El Niño se perfila como el gran condicionante de la campaña agrícola 2026/27 en Entre Ríos y el país
Los modelos climáticos del INTA y organismos internacionales confirman la llegada del fenómeno durante la primavera y el verano. Más lluvias mejorarían los rindes, pero advierten sobre el riesgo de inundaciones y excesos hídricos.
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El campo argentino se prepara para atravesar la campaña agrícola 2026/27 bajo la influencia de El Niño. Los principales modelos climáticos, el INTA y las entidades técnicas del sector coinciden en que el fenómeno tendrá un impacto significativo durante la primavera y el verano, con mayor disponibilidad de agua pero también con riesgos concretos de inundaciones, anegamientos y complicaciones logísticas en buena parte de las zonas productivas del país, incluida Entre Ríos.
Después de varios años marcados por sequías y una fuerte variabilidad climática, el escenario proyectado representa un cambio de ciclo que las zonas productivas reciben con expectativa pero también con cautela.
Más lluvia, pero no siempre mejor resultado
Uno de los principales beneficios esperados es la recuperación de la humedad en los perfiles del suelo, una condición clave para el desarrollo del trigo y para el inicio de la campaña gruesa. También podrían mejorar las perspectivas para el maíz y la soja si las lluvias acompañan los momentos críticos de cada cultivo.
Sin embargo, los especialistas advierten que mayores precipitaciones no siempre se traducen en mejores resultados. En campos bajos, zonas con drenaje deficiente y áreas próximas a grandes ríos, los excesos hídricos pueden provocar inundaciones y dificultades para realizar las labores de siembra y cosecha. A eso se suma un mayor riesgo de enfermedades en los cultivos si las lluvias se tornan persistentes.
Los antecedentes históricos ilustran ese doble filo: las campañas 1997/98 y 2015/16, ambas asociadas a episodios de El Niño, dejaron algunas de las mejores cosechas de la historia argentina, pero también severas pérdidas en zonas afectadas por inundaciones.
El trigo, primer indicador
La mejora en las condiciones hídricas ya comenzó a reflejarse en la campaña fina. Según informó la Bolsa de Comercio de Rosario, las lluvias de junio permitieron recuperar el ritmo de siembra en la región núcleo y elevar la proyección nacional de superficie triguera hasta 6,82 millones de hectáreas, con una producción estimada cercana a las 20 millones de toneladas. La Bolsa de Cereales de Buenos Aires también destacó la mejora en la humedad de los perfiles, aunque señaló que algunas regiones presentan excesos de agua que dificultan el ingreso de maquinaria.
Las recomendaciones del INTA
Para Pablo Mercuri, director del Centro de Investigación de Recursos Naturales del INTA, el mayor error sería pensar que un año Niño garantiza buenos resultados por sí solo. El investigador sostiene que el mayor potencial productivo debe ir acompañado de planificación y seguimiento permanente de las condiciones meteorológicas, y recuerda que cada región responde de manera diferente al aumento de las precipitaciones.
En ese marco, el INTA recomienda manejar los lotes por ambientes diferenciando zonas altas y bajas, revisar drenajes y caminos internos antes de la llegada de las lluvias más intensas, conservar la cobertura del suelo para reducir la erosión, ajustar las fechas de siembra según la evolución de los pronósticos y planificar la fertilización considerando el mayor potencial productivo de los años Niño. Para los establecimientos ganaderos, aconseja asegurar reservas forrajeras en sectores elevados y prever posibles movimientos de hacienda antes de los períodos más lluviosos.
El desafío de la rentabilidad
Los especialistas advierten que el clima no será el único factor que definirá el resultado económico de la campaña. Los elevados costos de implantación, especialmente en fertilizantes para gramíneas, siguen condicionando las decisiones de siembra de muchos productores. Un año Niño mejora el potencial productivo, pero no garantiza mayor rentabilidad: el resultado final dependerá también de los precios internacionales, los costos y las decisiones de manejo que se adopten desde el inicio de la campaña.
El gran desafío, según coinciden los analistas, ya no será solamente esperar que llueva, sino saber cuándo, cuánto y dónde lo hará para convertir esa agua en una ventaja productiva y no en un nuevo problema para el campo argentino.