ADOLESCENCIA
La vida es una sucesión de duelos, de heridas narcisistas que ponen a prueba la capacidad de recomposición del yo. Toda pérdida de una relación significativa pone en jaque al sentimiento de identidad y a la autoestima. Las problemáticas sociales cuando hay incremento de la desocupación, marginación, la migración de jóvenes nos muestran que ellos tratan de reorganizar su subjetividad porque se sienten desarmados, y, en la medida en que se puede rearman su rompecabezas que sostiene su identidad, su yo.
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El mantener relaciones, vínculos con otros a lo largo de la vida también les sostiene y les da capacidad para experimentar las experiencias de pérdida, ¿Quién es ese otro para mí? ¿Qué hizo el otro de mí? ¿Qué quiso de mí? ¿Qué quise yo de él? La imagen que el otro nos devuelve posibilita el que el adolescente se represente en espejo a sí mismo.El sentimiento de sí es dependiente de las huellas que va dejando en nosotros los lazos con los objetos libidinales y los logros posteriores también. El trabajo analítico es un trabajo también de hacer una historia, en los adolescentes debemos acompañarlos en sus teorías, interpretaciones sobre los que les ocurrió o en lo que creyeron. En fin, ayudarlos a reencontrarse una vez más con los recuerdos y los fantasmas de esos tiempos. Hacer el esfuerzo de entender, no solo sus sufrimientos, sino ese mundo diferente que desde el imaginario social inventa códigos, propone nuevos ideales, facilita o deniega proyectos, estimula o apaga ilusiones. Con los jóvenes aprendemos, nos enriquecen, a veces no los entendemos, pero compartimos el placer de crear, de fantasear, crear. Ellos confían y tratan de entender sus conflictos, sus temores, angustias, dudas, proyectos, utopías, culpas. La adolescencia entrama el cuerpo, lo psíquico y lo social y se rearma y autoorganiza su subjetividad. Es un momento de la vida preferencial por los cambios a los que obliga, para que aparezcan patologías importantes a veces, como pueden ser depresiones, cuadros de desorganización. Pero es muy diferente a un niño o incluso un adulto, en la pubertad hay una metamorfosis corporal, y en lo emocional.Dice François Marty: "recientes investigaciones nos conducen a pensar a la adolescencia, hoy, como un motor formidable de creatividad y adaptación al cambio. Pero la violencia de los empujes puberales puede hacer tambalear las bases narcisistas frágiles y llevando el riesgo de un quiebre. El sentimiento pasajero o durable de sentirse "un extranjero" en sí mismo conlleva una fuente de sufrimiento.Es que el joven debe: renunciar a los padres de la infancia, a la sexualidad infantil, aceptar soltarse de la mano protectora de los mayores para ser dueños de sus proyectos los pone ante una exigencia de trabajos psíquicos. Descubrir la evidencia del paso del tiempo incrementa la incertidumbre del futuro, renueva angustias temores, miedos y pone en crisis identidades alcanzadas tanto de los jóvenes como de quienes los rodean: padres, maestros, profesionales de la salud, etc.Entender los sufrimientos, los códigos y propuestas de las nuevas generaciones, indagar, interrogar y no desestimar algunos indicios que pueden ser alertas de cuadros depresivos o patologías más severas, también no convertir en patológicos los miedos, las inhibiciones que aparecen.Porque atraviesan esa etapa "turbulenta", plena de incertidumbres, decepciones, miedos, angustias, también la sociedad necesita estar actualizada, aprendiendo sus códigos, pero ello no implica adolescentizarse o mimetizarse con los adolescentes.Muchas veces ellos se sienten al borde del desamparo propio del recién nacido, cuando sienten que no encuentran adultos responsables capaces de poner pautas de autoridad que no es lo mismo que autoritarias. Dejarlos volar sin dejar de cobijarlos o ampararlos.La cultura actual ha perdido sus referentes más preciados para acompañar ese proceso de crecimiento. Las figuras que fueron modelos para transformar y consolidar la identidad, el maestro, los gobernantes, la justicia proponían valores como la solidaridad, el respeto por el otro, la confianza, la legalidad, contribuían a que el deseo de ser grandes fuera un ideal a alcanzar. Valores que han sido arrasados por una violencia social que aniquila proyectos e ideales.En medio de este panorama los adolescentes sufren también la confusión generacional en la que viven los padres cuando no aceptan el paso del tiempo y olvidan que sus hijos los requieren como adultos y sostenes de su identidad, como interlocutores, no como pares, amigos o compinches.Fuentes: María C. Rother Hornstein
