Bienaventurados los pobres
“Bienaventurados los pobres de espíritu” hemos escuchado este domingo pasado. Nada más paradójico que la enseñanza de Jesús de Nazaret ayer, hoy y siempre para los sujetos heridos de todos los tiempos.
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Desde que el ser humano se hizo sedentario necesitó acumular bienes o, en su defecto, lo representado en ellos a través del dinero. Un gran descubrimiento, por ejemplo, fue el de la sal como conservante de la carne; de tal manera que cuando los cazadores de la tribu conseguían una presa grande, la sal hacía las veces de freezer porque ayudaba a conservar la carne sin que esta se eche a perder.
Tan importante era la sal que servía como una especie de moneda: de ahí el concepto de “salario”. En el mismo sentido, el descubrimiento de los ciclos de siembra y cosecha dio lugar a los graneros y estos a la posibilidad de tener comerciantes dedicados a ese rubro y, a su vez, ejércitos para proteger a los mercaderes.
De esa manera muchos que tenían bienes materiales se consideraban elegidos por los dioses, privilegiados de casta. Para legitimar los elitismos que la riqueza material, muchas veces en la historia ha aparecido la sospecha de que los pobres son culpablemente menesterosos.
Sin embargo, las grandes culturas, por ejemplo, la egipcia, siempre recordó la importancia de las obras de misericordia materiales: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de alojar al transeúnte, de visitar enfermos y presos… Cuando Jesús de Nazaret dijo que los felices son los pobres estaba hablando de su propia experiencia.
En el refranero popular existen aproximaciones a la afirmación del Maestro de Galilea: Se dice “pobre no es el que poco tiene sino el que poco necesita” y, así, los sujetos pueden alcanzar la alegría del desapego y el gozo de compartir. Por su parte, Serrat dice: “Bienaventurados los pobres/Porque saben con certeza/Que no ha de quererles/nadie por sus riquezas”.
Mientras que el uruguayo Zitarrosa cantaba acerca de un pobre peón de los arrozales: “Juan Miguel se ha resignado/ a vivir entre el arroz/ mientras haya caña y mate/ hay que agradecerle a Dios”. Pero también Jesús de Nazaret sabía que a Dios no le gustan las injusticias y que la injusticia debe ser combatida con las armas de la paz: Por eso también dijo que son bienaventurados los que trabajan por la paz y los que son perseguidos a causa de la justicia.
En este sentido nos viene bien recurrir a la sabiduría popular recordando las palabras del Martín Fierro: “Es el pobre en su orfandá/de la fortuna el desecho,/ porque naides toma a pecho/el defender a su raza;/debe el gaucho tener casa,/escuela, iglesia y derechos”.
El papa Francisco insiste en la vergüenza de que haya en el mundo tantos “descartados”, tantos “desechados” en el decir de José Hernández. Al respecto dijo el pontífice en la ONU: “Los más pobres son los que más sufren, por un triple motivo: son descartados por la sociedad, obligados a vivir del descarte y deben sufrir las consecuencias del ambiente. Es la cultura del descarte”. ¿Qué haré yo esta semana para ser feliz con la certeza de que tengo lo necesario para serlo? ¿Cómo cultivaré en el corazón de mi gente la convicción de que el apego egoísta no es sendero de verdadera bienaventuranza? ¿Qué haré para aprender a agradecer con mucho o con poco, como el compadre Juan Miguel?