La Infundación
Dicen que Don Tomás se resbaló cuando desenvainaba la espada para fundar mi pueblo, a orillas del río vivo. Dicen; porque las crónicas no lo mencionan (en las crónicas no suelen figurar esta clase de datos). En los grabados de época, se nos muestra al Ilustre Fundador como un apuesto y barbado Capitán, con encendidos ojos de visionario, que enarbola su espada entre los ceibos de la costa. Un visionario cuya relampagueante mirada parece querer alcanzarnos a nosotros, el futuro; pero con los pies bien afirmados sobre la tierra que hoy pisamos.
La verdad se ha perdido, como tantas otras verdades que andan sueltas y nadie puede comprobar. Pero los paisanos viejos aseguran que escucharon decir a sus abuelos que sus abuelos contaban que vieron a Don Tomás resbalar en el preciso instante en que bautizaba el aire, a tajazo limpio; y la espada se le escapó de las manos, se disparó barranca abajo y se clavó en el lecho del río en lugar de en tierra firme. Y agregan que el río se encabritó como potro salvaje y erizó el espinazo en corcovas de escamas, envalentonado por la distinción que le llegaba inesperadamente; pues, si bien todos los Virreyes mandaban fundar pueblos, y expresaban a viva voz su esperanza de que crecieran y se multiplicaran y expandieran sus caseríos en muchas leguas a la redonda, ningún río había sido-hasta entonces- autorizado y aún expresamente mandado a extenderse en nombre de Dios y el Rey. Y ni falta que les hacía; porque desde antes y para siempre, los ríos han crecido y desbordado cuándo y cuánto les da la gana, sin que nadie se los mande, de puro gusto no más. Y no se detienen en su carrera, ni aunque se les pida encarecidamente, con lágrimas, ruegos y amenazas, que se queden quietecitos en sus cauces profundos. Pero este río nuestro de cada día tiene el permiso otorgado( y aún la obligación) para salirse de madre y corrernos pulgada tras pulgada, inexorablemente. Él no tiene la culpa, pobrecito. La culpa, si la hay, es de Don Tomás que, por mirar hacia el futuro, no se fijó dónde estaba parado; y cuando trastabilló, de puro orgulloso no interrumpió su imprecación y siguió adelante, con su verborragia profética. Nuestro río lo tomó al pie de la letra (porque este río no sólo tiene vida propia, sino también entendimiento); y por lo menos una vez al año, de preferencia para su aniversario, el 19 de marzo, se larga corcoveando, a sentar sus dominios sobre lo que, por gracia del Rey le pertenece. Una neblina azul desciende sobre el pueblo que se quedó esperando su Fundación, y el espíritu del agua lo invade todo. Un monstruoso crecimiento de hierbas y ramas trepa sobre los caseríos cercanos a la costa, en una trabazón de brazos vegetales que luchan entre sí, con una ferocidad casi humana. Los muros exudan floraciones que pronto se cubren con un musgo ceniciento; los techos transpiran rocío cristalizado; los pisos exhiben una pelusa de aterciopelados líquenes que ahoga el rumor de los pasos; hasta el aliento que exhalan las bestias y la gente queda como flotando en pequeñas nubes de vapor que el aire, saturado de humedad, ya no puede absorber. El río nos invade por los cuatro costados; y no hay manera de escaparle. Dónde uno menos se imagina, aflora una vertiente; dónde uno menos piensa, se despierta una napa subterránea que desata su fuerza acuática y viene a contribuir con la obra del río, para disputar al hombre la tenencia de las tierras, El río es la memoria de mi pueblo. Arrasa puentes, ranchadas y sembradíos y los incorpora a su pasado sumergido; o desentierra esqueletos de monstruos prehistóricos y los pone a secar sobre las raíces de la costa. Se divierte trastocando los estratos de la historia: el tiempo avanza o retrocede a su capricho. El río es el más libre de los poetas; nadie le pone límites a su imaginación. Cuando se cansa de jugar, se retira a su cuna de limo y se queda como soñando entre los sauces y espinillos. Y la tierra, macerada por las fuertes correntadas, exhibe tesoros de otras épocas, que salen a gozar la añorada caricia del sol: maderos mordidos por el agua, huesos tiznados por el tiempo, alguna embarcación desportillada, algún resto de hierro ahogado por el óxido de los siglos. El río es el Gran Soñador. Como que se alimenta de nuestros sueños, que devora sin piedad; pero también sin odio. Aún así, él es el eje alrededor del cual gira la vida; nuestra vida.; una vida plena que conoce las dos caras de la moneda del tiempo. Una plácida, arrullada por la voz tenue de un río que recuerda con nostalgia su gloria de otros días, cuando su cauce era ruta conocida por grandes naves con banderas de todos los colores. Y otra que sabe de la zozobra de su rugiente despertar, cuando el río, completamente despabilado, se incorpora y reclama con voz de trueno lo que es suyo. La clave para arreglar todos estos entuertos, estaría, tal vez, en repetir todo desde el principio; pero esta vez, definitivamente bien. Habría que conseguir que alguna autoridad de la misma estatura de Don Tomás convenciera al río de que en aquellos tiempos se cometió un error involuntario. Y fundara el pueblo como es debido. Lógicamente, tendría que hacerse todo en el mayor secreto, para no herir la susceptibilidad de los que, como los hacedores de crónicas, creen que, porque Don Tomás era lúcido, valiente y tesonero, también era perfecto. Y, por lo tanto, es una calumnia irreverente sospechar que resbaló, cuando fundaba mi pueblo, a orillas del río vivo. Tuky Carboni
