La nutrición como herramienta de prevención-Por Lic.Agustina Gómez
Existe una idea muy instalada alrededor de la nutrición: muchas personas sienten que recién “tienen que cuidarse” cuando aparece un problema de salud. La consulta nutricional suele llegar después de un análisis alterado, un diagnóstico médico, hipertensión, diabetes o algún síntoma que obliga a modificar hábitos.
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Como si alimentarse bien fuera en realidad únicamente una respuesta a la enfermedad.
Y ahí aparece uno de los mayores prejuicios sobre la nutrición: creer que solo tiene sentido cuando “algo está mal”.
Sin embargo, la nutrición no debería comenzar después del diagnóstico. Debería acompañarnos desde mucho antes.
La alimentación no cumple solamente un rol terapéutico. También (y en su mayoría) tiene un rol preventivo. Lo que comemos todos los días influye en nuestra energía, nuestro descanso, nuestra salud digestiva, hormonal, cardiovascular y metabólica. Influye incluso en cómo envejecemos y en nuestra calidad de vida futura.
Hoy sabemos, gracias a numerosos estudios, que una buena alimentación sostenida en el tiempo ayuda a prevenir enfermedades crónicas no transmisibles como hipertensión arterial, diabetes, enfermedad cardiovascular y otras patologías cada vez más frecuentes. Y esta prevención no empieza en la adultez: comienza desde los primeros años de vida.
La alimentación complementaria desde los 6 meses, los hábitos familiares, el vínculo con la comida y la calidad de los alimentos que consumimos a diario forman parte de la construcción de salud a largo plazo.
Por supuesto, no todo depende exclusivamente de la alimentación. Existen factores genéticos, hormonales, ambientales y situaciones que igualmente pueden ocurrir. Nadie tiene el control absoluto sobre la salud. Pero eso no significa que nuestros hábitos no tengan impacto.
De hecho, en la mayoría de las enfermedades crónicas existe una combinación entre predisposición genética y estilo de vida. Puede que una persona tenga mayor tendencia que otra a desarrollar determinadas patologías, pero una buena alimentación, actividad física, descanso adecuado y manejo del estrés pueden marcar una enorme diferencia en cómo esa predisposición se expresa a lo largo de la vida.
Aun así, muchas veces seguimos viendo el cuidado como una consecuencia del miedo. Esperamos el susto, el síntoma, el resultado alterado o la indicación médica para empezar a prestar atención a nuestra salud.
Y quizás deberíamos cambiar la pregunta.
En lugar de pensar “¿qué tengo que hacer ahora que me enfermé?”, empezar a preguntarnos: “¿Qué puedo hacer hoy para vivir mejor mañana?”
Porque alimentarse bien no debería sentirse como un castigo, una obligación o una etapa transitoria hasta que los valores mejoren. Debería ser una forma cotidiana de cuidado.
La prevención no suele hacer ruido. No genera urgencia. Pero probablemente sea una de las herramientas más poderosas que tenemos para mejorar nuestra calidad de vida.
Ojalá podamos dejar de asociar la nutrición solamente con la enfermedad y empezar a verla también como lo que realmente es: una inversión diaria en salud, bienestar y futuro.
Porque muchas veces, la mejor intervención es la que llega antes de que “pase algo”. Y la Nutrición, muchas veces, es garantizarnos una buena calidad de vida.
Lic. en Nutrición - Agustina Gómez