Espacio Literario
Hoy, un cuento de “Pinceladas sobre el caballo” de Vicente Cúneo.
Hoy les entrego uno de los relatos del libro “Pinceladas sobre el caballo”, de Vicente Cúneo, que fuera presentado magistralmente por Tuky Carboni y Roberto Romani el pasado sábado en el Club Social. En esta obra se plasman las travesuras y diversiones inolvidables de la infancia, el despertar del joven que empieza recorrer y trabajar senderos del campo con sus paisajes de verdes llanuras, suaves colinas, arroyos esquivos y ríos que saben de bravura y mansedumbre, la sabia experiencia del hombre maduro, el afecto y respeto incondicional mutuo con el caballo, todo formando una en una conjunción de “libertad de alma y cuerpo”.
Elegí este cuento porque guardo en mis recuerdos de niña y adolescente el golpe con el cabo de rebenque sobre el carro que anunciaba la llegada del lechero, del panadero, del vendedor de leña, en ese tiempo cuando las calles de Gualeguay, la mayoría empedradas y de tierra, eran nuestro lugar de juegos, ya que nuestra infancia se podía vivir en la vereda, en la calle, respirando si temores una libertad plena.Los dibujos que ilustran las páginas de "Pincelada sobre el caballo" tienen rasgos de niño y de hombre maduro; saben a cariño, a lealtad, a exigencias, a soledad, a compañía, a diversiones y a largos caminos.El Sodero Desde que el hombre inventó ponerle burbujas artificiales al agua, para que el líquido elemento derivase en fresco brebaje, y produjera cosquillas inigualables al pasar por la garganta calmando (no sé si la sed, pero sí la ansiedad) han pasado y seguirán pasando por la crónica cotidiana innumerable cantidad de soderos. Mi recuerdo de la edad de la inocencia me los pinta de cuerpo entero, con sus dedos transformados en tentáculos sosteniendo no sé cuantos sifones a la vez, hechos racimos en sus manos; la carterita, invariablemente de cuero marrón, a la altura de la cintura colgando de una correa hecha del mismo cuero, que cruzaba en forma oblicua su torso, receptáculo aquel repleto de monedas prestas a salir transformadas en vuelto exacto por el valor de la mercadería entregada casa por casa. Con su carruaje, de larga caja, con barandas de poca altura, lleno de ruidosos cajones de madera, ordenadamente distribuidos, conteniendo erguidos envases de narigones picos que asomaban prometiendo arrojar su transparente líquido hacia el vaso más cercano en prometedor y fresco chorro. Aquel carruaje con capota de lona, primitiva tecnología del frío de aquellos días, que cubría los desatinos del tiempo contra el producto; era tirado por el fiel e inmutable caballito, que pasó por la historia sin pena ni gloria, a pesar de ser familiar directo del criollo de Belisario Roldán, del alazán de Atahualpa Yupanqui y del moro de Martín Fierro. Aquel caballito capaz de esperar todo lo que su amo demorase en cambiar llenos por vacíos, en cuantas paradas diarias acaecieran, sin inmutarse siquiera. Y era tal el grado de obediencia, de entrega, de mansedumbre, de lealtad de aquel animal, que asombraba verlo como se entregaba a los pormenores de la labor con toda su atención puesta en la misma, mientras durase el lapso de un recorrido fijo llevado a cabo día a día. Ese grado de obediencia llegó a ser tan elevado que se dio con ellos el caso, para mí, más emblemático. Erase, en aquel período de mi niñez temprana, entre tanto ilustre vecino trabajador: don Pancho. Hombre alto, enjuto, de postura encorvada, de brazos largos y huesudos, manos grandes, cara seria, mirada esquiva y pelo blanco en canas. Usaba un uniforme de trabajo similar al de los ferroviarios de la época, camisola y pantalón de un tono gris azulado. Y erase también, en extraña coincidencia, que el pelaje del caballo que ocupaba comúnmente nuestro sodero era, como corresponde: tordillo.Formaban ambos, caballo y amo, una singular pareja, emulando en muchos aspectos al inmortal dúo del Quijote y Rocinante. Al menos en el aspecto físico. Los dos, Don quijote y Don Pancho, hombres altos, flacos, descarnados al igual que sus equinos: famélicos, enjutos y huesudos. Uno, el de la enorme e inmortal fama, paseando su lastimosa figura por comarcas españolas llenas de ficción; el otro deambulando su penosa estructura por las humildes y pueblerinas calles gualeguayenses que atesora mi memoria. Y apelando a esa evocación es que revivo, plena de color, una página de hilaridad y picardía vivida y extraída de aquella edad. Alguien, muy perpicaz, se había detenido atentamente en un detalle, dando lugar luego a la chacota que cundió entre nosotros, gurises ávidos de correrías; desembocando después en el goce compartido de numerosas y alocadas risas.Al parecer, don Pancho, de tantas paradas efectuadas a diario, le había hecho un hábito al tordillo que invariablemente se detenía en forma instantánea con sólo una orden, muy simple, dada con un chistido largo y suave, como pidiendo silencio.Un ¡Schtsss! ... y el caballo frenaba, quedando automáticamente parado frente a su destino: la puerta de casa donde Pancho efectuaba la entrega de sifones. Vaya coincidencia ¿no? Casi el mismo ruido del sifón al derramar su líquido...El caso es que, quizá, en un principio el hombre haya tenido que tirar de las riendas procurando parar, a la vez que expresaba la onomatopeya aquella.Esto entiéndase como primera etapa de aprendizaje, para luego si, ir prescindiendo del movimiento y dejar como única señal nada más que aquel sonido.El equino, como en tantos otros casos, aprendió respondiendo a la perfección tan sólo con el son tan particular dado como orden. En tanto, es bueno decirlo aquí, lo interesante no resultó ser eso. Lo interesante fue el haber develado que el pobre equino, tal vez cansado de su rutina, no sólo respondía al chistido de su amo frenando la parsimoniosa marcha, sino a cualquier ¡Schtsss!... que se cruzara en su camino. Enteramos y ejecutar la broma fue sólo una. Esperar con los amigos, ansiosos, que pasara frente nuestro don Pancho, simular indiferencia, saludando cortésmente, para luego chistarle pícaramente su caballo, era más que tentador. Ver como al instante se paraba, y correr ante el enojo, los insultos y amenazas del burlado al darse cuenta, inmóvil, varado en medio de la calle: ¡toda una delicia! La diversión se convirtió en una especie de deporte de riesgo, practicado en la calle como ámbito: había que alcanzar la meta de la esquina sin que elchirlo del látigo diera cuenta de nuestras peladas pantorrillas. Al fin, venía la recompensa de ver a prudente distancia, el tordillo clavado en su sitio, y el sodero despachando una andanada de insultos a un invisible tropel de gurises en desbande, puestos a salvo en la esquina más cercana. Esquina salvadora alcanzada con talones y latidos presurosos, refugio donde deglutíamos luego panzadas de risa desahogada, festejando la victoria. Y allá, en mi niñez, Don Pancho, enojado todavía, poniendo en marcha, de nuevo, trabajosamente su vehículo traccionado por el blanco y obediente caballito. Y sin saberlo, también, poniendo en marcha, cinchado por él y su tordillo, un pasaje de aquellos días imborrables plenos de alegría y regocijo.
