El peronismo en la deriva estética. Entre la espera y la propuesta.
Hay lugares donde la política se parece a la meteorología: en jornadas calurosas y húmedas, la gente aguarda cielos nublados y tormentas con la mezcla de temor y alivio que trae la certeza de que “algo” va a cambiar en el clima. Desde ese lugar metafórico de espera, muchas fuerzas políticas también calculan su destino.
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El peronismo actual ha quedado en una orilla doble: por un lado espera que la radicalización de un modelo —el mileísmo— lo desplace por sí mismo hacia el descrédito; por otro, se enreda en un culto al discurso y a la estética propia que, lejos de ser una estrategia de gobierno, suena demasiado a liturgia interna. Ese binomio—el de la espera y el de la estética encapsulada— se ha convertido en un obstáculo para la tarea esencial que el movimiento peronista debe plantearse: no esperar el fracaso ajeno sino reconstruir un horizonte programático, creíble y tangible. Esto es gobernar, hacer y transformar.
La ilusión de que el adversario se caiga solo.
La espera como estrategia es una forma de inacción que se disfraza de paciencia histórica. Existe una variante de razonamiento político que actúa como si la nación fuera un tablero y los actores se limitaran a mover las piezas sólo cuando el adversario comete errores fatales. Es un cálculo de apuestas: si el contrincante pulveriza instituciones, si despeña la economía y si desgasta el tejido social, la reacción de las mayorías será un rechazo que devolverá el mandato. Sin embargo, la política no es únicamente una ruleta de consecuencias automáticas, es construcción. Esperar el colapso voluntario del otro equivale a delegar la política en la fatalidad, a renunciar a la elaboración de un proyecto propio que pueda atraer y sostener mayorías con propuestas concretas y no con vaticinios.
El peronismo como estética encapsulada.
El peronismo ha sido a lo largo del siglo XX y el XXI una mezcla de prácticas sociales, identidades, aparatos territoriales y doctrinas fluidas. Fue, a la vez, mito y administración; ritual y política pública. Decir hoy que ha devenido en una estética —en un conjunto de signos internos dirigidos más a sí mismo que al cuerpo social— no es un insulto gratuito sino una observación sobre la pérdida de eficacia práctica. La estética política cumple una función: coagula identidades, mantiene tradición, asegura pertenencia. Pero cuando esa estética se convierte en sustituto del proyecto, cuando el debate se circunscribe a terminologías, a correctitudes ideológicas o a gestos simbólicos, la práctica pública se debilita. La pregunta que emerge es brutal en su sencillez: ¿qué propone el peronismo para gobernar? ¿qué herramientas, qué políticas, qué estructuras de poder comprarte con la ciudadanía?.
Un movimiento político que aspira a ser gobierno debe poder responder en, al menos, tres planos: diagnóstico creíble, métrica de prioridades y repertorio de acción concreta. El diagnóstico no basta si se limita a enunciar víctimas y culpables; debe traducirse en políticas técnicas y administrativas. La métrica de prioridades obliga a elegir: universalismo o focalización, industrialismo o servicios, centralización o fortalecimiento municipal. Y el repertorio de acción exige cuadros, programas, alianzas y una narrativa pedagógica que vuelva inteligible para la ciudadanía el por qué de cada decisión.
Si el peronismo sigue en el terreno nebuloso de esperar el fracaso ajeno, renuncia al terreno donde la política se hace real: la administración cotidiana. Gobernar implica medidas que a menudo son impopulares a corto plazo pero defendibles desde un plan estratégico; implica también, y esto es dolorosamente evidente, sensibilidad por el tejido social que no puede ser reducido a consignas estéticas.
El meollo de la cuestión es el paso de la teoría a la praxis. No es suficiente proponer “más justicia” o “más trabajo” si no hay instrumentos. El peronismo dispone de matrices organizativas, gremiales y territoriales, su desafío es transformarlas en plataformas de gestión profesional, no en aparatos de mera movilización. Eso exige formación de cuadros, alianzas con la sociedad civil y, sobre todo, un gobierno de transición que tutee la eficiencia y la legitimidad simultáneamente.
La estética necesaria y su límite.
Hay una dimensión estética inevitable en la política: la forma importa —cómo se nombra el dolor, cómo se celebra una victoria, cómo se expresa una condena. No obstante, la estética sin base es un espejo hueco. Cuando la intelligentsia peronista produce discursos brillantes que dialogan entre sí en salones y redes, mientras las escuelas se caen a pedazos y los hospitales se atascan, nace la sensación de un movimiento más dedicado a la interpretación que a la acción. Cambiar eso no requiere abandonar la reflexión: requiere subordinarla a procesos practicables, a laboratorios donde las ideas se concreten en proyectos, se prueben, se midan y se ajusten.
Asimismo, la política es la acumulación de pequeños actos transformadores: un transporte que funcione, una guardería que abra temprano para que la mujer trabaje, una red de frío que evite el desperdicio en la producción de alimentos, una escuela técnica vinculada a empresas locales. Es en esas cosas donde la estética se convierte en legitimidad práctica. Y es allí donde el peronismo puede reencontrar su razón de ser si tiende la mano a los que esperan soluciones concretas, no discursos perfectos.
La narrativa política.
Es preciso efectuar una reflexión sobre las narrativas.
Los distintos partidos y movimientos politicos compiten hoy en la política global en mapas emocionales: algunos prometen contención a través del Estado, otros enuncian liberación a través del mercado. El desafío del peronismo es no dejarse reducir a la defensa mecánica del pasado ni a la espera del fracaso del otro. Debe construir una narrativa que enlace dignidad social con eficacia económica, que concilie memoria con innovación, que imagine el país como un lugar donde los proyectos colectivos sean a la vez viables y deseables.
Una receta de soberanía práctica.
La política que fluye de la mera estética o de la espera no gobierna: adornar la escena no repara hospitales, ni crea empleo estable, ni repara la institucionalidad. El peronismo, para recobrar su fuerza, necesita tres cosas simultáneas: claridad programática, capacidad ejecutiva y reencuentro con los territorios. No es un regreso romántico al pasado; es la actualización de un proyecto de poder que entiende que la legitimidad se gana en la gestión y en la palabra creíble. Si lo logra, la estética volverá a ser vehículo y no refugio; si no, seguirá siendo —como escribiste— un bello traje vacío mientras la ciudadana y el ciudadano sufren.
Quejarse del adversario es fácil; gobernar es otra cosa. El peronismo que rehúye la pregunta de “¿qué hacemos si gobernamos?” se condena a ser un auditorio perpetuo de buenas intenciones. Convertir la indignación en programas, la identidad en políticas y la estética en obra concreta es la tarea que tiene por delante. No hay magia en ello: hay trabajo arduo, imaginación técnica y el coraje de transformar la estética en política útil. Si esto ocurriera, el movimiento no esperaría el triunfo del otro: lo ganaría con su propia capacidad de hacer.
Julián Lazo Stegeman