Espacio Literario
Hoy, el valor del silencio
Poeta, ensayista y traductor argentino, Santiago Kovadloff es conocido por su labor en la traducción de grandes autores de la literatura portuguesa, como Pessoa, Carlos Drummond de Andrade o João Cabral de Melo Neto, entre otros. En 2002 fue nombrado miembro de la RAE. Ha publicado desde poemarios a ensayos literarios, así como libros dedicados a la narrativa infantil y juvenil. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos galardones, como el Primer Premio Nacional de Literatura de la República Argentina o el Primer Premio de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires, entre otros muchos.
En una entrevista realizada por Fernando Toledo, periodista y poeta mendocino, Santiago Kovadloff define de manera exquisita el lenguaje del poeta: "El lenguaje de cada poeta no es sino la personal versión de los contenidos impuestos por el creador de esa imponderabilidad inmensamente oída. La obra de cada poeta remite al destino corrido por la presencia de lo esencialmente indiscernible -el silencio extremo de lo real- en las manos laboriosas de su intérprete."Hablar de la rica personalidad de Kovadloff, de su postura vital, de sus obras, de sus conferencias, nos llevaría varias entregas. Particularmente lo admiro por su sabiduría, por el exhaustivo análisis de la sociedad, por la claridad de sus conceptos sin rebuscamientos ni chabacanerías.Hoy comparto una obra de este excepcional pensador porque me remitió al valor del silencio, de ese silencio que es pregunta, que es respuesta, pero que también es una forma de recordar en la intimidad. Ese silencio es el que estamos necesitando y al que convocamos muchos argentinos, ese silencio respetuoso y de homenaje en un momento trizado de la vida argentina. Óptica ConcordeA Luis, el óptico, solía verlo detrás del mostrador.Ya no es así. Hoy es su padre, óptico también,quien luego de ajustar su audífono al oídome abre con su llave la puerta del negocio.Corren tiempos duros. Ya no hay puerta sin cerrojo.La calle se ha vuelto incierta;abundan rejas, trabas, vidrios blindados.Todo es miedo y prevención,aliento en la nuca, algo oscuro.Cuando pregunto por su hijo, el viejo,tomado por sorpresa, me mira desvalidocomo si yo hubiera franqueadoel umbral de lo indecible:la boca entreabierta, los ojos sin norte,una grieta súbita en los gestos.Luego, encorvado y mudo,se pierde detrás del mostrador.¿Me oyó? ¿Responderá?¿Abismo o deficiencia?¿Sordera o lo innombrable?No responde. Al rato,alzando el tono, preguntó:¿En qué puedo servirlo?Esa fórmula bella, en desuso,traída de tan lejos,lo probó: estábamos de vueltaal amparo de lo estable.¿Simulaba el óptico?¿Rearmó su corazón?Importa poco.Bastó para darme abrigo,impulso para extenderle mis anteojos.El arco... —me oí decir—.Él los tomó en su mano ajaday la tarde se rehízo, tibia y diáfana a la vez,de espaldas a todo lo que excede las palabrasy hace de nosotros seres pobres,inermes, desoídos.
