María Esther de Miguel
Un canto a la esperanza, que supo transmitir tanto en sus obras como en su personalidad, cálida y transparente, caracterizó la vida de María Esther de Miguel, escritora de reconocida trayectoria. Tenía 77 años. María Esther de Miguel recorrió el mundo y conoció la fama. Pero, fiel a sus raíces, nunca abandonó su tierra natal ni las profundas enseñanzas de su familia. Había nacido en Larroque, provincia de Entre Ríos, el 1° de noviembre de 1925. Falleció en Buenos Aires y sus restos descansan en su ciudad natal.
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María Esther de Miguel.EL BIYI-BIYICuento.LLEGAMOS JUNTOS Biyi-Biyi y yo. Yo llegue al amanecer, cuando las primeras luces del día progresaban en el pueblo y se extendían por las calles polvorientas y las casas chatas, de ásperas paredes sin revoque y techo de brillante cinc o de alisada paja. Él llegó de tarde, con el día que se iba, cuando el sol, volcado sobre la sutura de un horizonte de trigo y lino, se demoraba en las últimas casas, en los lejanos árboles, en aquel ombú grande y viejo que custodiaba la incierta entrada al pueblo.Pero llegamos el mismo día. Y el mismo día, también, a los dos nos fue dado un nombre. Nos lo dio mi padre.Bichito, dijo ante mi cuna sin pensar en la perduración que le cabría al nombre tan ligeramente improvisado que iba a oscilar, desde entonces, entre extrañas gradaciones: y así será bichito de luz -cuando yo me portaba bien- o bicho colorado -cuando las cosas andaban mal-, según el fluctuante código que regía la vida familiar de mi casa.Con él, supongo, fue distinto. Mi padre le habrá preguntado: "¿Cómo te llamás, che?"; y el habrá seguido allí, alto y negro, con el pelo enmarañado sobre la cabeza grande, y los ojos brillantes, renegridos, iluminando su cara cetrina, sin moverse, sin decir nada al principio para después, ante la insistencia de mi padre que le habrá preguntado de nuevo "y che, cuál es tu nombre, contestá", comenzar a mover las manos primero, los brazos después y junto con las manos y los brazos que girarían, supongo, como las aspas desorbitadas de un molinete, los labios se abrirían y cerrarían, ligeros, jadeantes, multiplicando sus movimientos, acelerando su ritmo, explicando, excusando, pidiendo, solicitando, con palabras que solo llegarían hasta donde estaría mi padre y los obreros que lo acompañaban y hasta el silencio del patio, que a esas horas se estaría poblando de sombras, convertido en el confuso murmullo de un río contenido o en el rumor elegible de un animal acorralado, o en el apretado fragor de mil tormentas.-Biyi-Biyi-Biyibiyibiyi...Y entonces mi padre, que tampoco esa mañana habría entendido que era yo con mis ojos cerrados, con mis labios incapaces, con mi vida sin vida, se habrá inclinado nuevamente esta vez ante el misterio de ese muchacho que extremaba su confusión en mitad del patio teñido de gris. Y le habrá dicho: "Esta bien, quedate"; y tal vez habrá vacilado antes de agregar, "Biyi-Biyi..."Y Biyi-Biyi, con sus grandes ojos negros, habrá dicho que si.Mi infancia creció entre precarias convicciones y confusos e inagotables horizontes. Y paralelos a esos días, que acogían febrilmente el hechizo de lo desconocido, fueron también los enigmáticos días de Biyi-Biyi. Porque la vida de Biyi-Biyi, salvo para mi, permanecía enlazada al misterio. Nadie sabía de donde había llegado. Tampoco en que lugar recogía el resto de sus horas. Pero todos sabían, eso si, que al caer la tarde, cuando el sol estiraba sus rayos para seguir tocando el pueblo lo verían llegar, alto y desgreñado, con su ropa indefectiblemente sucia -si era limpia por recién regalada o por nueva, el mismo se encargaba, en una suerte de coquetería al revés o de pulcritud inversa, de pasarle un trapo empapado de aceite que la llenaba de arbitrarios bosquejos-; y en seguida de llegar, se lo vería poner en marcha los grandes motores de la "usina", y luego limpiar los galpones, y después instalarse en un rincón del patio. Desde ese momento su tarea consistiría, simplemente, en controlar las aceiteras de las máquinas y la gran puerta que comunicaba con ellas.Yo esperaba ese momento para acercarme a Biyi-Biyi. Ahora pienso, que en verdad, recién entonces comenzaba mi día. Porque hasta esos instantes yo no vivía; simplemente esperaba. Cuando lo veía arrastrar la vieja silla de paja y quedarse en un rincón del patio de tierra apisonada que desbordaba a la calle por entre los gruesos barrotes de la verja, desde la vereda donde a esas horas la impaciencia de mi madre y la paciencia de la "muchacha" me refugiaban, yo arrojaba un incontrolable "me voy con Biyi-Biyi" y enfrentaba con lúcida energía los inútiles esfuerzos que hacían para detenerme. Claro que, en verdad, también ella -la muchacha- aguardaba ese momento; en aquella pequeña jauría de chiquillos la ausencia de uno era siempre apetecida como una pequeña liberación. Además, estaba el tácito permiso de "la señora". Por supuesto que no siempre había sido así. Al principio mamá había protestado.-¿Querés decirme que haces con Biyi-Biyi? -me había preguntado; o tal vez me dijo simplemente, con el "Biyi", como le decía cuando estaba enojada o apurada, porque, debo advertirlo, el apuro y el enojo no tenían en ella claros límites- ¿querés decirme porque te gusta más estar con el que jugando con los chicos?-Porque me cuenta cosas...La minuciosa incredulidad estampada en la cara de mi madre casi detuvo mis explicaciones. ¿Cómo decirle que Biyi-Biyi me enseñaba la historia de los árboles, y las aventuras de las hormigas, y los enigmas de los pájaros...? Pero tenía que convencerla. Fatigué mi mente buscando la frase oportuna, el razonamiento exacto, el argumento convincente -"Biyi-Biyi me enseña..." "Biyi-Biyi me dice..." "Biyi-Biyi me cuenta..."-, hasta que de pronto llegaron las palabras de mamá para acabar definitivamente con todo invento de explicación.-Mirá que estás mentirosa...Esa noche, desde el refugio de mi cama, donde el temor y la pena me tenían desvelada, yo escuché:-No sé qué hace con esta chica. Todas las tardes se la pesa conversando con Biyi-Biyi.-¿Conversando? -la voz de mi padre me llegaba cargada de incredulidad. Y entonces mi madre:Sí, al menos eso dice ella. Aunque mirá, los he estado observando y, aunque te parezca mentira, lo que hace es conversar. ¿Qué te parece?Descalza, desde la puerta del umbral donde el desasosiego me había trasladado oí, temblando, la respuesta:-Déjala... La chica es un poco imaginativa y el Biyi-Biyi un pobre desgraciado. Peor sería que anduviera por la calle...No quise escuchar más. Pero el hueco de mis sueños estuvo lleno de luces.Y entonces, ya sin temor, yo me di a descubrir el mundo con Biyi-Biyi. Porque, en definitiva, lo que hacíamos era descubrir el escondido secreto de aquello que nos rodeaba.-Biyi-Biyi, ¿Qué son las estrellas?Y la voz de Biyi-Biyi se levantaba para explicar lo inexplicable. Sus renegridos ojos gitanos se dirigían al cielo, y las manos oscuras, delgadas y nerviosas, comenzaban a moverse con ademanes precisos, primero, con ritmo incontrolable después, y un murmullo, suave al comienzo, exaltado luego, me acercaba al misterio de las estrellas en los rayos de luz y en los puntitos de fuego que yo sentía encenderse dentro de mi misma a semejanza de aquellos otros que veíamos multiplicarse sobre nuestras cabezas desde el patio que la noche había ennegrecido.Y después, cuando la voz de Biyi-Biyi se detenía y el dejaba caer la cabeza agotada, y las manos quedaban como derribadas sobre su pantalón impecablemente sano y prolijamente sucio, yo también permanecía en silencio, atenta al eco de las palabras que me habían sido dichas para que penetrara en los confusos enigmas que me rodeaban. Porque, esto debo advertirlo, Biyi-Biyi no destruía el misterio: me introducía en el.La chimenea de la usina prolongaba un cordón de humo hasta alcanzar el cielo, y el patio se hacía más hondo en el acentuado silencio de la hora, y desde la calle, más allá de la reja de hierro, nos llegaba el olor de los paraísos y alguna voz intrusa.-Vení, che, no seas pavota...-Dale, María Esther, vení a jugar con esto que esta regio...Pero yo me refugiaba en mi laberinto de palabras y colores, allí donde encontraba excitantes respuestas de mis imprecisos desconciertos, los mismos que en mi casa no hallaban acogida.LEA MÁS EN LA EDICIÓN IMPRESA EN PAPEL
