Desolación
Este cuento fue escrito en base a un lamentable hecho real, ocurrido en un pueblo de Entre Ríos
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Un pueblo a orillas del río; un pueblo como tantos. Quizás algo más aislado y perdido que otros. Un camino estrecho poblado de médanos, lagunas, ranchitos que parecían olvidados en medio de los arbustos. Pequeño pedazo de arena y cielo, que solía tornarse intransitable en invierno, cuando las lluvias azotaban los campos; entonces recurríamos a la otra salida, el Paraná majestuoso. Cuatro horas largas flotando nos permitían divisar a lo lejos las luces de la ciudad vecina. En verano, la arena caliente quemaba los pies y se metía entre los dedos hasta lastimarlos. Como pedazos de lija queriendo pulir un yeso, pero lástima, ese yeso no era insensible y solía sangrar dentro de la alpargata de algún chico. Y cuando el viento silbaba entre los árboles, una nube de polvo finito, casi etéreo, se clavaba en los ojos y nublaba la vista hasta enrojecerla. Por las noches, silencio profundo. La gente trataba de dormir, mientras un demonio de aliento tibio, con su ruido monótono daba vueltas y vueltas en algún rincón, semejándose a un borracho que gime pero no se refresca, porque su vino es caliente, como el aire sin aire de ese monstruo encerrado entre cuatro paredes de madera con techo de zinc. Así pasaban horas y horas en el pueblo, todos los días iguales, como si el tiempo se hubiese detenido en uno de ellos y los repitiera; con sus palabras, sus conversaciones y su angustia.Un poco más allá el paisaje se agrandaba en una noche única de agua y cielo. Era el Paraná que venía de muy lejos. Nuestro Paraná, que una mañana de abril, lentamente comenzó a inflamarse, y como a una bestia inmensa lo vimos revolcarse en su cauce, arrastrando troncos, camalotes, animales desconocidos para nosotros, y agua y más agua, y no sabíamos de dónde podía brotar tanta. Y tuvimos miedo, mucho miedo, y lloramos por esa fuerza desconocida qué nos amenazaba. Porque nuestra belleza se había convertido de pronto en una serpiente, que se arrastraba sigilosamente por las noches tratando de sepultarnos. Y nadie habló de otra cosa; no había nada más importante que eso, porque estábamos acorralados, porque eso era... ¡la inundación! Los comentarios se repetían a cada momento: ¿Llegará el agua hasta el pueblo? ¿Se llevará todo? ¿Moriremos en este infierno marrón? Los más conocedores opinaban que no, y la gente preguntaba, y el agua comenzó a llegar. — ¿Se cortará el camino?... ¿Podremos irnos?... ¿Y a dónde?... ¿Por dónde?... Al atardecer algunos colocaban señales en los alambrados; luego, a la mañana muy temprano, iban presurosos para ver hasta dónde había llegado la creciente, pero ya no encontraban el alambrado. Nadie quería irse, no era fácil dejar toda una vida de sacrificios y huir, huir sin destino. Escapar de la propia casa de uno, pero no había otra alternativa. Y así fue como comenzaron a desfilar por el azotado pueblo las lentas caravanas de tristeza sin rumbo. Carros repletos de familias, chicos llorando porque no comprendían bien lo que pasaba. Otros a caballo, arreando los pocos animales que creían poder salvar. Mientras, el agua corría por los costados del pueblo, sin lástima, venía de todos lados, se lo llevaba todo. —Si voltea el terraplén, no tenemos salvación.Los comentarios eran tan desoladores como la situación. Las noticias anunciaban que el pueblo iba a desaparecer, mientras muchos de nosotros seguíamos encerrados allí. Habían quedado algunas pocas vías por donde el tren corría peligrosamente. De pronto, los rieles se fueron perdiendo, y ya no se vieron más. Muchas casas tampoco se veían, sus dueños habían sido evacuados y todos los que hasta ese momento vivían en su hogar, estaban ahora apiñados en la escuela o en los viejos vagones del ferrocarril, mientras el aire frío se filtraba entre las maderas. Y afuera, la llovizna seguía, los pozos negros reventaban y el agua no bajaba. Algunas pocas casas se salvaron, porque estaban en la parte más alta y sus habitantes se resistían a abandonarlas, pensando que estaban a salvo. Pero a media noche despertaban desesperados, buscando en la oscuridad un bote que los salvara, porque sus camas se movían y sus cosas se iban en la correntada mezcladas con los camalotes, los troncos, los bichos. El terror, la desesperación, se apoderaba de todos, y se buscaba refugio en las jaulas ya repletas de la estación, o donde fuera, con tal de no morir ahogados en ese infierno helado de barro y pudrición. Lentamente el río se fue encauzando y fue recibiendo todo lo que había derramado a su alrededor. Pero la tristeza y la miseria quedaban aún mezcladas en el pantano oscuro de las calles. Pronto el pueblo volvería a renacer con su angustiante resignación. Una de aquellas tantas mañanas, un gurisito —no tendría más de diez años— bajó sigilosamente de uno de los vagones y lentamente atravesó el pueblo. Iba pensando, mirando desolado cómo había quedado todo. Las aguas comenzaban a bajar y ya podían verse las copas peladas de los árboles; los ranchos caídos, otros sin techo, con las puertas abiertas, mostrando la miseria de las pocas cosas que quedaron en el apuro; sillas, ropas, cacerolas viejas, latas, trapos mezclados con los despojos de animales ahogados que boyaban todavía por el lugar. Y caminando por el pantano, logró llegar hasta donde había estado su rancho. Siempre había sido miserable, y cuando el viento amenazaba tormenta, sufrían pensando que se podía caer. Sin embargo, había soportado varias y al otro día su padre volvía a arreglarlo: emparchaba los techos, ataba las plantas y todo seguía igual. Pero esta vez la correntada había sido demasiado grande, demasiado mala —pensaba el chico—, y a los más necesitados fue a los que menos perdonó. Sabía que todo estaba perdido, pero quería verlo. Su inocencia no le permitía comprender que era inútil, que nada de lo que él dejó podría encontrar ya. —Si aquella noche que huyeron, los camioneros no hubiesen estado tan apurados... —se dijo con amargura. Pero los empujaron como animales acorralados, mientras gritaban: -- ¡Pronto, pronto!, el agua no espera, si tardan un poco, van a morir ahogados. Despierten y suban al camión. Todavía estaba medio dormido cuando se vio en esa jaula, rodeado por sus vecinos, y sin querer, se largó a llorar. Oyó que alguien le decía: — No llores, por suerte se salvaron. Ya les darán viviendas nuevas. ¡Viviendas nuevas!, ¡hacía tanto que se las prometían! Pero él no lloraba por eso, era muy niño, nadie podría comprenderlo. Y ahora estaba otra vez allí, con las ropas pegadas al cuerpo, tiritando de frío, la cabeza levantada, tratando de ver algo. Su mirada desilusionada se paseaba por todos lados, no había señales de vida. Nada había quedado de aquel verde hermoso que tanto le gustaba contemplar. Sólo agua que había venido de todos lados, él no sabía de dónde, a llevarles hasta la última esperanza. Estaba desolado. Cuando de pronto, creyó oír un ruido más fuerte que el croar monótono de las ranas. Asombrado, miró hacia arriba y le pareció ver en la punta de un poste de luz, a su lorito. Se había salvado, y ahora lo llamaba. Tendría que bajarlo, y pronto. Sin pensarlo, el pequeño comenzó a subir..., a subir..., con mucho esfuerzo, porque estaba mojado, y el cemento era demasiado liso, y su cuerpito resbalaba. Ya no podía más, pero debía llegar. Y siguió moviendo sus piernitas, con mucho sacrificio, hasta que por fin llegó. Y mientras una infinita ternura se dibujaba en su rostro, alargó el brazo, sintiendo ya temblar el avecita entre sus dedos helados. Pero en ese preciso momento, una fuerza desconocida, algo superior a su inocente valentía, lo sacudió.Días después, junto a uno de los postes de luz que la civilización había levantado en medio de tanta desolación, alguien encontró el cadáver de un niño flotando en el agua. En su mano derecha apretaba todavía un lorito verde.Elsa Serur- Osman
