicción. "Aunque muchos no lo crean, hoy me da más rentabilidad la pesca", afirmó. Comercializa especialmente sábalo, una especie muy demandada por su precio accesible y que vende directamente a vecinos del barrio. "Lo vendo más barato que las pescaderías y no me queda pescado", señaló.
En esa misma situación está Eduardo, camionero de oficio, que en los últimos meses vio cómo los viajes escaseaban y se volcó a pescar para generar algún ingreso. "Lo hago por necesidad", le confió a un amigo.
"El hambre no tiene frío"
José Luis Orrego, conocido como "Tisona", es uno de los pescadores más reconocidos de la Toma Nueva y observa desde hace años el mismo fenómeno. Tiene 54 años, obtuvo su primer carnet a los 18 y nunca dejó el oficio. Hoy su hijo de 21 también lo acompaña.
Para Tisona, la señal es inequívoca: "Siempre que el país funciona mal, la gente se vuelca por la comida". Y lo que ve en las costas lo confirma. "Se ven fuegos desde la orilla hasta donde alcanza la vista. El hambre no tiene frío", afirmó.
Según relató, una parte de quienes hoy salen al río lo hacen para comer directamente y otros para vender algo. "Hay gente que se quedó sin trabajo y sabe que si saca 10 sábalos o 10 armados los puede vender", explicó. "La gente se las rebusca como puede", resumió.
Las trabas del oficio
Más allá del aumento de personas en el río, Tisona habló con preocupación sobre las condiciones que atraviesa el sector de la pesca artesanal. Cuestionó las restricciones para pescar ciertos días, en especial cuando el mal clima impide salir durante la semana y los únicos días disponibles terminan siendo sábado y domingo, cuando la actividad está limitada. "Muchos igual salieron porque viven de eso", relató.
También señaló contradicciones en los controles: "A veces uno te dice que una malla sirve y otro te dice que no". Y marcó una diferencia clara entre la pesca artesanal y la industria pesquera: "El pescador común pesca para vivir, para vender unos kilos y sostener la familia".
Otro punto de preocupación tiene que ver con los cambios ambientales en el río. Tisona advierte que el Paraná ya no es el mismo: "Brazos que desaparecen, arroyos que se tapan, lagunas que quedan aisladas". Y teme que futuras intervenciones de dragado profundicen ese deterioro. "Si profundizan más el río, muchas zonas van a desaparecer", advirtió.
Una postal de la crisis
En Paraná, la pesca siempre fue parte de la identidad ribereña. Pero hoy el río también refleja algo más: el difícil momento que atraviesan muchas familias que encuentran en la costa su última alternativa. Algunos llegan por herencia familiar; otros, empujados por la urgencia. Todos comparten la misma esperanza: volver a casa con algo para vender o, al menos, con comida para poner en la mesa.