Una historia para Julia (XXIV)
Mamá Evangelina estaba cansadísima, más dormida que despierta. Eran las dos de la mañana y vos no aflojabas con tu discurso juguetón. Desde que descubriste el gusto por escucharte, la emprendés con cuentos llenos de misterio y emoción, una ofrenda para todo aquel que quiera escuchar tu música, la de significados ocultos.
Tu juego derivó en principio de queja y entonces te rescaté del fondo de la cuna. En el dormitorio solo había encendido el foquito que vive escondido debajo de tu cama. Te hice alta en el cielo en esa parte de la noche, y salimos. Las luces que venían de afuera acompañaban el silencio. Desde que alguien agregó una luz entre los techos bajos que se ven desde nuestras ventanas, una magia de rebote de luz amiga nos regala un dibujo indefinido en el techo del comedor. Éramos en el silencio y la mirada. Decidí quedarme parado, nada de llegar hasta la cocina. Mirabas el techo, y volvías tus ojos a la puerta que da al balcón. Sobre las cortinas el rastro de las plantas de mamá, movimiento suave, motor de brisa en primavera. El impulso fue hablarte a la oreja, contarte del día y de la noche. Te dije que en la noche las personas duermen, descansan, y que todo parece que se apaga, pero que no era tan así, sólo se respira más bajito para que ese aire que recibimos llegue hasta el alma, y que ese aire, no importa si en el barrio hace frío o calor, llega siempre con un fresquito de acariciar. Por eso es importante descansar bien. Te dije que el día llega cuando otra vez se enciende el cielo, el sol, los árboles, las plantas, las voces, los colores. El día llega, Julia, cuando vuelve a encenderse nuestra sonrisa y la pista de la felicidad. Te estaba por contar más del día, justo cuando un momento después de apoyar tu cabeza sobre mi pecho, cerraste los ojos y un aire chiquito, remolón, fue a hacer nuevo nido en tu alma.Edgardo Lois / Noviembre 2012
