Para qué acumulás?
No es posible andar más livianas si no frenamos nuestro stockeo compulsivo. ¿Estás lista? Disfrutá entonces de la abundancia sin acumulación.
Por María Eugenia CastagninoValijas enteras de ropa que no usamos. O, lo que es peor aun: que ni siquiera nos entra. Cajas con libros por toda la casa que jamás leímos (ni vamos a leer). Películas, CD, casetes (¡casetes!) que lo único que hacen es juntar mugre en algún estante perdido. Muebles, esos que heredaste de tu abuela, de tu tía, de tu tía abuela y de tu suegra. La alacena atestada de productos que compramos alguna vez para cuando nos pinten las ganas de hacernos las cocineras, cosa que sucede, con suerte, una vez por año. Los cuadernos y las carpetas del jardín de tus hijos, desde 2004 en adelante. Y ese suplemento del diario que te en-can-ta y que guardás celosamente en cajas... desde el 95. Uf... ¿No te agota de solo leerlo? ¿No sentís a veces que la mochila pesa mucho? Sí, admitámoslo, acumuladoras compulsivas del mundo: tenemos demasiadas cosas. Sucede que es casi uno de los deportes que más nos gusta practicar (o que, directamente, a algunas nos sale solo), bajo la creencia de que estamos "atesorando" recuerdos, cosas muy valiosas u objetos que en un futuro nos van a poder servir para algo. Nadie dice que sea fácil cambiar de un día para el otro, pero está bueno ir poniéndonos ciertos límites, porque es la única forma de aprender que el viaje puede ser mucho más liviano. Y lo mejor: mucho más placentero.¿Por qué acumulamos?"Pero ¿cómo lo voy a regalar? Si este vestido es de una tela única, que ya no la conseguís en ningún lado...", "Sí, ahora puse la mecedora de ratán en la baulera, pero cuando tenga una casa más grande la pienso usar un montón, eh...", "No, esta remerita ya está muy vieja, pero mejor la guardo porque quizás algún día me sirva, por ejemplo, si tengo que pintar...". ¿Te suenan las frases? En nuestro universo mental, acumular tiene que ver con sentir que tenemos el control; esta programación cerebral fue exitosa cuando la humanidad solía vivir en ambientes de escasez y estaba activada por una carencia puntual o por la existencia de algún peligro que nos amenazara. En ese panorama, acopiar aseguraba la supervivencia. Nuestros abuelos seguramente almacenaban provisiones para los tiempos de guerra y hambrunas, así como algunas especies de animales juntan alimentos para el invierno. Ante la escasez, la abundancia material se distinguía como un valor. Los tiempos cambiaron..., pero nuestra mente nos sigue haciendo creer que está bueno tener mucho cuando ya no es necesario . Es como si hubiéramos venido al mundo con ese chip incorporado. Y quedamos prisioneras de ciertas costumbres o tendencias programadas que están desfasadas con este nuevo ambiente en el que vivimos, donde la oferta es infinita y tenemos prácticamente todo a disposición.Por otro lado, existe otro mecanismo interno, muy arraigado en nosotras, que tiene que ver con la imitación (el famoso "lo veo, lo quiero", más allá de que lo necesitemos realmente o no). Mientras no veamos, probablemente no nos demos cuenta de que necesitamos algo. Steve Jobs, el magnate informático, entendió esto a la perfección: él sostenía que su trabajo era crear productos que generaran necesidades en los consumidores. Y, por ejemplo, hasta que salió el iPod, a nadie le urgía tener 32 gigas de música para llevar a cualquier lado. ¿Y ahora? Para algunos, vivir sin esa posibilidad es absolutamente tremendo. Quizás el gran problema sea que hoy "vemos" mucho y los estímulos se multiplican segundo a segundo: la cultura del consumo en que estamos inmersas nos bombardea y, claro, nuestra mente enseguida crea esas "carencias": no tenés el guardarropas suficientemente surtido, a tu casa le falta onda, no tenés el iPod lleno de música y te gustaría tener la misma cantidad de libros que la Biblioteca Nacional. Por eso, nos dejamos llevar por este impulso natural a retener, a querer tener más. Aunque, en el fondo, no sepamos exactamente para qué (¿cuál es el sentido?). El desafío pasa ahora por revertir ciertos paradigmas: con la abundancia instalada desde el modelo social -lo pedís, lo tenés-, lo que ahora se distingue es cierta suerte de minimalismo. Tener poco, o tener sólo lo necesario, se vuelve un valor en sí mismo. Hacía ahí vamos.La "guardatutti" tiene sus riesgosSi nos animamos a rascar un poquito la superficie de nuestra pasión acumuladora, vas a darte cuenta de que no está tan bueno como creías. ¿Por qué?- Nos corre del presente y nos hace perder el control. Guardamos "por si": la mantita de crochet "por si" alguna vez tenemos un sillón para decorarlo, la ropa que le queda chica a tu hijo la guardás "por si" tenés otro en el futuro, y los apuntes de la facultad, por si alguna vez los llegás a necesitar... Esas ilusiones nos dan, de cierto modo, alguna excusa para seguir buscando recovecos de la casa para seguir juntando, y te ocupan la cabeza desdibujando tu "yo" de hoy, ese que vale la pena realmente. Si creés que podés controlar el futuro, es hora de que dejes de perder tiempo y espacio de tu vida. Lamentamos informarte que no es posible. Y que lo único que lográs es vivir en un abanico de "posibles" identidades en escenarios irreales e incontrolables, porque son meros dibujos de nuestras ilusiones y/o temores. ¿Querés un dato? Nuestra mente es capaz de recordar solamente hasta siete ítems. ¡Siete! Cuando tenés más de siete cosas, hacé de cuenta que el resto no existe. Si no, mirá lo que te pasa cada vez que te ponés las pilas y hacés "limpieza": "Uy, este disco ni sabía que lo tenía...", "¿De dónde salió esta pollera? Ni me acuerdo de cuándo me la compré...", como si fueran nuevas cosas, pero que están ahí desde hace años. Es casi una regla de sabiduría: el exceso te hace perder el control.- Implica asumir más responsabilidades. Tenés la alacena llena de cosas como para alimentarte los próximos seis meses, pero hay que cuidar que no se te venzan. Abrís tu placard y la ropa se te viene encima, pero... ¿quién te asegura que no te la coman las polillas? No te engañes: tener MUCHO implica asimismo MUCHO esfuerzo; ya sea en tiempo, en energía, en espacio o en cuidado. Claro que mientras estás en modo "guardatutti" y tu mamá te ofrece la colección completa de la Enciclopedia Británica de tu abuelo, jamás vas a ponerte lo suficientemente racional como para pensar en todo lo que eso implica (ir a buscarla, hacerle un lugar en la biblioteca donde ya no entra un alfiler, pasarle un trapo de vez en cuando, etc.). Las ganas generalmente borran las consecuencias. Y cuando no se asumen las responsabilidades del cuidado, la jugada te puede salir carísima e incluso podés terminar arruinando completamente la experiencia. Imaginate lo que sería agasajar a tus invitados con un flan riquísimo de postre, pero hecho con una leche condensada vencida, porque jamás cuidaste ese detalle lo suficiente. Corrés el riesgo, entonces, de que no sólo el flan resulte agrio, sino que ¡te quedes sin postre! y que hayas desperdiciado también huevos, azúcar y leche (en buen estado), porque, en el fondo, no estabas dispuesta a reconocer tu mala inversión ni tu descuido.
