Hoy, “Hermanos de patria y cielo”, de Roberto Romani
El próximo sábado, 12 de abril, en el Club Social Gualeguay, Robert Romani presentará su nuevo libro, “Hermanos de patria y cielo”- Misceláneas montieleras, de Ediciones del Clé, con ilustraciones del artista plástico Vicente Cúneo.
Estarán formando parte de la mesa la escritora Tuky Carboni y la Directora de Cultura Municipal, Prof. Selva Olivera.El libro de Roberto Romani rescata de la historia a figuras, costumbres, sucesos de tiempos remotos, hasta los más cercanos, que participan de una trama que va describiendo con su prosa. De su libro surgen los datos biográficos de 62 figuras, personalidades que se destacaron en el contexto provincial y nacional. Allí, el escritor cuenta historias con un estilo particular y si bien no es una obra escolar, constituye un aporte a la tarea de los docentes entrerrianos.Para el Espacio Literario de hoy no tomé las figuras, sino que me remití a "Noticias del poeta" donde se percibe los sentimientos de su niñez, los lugares, personas paisajes, animales que forman la riqueza de su espíritu, son patrimonios de su alma que acuden a su presente para recordarlos, no con tristeza, sino con ese dejo de nostalgia imprescindible que forma parte de su historia personal.Elegí "El último relincho en La Olguita", texto en donde ensambla sus recuerdos con citas de otros autores como Guillermo Enrique Hudson, Joaquín V. González, Guillermo Alfredo Terrera, Tuky Carboni, Juan Manuel Alfaro, Leopoldo Marechal."El último relincho en La Olguita" es un recuerdo de su niñez con el que muchos nos identificamos."El último relincho en La Olguita" Yo podría decir con Guillermo Enrique Hudson que el tiempo más dichoso de mi niñez "comenzó poco después de cumplir los seis años, cuando ya tenía petiso propio y me dieron permiso para andar en él todo el tiempo que quisiera". Pero también fui feliz cuando el viejo tordillo de La Olguita tiró del sulky, cada mañana, para llevamos a la escuela rural y gozamos como Joaquín V González en Mis montañas de "los inocentes placeres de aquella edad en la cual nos conmueve una tórtola que gime, nos regocija una flor arrebatada a la corriente, y nos dormimos para soñar con los nidos, con los cantos y con las visiones de la noche".Mi profesor de la Universidad Nacional de La Plata, Guillermo Alfredo Terrera, sostenía que "El caballo engendra en lo profundo del alma argentina, el valor de la propia persona, su individualidad recia y un espléndido sentido de la libertad; libertad de alma y cuerpo que solo han palpado quienes quemaron horas y días cruzando campos, recorriendo caminos y durmiendo contra el suelo cubierto con el titilar lejano de las estrellas".Así lo aprendimos de nuestro padre; así lo sentimos con Tuky Carboni, cuando "Una frescura azul presurizaba el alma / para beber el campo al galope tendido. / Después, un potro oscuro con las crines al viento, / encendiéndose en llamas, / contra horizontes de coral y herrumbre".Pero un día aciago para nuestras rondas de infancia, el tordillo no pudo más y quedó corno una prolongación de la gramilla, cerca de nuestra casa, esperando el final. Yo advertí como Juan Manuel Alfaro que "En una zancadilla me quebraron la rosa. / Se fueron, girasoles, las monedas del año. / Tuve que andar labrando espinas de adoquines / y en un cajón secreto, con libertad de barco, / guardé para algún día, la llave de mi llanto".El alimento y el agua que todas las tardes, al volver de la escuela, le acercamos con ternura, hizo que su mirada pudiera descubrir en la lejanía las tropillas del viento en retirada. Después, con el último relincha, buscó el calor de la tierra madre, y nosotros, asombrados testigos de la primera muerte, entendimos el dolor de la partida.Hoy, que los años y las urgencias me han alejado para siempre de los molinos armoniosos de la primera edad, y otros dolores agrietan la primavera y el sol, elegí la emoción de Leopoldo Marechal para cantarte, caballito de mi tiempo azul:"La muerte nunca tuvo dos tréboles más castos que tus ojos. / La tarde se perfuma con el silencio que brota de tu piel. / Bajo tus patas rígidas la tierra llora su música perdida. / Se ha dormido en tus remos la distancia. / Has arreado tus días como novillos rojos / y tus noches enguampadas de lunas; / sobre tu cruz el sol fue un pájaro boyero que cantó en las mañanas. / En bajíos de sueños descansarás ahora: / tu paz es un elogio de la muerte que perfuma los llanos".
