Espacio Literario
Hoy, anécdota del “Libro del té”, de Okakura Kakuzo
¿La belleza guarda armonía con la asepsia? Difícil pregunta y, en principio, hasta parece ser inconducente o capciosa (quizá esto último, ya que la pretensión es arrancar una respuesta con un fin determinado e interesado).
Sin embargo, si uno contextualiza, tal vez no lo sea tanto. Vamos a hablar de las hojas de otoño o, mejor dicho, de la intensa belleza de las hojas de otoño: amarillas, doradas, luego marrones y con el chisporroteo feliz de sus crujidos breves al ser pisadas y, a veces, hasta con la compañía de la risa de los niños al jugar con ellas. ¿O será que no son bellas, pues ensucian, tapan desagües, incluyen el trabajo de barrerlas...? En verdad, no ha de haber una respuesta definitiva. Lo que sí hay, sin dudas, es una respuesta poética. De ésas que nos ayudan a acercarnos a la maravillosa Verdad revelada del Ser. Así, les ofrecemos hoy un exquisito, delicado pasaje de la obra "El libro del té", del autor japonés Okakura Kakuzo. (Digresión: hay que leer ese pequeño libro, por favor).Se trata de una anécdota de uno de los maestros tradicionales del té en Japón: Rikiu."Rikiu contemplaba como su hijo Shoan barría y rociaba el paso del jardín.-No está bastante limpio- le dijo cuando terminó su tarea. Y le ordenó que recomenzara.Después de una hora de trabajo el joven se volvió hacia Rikiu:-Padre, le dijo, me parece que ya está bien. He fregado tres veces los escalones, he lavado bien los faroles de piedra, he rociado los árboles; el musgo y los líquenes ostentan un verde brillante hermosísimo; en el suelo no ha quedado una paja, ni el más leve fragmento de una hoja.-¡Ay, joven aturdido!- repuso el maestro del té-. No es así como se deben limpiar estos sitios.Y descendiendo al jardín sacudió un árbol que repartió en derredor hojas de oro y de púrpura; caireles del manto de brocado del otoño.Lo que Rikiu exigía, no era solamente la limpieza, sino, además, la belleza y la naturalidad".Notable y sabio, ¿verdad? Ojalá lo hayan disfrutado.
