“Huir con el rabo entre las piernas…” 2ª entrega La necesidad de dulces después de la cena…
El deseo de azúcar nocturno es común y no siempre se relaciona con el hambre. Harvard Health y Verywell Health muestran causas fisiológicas, psicológicas y ambientales. Analizar las causas permite adoptar estrategias saludables. Es un comportamiento común en muchas personas, se destacan la privación percibida, la exposición a estímulos externos, el funcionamiento del sistema de recompensa cerebral, patrones de alimentación y cambios en metabolismo asociados al final del día; la fatiga mental y cambios hormonales nocturnos pueden potenciar este antojo, creando un ciclo difícil de romper con ingesta repetida de azúcares, sin verdadera necesidad energética o nutricional.
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El papel de la privación percibida, la restricción y el entorno: Cuando se reduce consumo de azúcar, el cerebro interpreta esta restricción como carencia, y aumenta el interés por lo prohibido. La restricción alimentaria como la privación alimentaria aumenta la vulnerabilidad a los antojos nocturnos y al riesgo de subir de peso. La restricción del entorno juega un papel importante. Señales externas como anuncios de alimentos, imágenes tentadoras en redes sociales o presencia de dulces en casa, pueden activar respuestas fisiológicas automáticas, aumento de salivación, aceleración del ritmo cardíaco y liberación de enzimas digestivas, que preparan al organismo para recibir una recompensa. Desde el punto de vista biológico, el sistema de recompensa cerebral es un componente clave. Ingerir azúcar activa circuitos que favorecen la liberación de dopamina y serotonina, neurotransmisores vinculados al placer y al bienestar. Esta sensación agradable suele ser pasajera, pero impulsa el deseo de repetirla, lo que a la larga puede consolidar el hábito de buscar dulces después de cenar. Otra causa frecuente está relacionada con el manejo de los niveles de glucosa en sangre. Las cenas con predominio de carbohidratos simples y bajo contenido de proteínas, fibra y grasas saludables, pueden ocasionar una liberación elevada de insulina. Cuando la insulina actúa y reduce bruscamente la glucosa, surge otra vez el deseo de comer algo dulce, entrando en un ciclo que puede repetirse noche tras noche. El ritmo circadiano también contribuye. Hacia la noche, el cuerpo tiende a mostrar un aumento del apetito por alimentos energéticos, como los dulces o productos ricos en almidón, mientras que la fatiga y el cansancio reducen la fuerza de voluntad, haciendo más difícil resistir estos impulsos, incluso en ausencia de hambre genuina. El conocimiento de estas dinámicas permite anticipar los antojos y facilita la elección de alternativas más saludables. Opciones como fruta natural, yogur sin azúcar o infusiones de sabor dulce pueden satisfacer el deseo, sin recurrir a productos ultra-procesados ni excesos de azúcar, ayudando a mantener hábitos alimentarios estables y más equilibrados.
QUERIDOS LECTORES: Atender a esto y no entrar en la consolidación del comportamiento no saludable.
“Lo que más le indigna a un manipulador, es encontrarse a una persona
cuya inteligencia supera a su astucia”
William Mercay