Entre el alcohol en gel, la culpa y el amor-odio por los hijos
El psicoanalista y doctor en filosofía dice que más información no hace mejores padres, y asegura que el amor siempre conlleva una cuota de odio -incluso con los hijos- que puede traducirse en un temor permanente de que les pase algo. “Retar con amor es la mejor definición de psicopatía que conozco”, dice el autor a Entremujeres en la víspera de celebrar su quinto Día del Padre.
:format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/262/0000262514.jpg)
"Recuerdo la situación en que unos padres daban vueltas para decir algo que terminé por enunciar yo: No se lo bancan más, ¿no? y el efecto fue completamente aliviante, porque -en efecto- los niños son insoportables muchas veces; pensémoslo un poco: estar sometidos a una demanda permanente como la de un niño no es algo muy feliz, la verdad que me preocuparía la salud mental de quien pudiera tolerar la demanda infantil sin siquiera inquietarse", dice Luciano Lutereau, psicoanalista, doctor en filosofía y doctor en psicología, a Entremujeres, en la víspera de la celebración de su quinto Día del Padre. Especialista en niños y crianza, vuelca sus saberes en varios libros, como los últimos Más crianza, menos terapia. Ser padres en el siglo XXI (Paidós, 2018) y Esos raros adolescentes nuevos. Narcisistas, desafiantes, hiperconectados (Paidós, 2019). Eso sí: asegura que más información no nos convierte en padres estrella.- Sos especialista en psicoanálisis con niños, padre y, a su vez, escribiste numerosos libros sobre crianza y estudiaste el tema: ¿eso te convierte en "el mejor padre del mundo"? ¿Más información nos hace mejores padres?- Te cuento una anécdota del mejor padre del mundo: hace unos años, yo salía de presentar un libro en la Feria de Buenos Aires, estaba con mi hijo y, como llovía, además de luchar con el paraguas lidiaba con que él se pusiera un abrigo. Tenía la mochila en una mano, con la otra trataba de que me hijo me hiciera caso, en fin, una escena penosa y, de repente, veo que una mujer me mira desde la vidriera de un bar. Con mirada reprobatoria, pero lo más gracioso es que sobre la mesa tiene un ejemplar de mi libro. Entonces no pude evitar la tentación de decirle: "En los libros todo es más fácil". Ella se rió conmigo. Con esta anécdota empecé a escribir Más crianza, menos terapia, para contar que no hay padres perfectos, ni buenos modelos de parentalidad, sino que a todos nos cuesta criar niños en la vida cotidiana y que lo hacemos más allá de los ideales con los que todo el tiempo nos sentimos en falta. Entonces, ¡tenemos que amigarnos con la falta! Hacer de tripas corazón, porque no se trata de ser los mejores padres, sino simplemente los padres de nuestros hijos, con nuestras vacilaciones, angustias, temores y demás. Te lo digo yo, que supuestamente había estudiado un montón sobre niños y, cuando recibí a mi hijo, me di cuenta de que lo que sabía no servía para nada. La información no explica nada acerca del deseo que une a padres e hijos. Google y los manuales solamente sirven para que uno confirme lo enfermo que está (siempre a punto de morir por un dolor de espalda o un lunar) y lo mal que hace las cosas. Mejor apostar al deseo y al amor.- ¿Por qué decís que el juego es el modo en que se forja el deseo en la infancia?- Porque el juego no se basa en el entretenimiento, por más divertidos que puedan ser algunos. Al jugar, incluso desde muy pequeños, descubrimos una relación con el otro. Los primeros juegos de un niño, los más espontáneos, nacen en brazos de otros, por ejemplo, con el descubrimiento de la sonrisa, cuando se esconde la cara detrás de una sabanita. Siempre les digo a las madres que, cuando van a dar la teta, larguen el teléfono, que aprovechen para jugar en ese ratito con ese cabezudo que parece que está en su mundo, pero ¡ese mundo son ellas! A mí me gusta mucho escuchar cómo las mamás les hablan a sus bebés en ese idioma rarísimo que sólo ellas y el bebé entienden. Por cierto, no hay nada más extraordinario que el modo en que una mujer puede anticipar que su hijo se va a despertar antes de que el niño lo haga. La conexión psíquica que hay entre madre e hijo en los primeros meses de vida es impresionante. Esa es la fuente del juego, que se basa no tanto en hacer tal o cual cosa, sino en una conexión de deseo con el otro. Por ejemplo, ese idioma rarísimo del que hablaba recién, ¿no lo encontramos luego en la vida amorosa cuando nuestra pareja nos dice algo y nosotros respondemos: "Estaba a punto de decirte lo mismo"? En el juego estamos con otro, pero no como dos personas aisladas o diferentes, sino que somos un deseo que nos recorre a ambos. ¿Cómo es si no que los niños pueden de pequeños empezar a jugar a ciertos juegos cuyas consignas son difíciles de explicar? El juego no es una destreza intelectual, no se aprende a jugar leyendo instrucciones, sino a través de un deseo, porque hubo alguien con un deseo que nos esperó para invitarnos a meternos en ese tobogán lúdico que a veces puede ser un deporte, otras transcurrir con fichas en una mesa, pero también una conversación. Una buena charla también es un juego. ¿No nos pasa a veces que en una conversación en que la pasamos bien, de repente miramos el reloj y decimos: "El tiempo pasó volando"? Es así porque al jugar el tiempo ya no es el de la vida cotidiana, utilitario, en el que estamos siempre apurados. Por eso me gusta tanto cuando los niños dicen "5 minutitos más", porque no se refieren a 5 minutos efectivos, sino que es así que muestran que el juego pasa en otro tiempo, que necesita otro tiempo, el del deseo y, por cierto, no son pocos los niños que juegan también conversando. Un niño con un objeto en la mano no es necesariamente un niño que juega. El primer juguete es la palabra.
