ROSA MONTERO
Periodista y narradora, es una de las novelistas actuales más conocidas en lengua española. Ha publicado relatos, libros periodísticos y once novelas, entre ellas La loca de la casa e Instrucciones para salvar el mundo. Ha obtenido diversos premios y su obra está traducida a más de veinte idiomas.
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El Negro de Rosa MonteroEstamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantase para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.CUENTO "CARNE QUEMADA" DE ROSA MONTERO (ESPAÑOLA)La encontraba bien, incluso muy bien. Mejor que cuando estaban juntos. Se había puestolentillas. ¿Por qué demonios no usó lentillas antes, mientras vivieron juntos? Entoncesllevaba unas gafas redondas, gafitas de progre, que le sentaban bastante mal. Ahora Luisale estaba contemplando minuciosa y desapasionadamente con sus bonitos ojos, esos ojosque tan bien se le veían gracias a las lentes de contacto.—Estás igual— dijo al fin la mujer, dando por terminado el escrutinio. Y su tono frío y un pocodesdeñoso, daba a entender otro mensaje: no estás igual, pero te has ido deteriorando enla manera que yo había previsto.Andrés suspiró.—Tú, por el contrario, has cambiado. Estás muy guapa.—O sea, que antes, cuando estábamos juntos, me encontrabas horrible— respondió Luisacon una crueldad innecesaria. Porque ella sabía bien que no fue así.—Mujer, cómo eres...— se quejó él, sintiéndose torpe y demasiado pánfilo. Nunca habíasabido mantenerse a la altura de las bromas ácidas de Luisa.La cafetería empezaba a llenarse con los empleados de las oficinas cercanas, vociferantesgrupos en busca del plato combinado del almuerzo. Tras la barra, los cuatro camarerosse afanaban con gesto tenso y preocupado: parecían soldados dispuestos a defender suprecaria posición ante el inminente asalto de una horda de enemigos hambrientos. Con elbarullo, los camareros debían de haber olvidado un filete que habían puesto en la parrilla: lacarne humeaba malamente y había empezado a arder por un costado.—¿Cómo dices?— preguntó Andrés, elevando la voz por encima del ruido.—Que puedes seguir quedándote con el apartamento. No hace falta que cambiemos elcontrato a tu nombre, porque te subirían la renta. Y también te puedes quedar con la nevera,y con la tele, y con el video. Yo no lo necesito.Claro que no lo necesitaba. Para eso tenía la casa, y la nevera, y la tele, y el video, y la cama,y los brazos del otro. Y encima Luisa se creería que él le iba a dar las gracias. Le engañabay le abandonaba como a un perro y encima pretendía que él le diera las gracias por cederlela mitad conyugal de un video viejo.Gracias—dijo Andrés.—No hay de qué, es lo lógico—contestó ella, repentinamente animada y con expresiónalegre.Tan alegre que hacía daño mirarla. Andrés volvió el rostro. Al otro lado de la barra, el pedazode carne ardía ya abiertamente con grandes y chisporroteantes llamaradas.—Mira, no se han dado cuenta y se les está abrasando ese filete—dijo Andrés con unasonrisa. Le aliviaba haber encontrado una razón por la que sonreír.Entonces vieron cómo se acercaba un camarero a la parrilla, cómo retiraba el llameantepedazo de carne a un lado, cómo extinguía el incendio con unos cuantos golpes hábilmentepropinados con la paleta.Luego sirvió el carbón en un plato con lechuga y patatas fritas, salió del mostrador, atravesóel local en derechura hacia ellos y depositó el plato delante de Andrés. Era la hamburguesaque él había pedido.—Pues sí que... —farfulló éste.Pero el camarero ya se había ido, reclamado por la avalancha de clientes. Andrés escudriñóel plato con atención: La hamburguesa, achicharrada y consumida, parecía un pedazo deantracita. Alzó el rostro: desde el otro lado de la mesa, Luisa le contemplaba con ojos dehielo. Andrés carraspeó, cogió el tenedor, cortó un pedacito de la bola negra.En el corazón de la hamburguesa se podía ver aún un pequeño residuo de carne rosa.—Pues mira, no está mal— dijo Andrés, masticando vigorosamente la dura cortezachurruscada.—No me puedo creer que te vayas a comer esa porquería... —exclamó ella—De verdad que no está mal. Lo quemado le da un sabor así como... ¿Quieres probarlo?Luisa sacudió la cabeza con expresión de asco. Y le miraba, oh, sí, cómo le miraba. Lecontemplaba con ese gesto suyo de desdén y censura. Andrés continuó engullendo lahamburguesa con el mismo talante suicida con que se tomaría un frasco de barbitúricos.—Sigues igual...—Luisa; y se entendía que quería decir: estas aún peor. —Sigues igual...¿Por qué no has devuelto esa cosa? ¿Por qué te resignas y te la tomas? Así te va en lavida...Y quería decir: así fracasaste, así me perdiste, así me metiste en la cama de otro. Pero no eraverdad. Se metió ella sola. Antes, cuando vivían juntos, Luisa se arreglaba mucho menos. Ynunca pensó en ponerse lentillas. Se ve que no se sentía en la necesidad de conquistarle.—¿Y cómo me va en la vida? Estoy estupendamente —se irritó Andrés.Por un instante pareció que Luisa se disponía a contestarle; pero luego la mujer se recostóen el respaldo y cerró los ojos con gesto cansado.Cuando volvió a abrirlos su mirada era triste, casi dulce. Esto era aún peor.—Si, tienes razón. Perdona, Andrés. Perdona. Es mi manía de ordenarle la vida a todoel mundo. Bueno, me parece que tengo que irme. Te llamaré cuando me diga algo elabogado.En un instante había recogido sus cigarrillos, su encendedor, su bolso, y ya estaba de pie.Siempre fue muy rápida. Andrés también se puso de pie y la besó con torpeza en ambasmejillas. Unos besos ligeros, rutinarios: a fin de cuentas, él estaba incluido ahora, para ella,en la ingente categoría de "todo el mundo".—Hasta prontoLa vio alejarse hacia la puerta con su taconeo rápido y airoso. Un par de ejecutivos sevolvieron para contemplarla. Cuando vivían juntos, pensó Andrés, no se arreglaba tanto.Llevaba el pelo de otro modo, y las gafas de progre. Cuando vivían juntos estaba más fea.Pero, aún así, tuvo que confesarse Andrés mientras roía la última corteza carbonizada de lahamburguesa, aún así, la había amado.
