A. Mastroiacovo: “si tengo que decir algo sobre mi padre, es que sentía orgullo por él”
Esta es la historia de un padre y un hijo. Una historia de amor y compañerismo. Una historia de esas que te erizan la piel y te hacen llenar los ojos de lágrimas. Esta historia es de esas que te dejan muchas enseñanzas y cambian tu mirada. Esta es la historia de Alejandro Marcelo Mastroiacovo y su padre, Alejandro Miguel Mastroiacovo.
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Alejandro Miguel falleció hace un año a la edad de 82 años y hoy, su hijo, compartió con todos nosotros un poquito de su vida con él para que nos sirva de experiencia y nos ayude a recomponer o fortalecer estos vínculos familiares que son tan importantes."Si yo tengo que decir algo de mi padre, es que sentía admiración por él. Más allá del cariño lógico de padre e hijo. Una admiración y un orgullo que nació desde el mismo momento en que yo empecé a tener uso de razón y comencé a darme cuenta de lo que había sido él para su familia, o sea, para su mamá y sus hermanos", me contó Alejandro hijo.Alejandro padre, como toda persona mayor, tuvo una vida muy sacrificada. A sus 12 años salió a buscar trabajo. Era el segundo de siete hermanos, pero el mayor de los tres varones. A los 10 años ya trabajaba de carrero junto con su padre. Entre tantos clientes tenían a la panadería Picasso, a la que le llevaban sal a granel y otros insumos desde el ferrocarril. En una oportunidad, el dueño de la panadería le había ponderado a su padre la voluntad que tenía y se lo pidió para trabajar. Allí se quedó hasta que a sus 20 años debió cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. Le tocó Rosario del Tala y después de un año y medio de servicio, descubrió que esa era su verdadera vocación. Comunicó su decisión y lo aprobaron, pero a los 5 meses falleció su padre y su madre le pidió que se quedara con ella y la ayudara con el mantenimiento de la casa. Así que volvió a Gualeguay y recurrió a pedir trabajo nuevamente a la panadería donde había estado. Los dueños le dijeron que sí y allí trabajó 33 años en total. Más tarde, se retiró de ese negocio con sus acciones correspondientes y compró una casa donde había una ferretería en la esquina. La adquirió con negocio y todo, porque él quería un emprendimiento propio y, además, el dueño ya era un hombre mayor que quería desprenderse de esa labor. Lo mantuvo unos 6 años, más o menos, pero no era su vocación y una crisis económica lo hizo tambalear. Entonces alquiló una panadería y con su esposa la trabajaron casi 6 años, hasta el que dueño no les renovó el contrato por tener otros planes para ella. Allí, lo convocó una sociedad de comerciantes locales para poner en marcha un supermercado que hoy sigue funcionando. Pero no contento con ello, volvió a independizarse luego de 5 años y creó una fábrica de pastas, a sus 58 años, que ya lleva 24 años de actividad y que hoy en día siguen manejando su hijo y sus nietos."Mi pasión no era la masa ni la panadería porque ese oficio en sí me quitó muchas horas con mi padre. No es un reproche, es un detalle que siempre lo resalto porque es un trabajo muy sacrificado. Suele ser de las 2 o 4 de la madrugada hasta muy tarde a la noche, solo cortando para almorzar o a veces ni eso. Entonces como que yo siempre dije que panadero no, porque no quería perderme a mi familia. Mi padre no la perdió, al contrario, siempre lo acompañamos. Sobre todo, mi madre. Y él siempre fue muy compañero con ella también. Aprendí mucho de él, me dejó muchas enseñanzas y muchos valores. Su generosidad lo llevó a un acto de amor y solidaridad para con alguien de la familia que hoy preservamos y valoramos. Yo tuve suerte, mucha suerte", me dijo Alejandro.Alejandro Miguel, trabajó hasta 4 años antes de fallecer. Y lo dejó porque su cuerpo castigado no se lo permitía más. Pero así y todo quería seguir. Él nunca se cansaba, jamás. Y menos de trabajar. "A veces pasaban 4 o 5 años que no se tomaba vacaciones de lo apasionado que era, pero la vez que salíamos no se aburría de andar y manejar. Le encantaba. Andábamos días y días. Además, mi padre siempre tuvo muchos amigos, de esos que se escriben con mayúscula, y todos los viernes se hacía tiempo para verlos y cenaban todos juntos. También iban a pescar al Clé y cuando tuve 10 años comenzó a invitarme. Esos días eran realmente hermosos y siempre estaban llenos de aventuras. Ese papá era distinto al que tenía todos los días", recordó el hijo con una voz temblorosa."Cada uno de nosotros tenemos una vida distinta, una realidad distinta. No todos tienen la suerte que yo tuve, pero a veces, por pavadas, nos distanciamos de nuestros padres. En todas las familias hay conflictos, pero hay buscar la manera de sobrepasarlos y salir adelante. Yo me considero muy conforme, así que les digo, a los padres y a los hijos, que disfruten de sus compañías y aprovechen el tiempo mientras se tengan con vida. Porque llega un momento en el que alguno de los dos va a faltar y queda esa ruptura que no se puede reparar. No se repite, lamentablemente no es algo que se repita. Hoy solo le pido a Dios que mi padre esté descansando en paz y me siga guiando para dejar la misma imagen que él dejó en mí, proyectada en mis hijos", finalizó Alejandro con sus ojos vidriosos.Marilina Camino Gomensoro
