Un día de ánimas
Amanece. Es el mes de noviembre. Más preci¬samente, el Día de Ánimas. Sete* Ketrhin se despierta muy temprano.
Es la madre de Brohím. Vive con ellos en una piecita que está entre el comedor y la habitación de Sete Mariana, la otra abuela, las dos viven con la familia. Los nietos las quieren mucho. La ventana del cuarto de Ketrhin tiene un alambrado que Millie hizo poner hace mucho tiempo, porque allí dormía antes María, la muchacha, que su sobrino cortejaba. Para que no pu¬liera entrar por las noches, la dueña de casa le hizo colocar un tejido; creía que con eso iba a resguardar a la chica del atrevido galán.Ketrhin abrió la ventana y comenzó a vestirse.De un momento a otro, llegaría Miguel, el hijo me¬nor, para llevarla al cementerio a visitar a sus muertos.Contaban que Ketrhin había sido muy hermosa en su juventud. Tenía los ojos muy negros y hundidos, el pelo del mismo color y un porte muy distinguido. Sus padres habían sido gente muy adinerada, allá en el Lí¬bano, antes de la guerra. A pesar de que el esplendor económico hacía mucho tiempo que había pasado, ella seguía conservando su antiguo orgullo de dama.Cuando algún paisano llegaba a la casa, enseguida preguntaba por Sete Ketrhin, entonces, ella dejaba caer el blanco frivolité sobre su falda y alargaba la ma¬no derecha, que él besaba respetuosamente. Su falda negra y larga llamaba la atención, porque siempre lucía un jirón más claro del mismo lado.Lo que pasaba era que cada mañana ella se levan¬taba y, una vez que estaba arreglada, tomaba su tejido y lentamente se acercaba al lugar de Sete Ketrhin, -como decían los nietos;- allí comenzaba a llamar a uno y otro para que le acercara su silla.Después, el rayo de sol que todas las mañanas se fil¬traba por el mismo lugar le iba dejando un jirón más claro en su pollera.Siempre vestía de negro y llevaba un pañuelo blan¬co en la cabeza. Era el luto de su país, y ella estaba de luto por su marido y sus hijos.Dos hijos había perdido. Matilde, en el Líbano; en¬cerrada en su casa junto a sus hijos, en plena guerra, había muerto de hambre y de frío. Después acá, en la Argentina, un loco mató de un tiro al menor de sus hi¬jos, Juan, que era la luz de su vida, por ser el menor y tan joven...Elsa Elena Serur de OsmanLea más en la edición impresa en papel
